‘El viaje interior’, de Miguel de Unamuno

El viaje interior

Miguel de Unamuno

Biblioteca Nueva

Barcelona, 2021

333 páginas

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Desahogarse significa, también, cultivar la autoestima. En este planeta las versiones posibles del ahogo son innumerables y cada vez menos las salidas para un desahogo, por la sencilla razón de que la naturaleza se va reduciendo. Leer estos cuadros de Unamuno nos hace caer en la cuenta de que el tiempo transcurría más despacio y que la velocidad es una dimensión no humana. Antes todo era más puro, aunque no pudiéramos viajar a Angkor Watt con la misma facilidad con que lo hacemos hoy en día. “¿Turismo? ¿Excursionismo? Mejor emigración por el tiempo, tiempo atrás, a través de recuerdos”. Todo existe para ser memoria, que es una forma de conjugar el tiempo verbal con mucha paradoja: cuando algo es memoria, quiere decir que ha existido. Resulta tan incómodo convivir con el tópico de que cualquier tiempo pasado fue mejor, que uno puede volverse un rancio reaccionario o acabar con el cuerpo estrellado contra el suelo tras saltar desde un séptimo piso. La mejor forma de contrarrestar cualquiera de estas dos tentaciones de muerte es reincidir: volver a pisar senderos, crear más memoria, estar creando más memoria.

Las mejores sensaciones que iremos construyendo entonces, tienen que ver con la libertad. Caminamos para concebir, idear una versión de la libertad:

“Son los paisajes como la música, que nos lleva dulcemente al país de los sueños informes, de las ideas inefables, de las representaciones incorpóreas, donde se alza del lecho del alma en extraño concierto de ideas olvidadas y sentimientos adormecidos todo el riquísimo mundo subconsciente, de ordinario poderoso  con el poder del silencio, mundo de trama tan complicada e infinita como el de la realidad, mundo que se despierte y se  revela al hombre mostrándole los tesoros escondidos de su espíritu. Por debajo de las ideas formulables, de los recuerdos figurados, de las representaciones corpóreas y los sentimientos expresables, llevamos un mundo vivo, el reflejo del alma de las cosas, que cantan en silencio”.

La vida interior es una de las ideas constantes que atraviesan estos textos. Porque es en esa vida donde sentimos la libertad, o las libertades. Hablamos de un concepto debatible, pero de un sentimiento clarísimo: uno sabe cuando está siendo libre. En el caso de Unamuno, la sensación está muy relacionada con el descanso y el descanso, el auténtico, tiene lugar en la naturaleza. Puede que breguemos contra las características de un paraje, ese lugar en el que el hombre ha intervenido ya, pero, sin duda, el paisaje, lo que vemos, oímos, olemos y nos roza la piel, nos va construyendo emocionalmente. Leer el paisaje supone afrontar sus leyendas, indagar en la posibilidad de tener raíces al tiempo que en la de saber si nos está regalando alas, sentir si hay vida, lo cual supone arrojarse a lo telúrico. No importa si hablamos de una tristeza que emana de Portugal o de los cielos de Castilla, que Unamuno no cesa de comparar con la luz de su tierra natal, el País Vasco.

Con un estilo que nos va recordando, constantemente, que sólo el pasado es poético, Unamuno vuelve a recorrer, haciendo literatura, los lugares que le hicieron sentir. ¿Sentir qué? ¿Acaso eso importa? Cuando uno sabe que está sintiendo, sabe que se está permitiendo ser libre. No hay mayor fuente de libertad que reconocer que en el interior hemos partido de viaje, un viaje hacia un mundo emocional.

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