‘El raro vicio de escribir la vida’, de Manuel Rico

ALMUDENA MESTRE.

Acaba de publicarse en la editorial Huso una recopilación de experiencias, lecturas y acontecimientos histórico-literarios que condujeron al escritor, periodista y crítico literario Manuel Rico a escribir el libro El raro vicio de escribir la vida. Una dedicatoria a “Diego Jesús Jiménez, el amigo, el hermano, el poeta. In memoriam” y una cita de Peter Handke anteceden al prólogo del propio autor, en el que destaca, de forma detallada, cómo durante los meses de confinamiento de 2020 se encerró en su casa del Valle del Lozoya y se dedicó a reunir, revisar, ordenar y dar forma a una serie de artículos relacionados con lo vivido y experimentado por su yo más íntimo, escritos entre 2007 y 2014. Durante ese paréntesis temporal, entre los meses de marzo y junio de 2020, Manuel Rico intentó recobrar aquellos momentos irrepetibles que le aportaron la cultura y la humanidad para seguir viviendo y los plasmó en este hermoso libro por el que apostó, desde el principio, el sello editorial Huso con una cuidada edición, con foto de cubierta e interiores a cargo del propio autor y con código QR de acceso al catálogo de autores y títulos de las obras de la editorial.

Este libro poliédrico es una especie de fiesta de la memoria por la que se pasean, entre otros, Josefina e Ignacio Aldecoa, Manuel Longares, Sánchez Ferlosio, Vázquez Montalbán o Antonio Ferres marcando ya desde el principio lo que el libro tiene de interrogación literaria. A modo de diario pero sin un orden cronológico, el libro está divido en varias partes: “Vida”, “Taller”, Memoria heredada”, “Barrio”, “Cine, cine, cine” y “La letra de los otros”, donde intercala diferentes capítulos que funcionan a modo de imágenes y estampas cargados de relatos de una excelente narratividad que provocan en el lector una intensa emoción. Desde las primeras páginas nos acercamos al refugio de Manuel Rico en Gargantilla del Lozoya y apreciamos su relación con la naturaleza y con la poesía cuando evoca a escritores como Diego Jesús Jiménez, Antonio Machado, José Donoso, Eladio Cabañero, Esther Tusquets o a la cantante Chavela Vergas.

Peter Handke, Benedetti, Blas de Otero, Hans Lebert, Antonio Machado o Elfried Jelinek han sido autores que han influenciado la producción literaria de Manuel Rico y han permanecido latentes entre sus archivos, mostrando su “desván de la memoria”. A modo de acuarela autobiográfica recrea y recobra momentos olvidados. Los barrios, las calles, los espacios literarios, las tertulias, las conversaciones, los proyectos literarios, le han conducido a valorar las experiencias cotidianas y su contacto con la naturaleza.

La memoria sentimental y literaria del autor le conduce a través de la aventura literaria del viaje. Sus recuerdos de los últimos tranvías, motivo inspirador de su tercera novela El lento adiós de los tranvías (Mondadori, 1992, Huso, 2020) le transportan no solo a los que transitaron los barrios de Madrid sino también a los modernos y renovados de otras ciudades europeas como Varsovia o Viena.

Días otoñales en plena sierra de Madrid; recuerdos en blanco y negro de una infancia perdida, anhelo de revivir a los amigos y poetas, reivindicaciones políticas, primeras películas descubiertas en los cines de barrio… En el fondo, estamos ante una obra metaliteraria que reflexiona sobre la experiencia de vida, sobre la palabra poética, sobre el proceso creativo y editorial. En definitiva, sobre la experiencia del lenguaje.

Manuel Rico, además, reflexiona e incide en cierta geografía sentimental evocando a escritores (acompañantes o leídos) y artistas plásticos como Antonio Colinas, Amalia Iglesias, Juan Gelman, Julio Cortázar, George Simenon, Manuel Vilas, o escribe sobre el barrio y sobre las calles de Canillejas, San Blas o Méndez Álvaro. Rememora la Malasaña de los años 80, las bibliotecas de la sociedad urbana, los talleres de escritura y literatura y la concepción de “barrio” con evocaciones de lecturas de Clara Sánchez, Ángela Figuera o Paca Aguirre.

El retrato de Hopper como pintor de referencia del siglo XX fue clave en su novela La mujer muerta (Espasa Calpe, 2000), y medita sobre los límites entre realismo e informalismo. Los lectores encontrarán en este libro la fusión entre el arte y la literatura y entre obras plásticas y textuales, así como los paralelismos entre los personajes de un cuadro y los existentes en sus novelas. Manuel Rico, un enamorado de la historia del arte, se sumerge en los libros que le acercan a su misterio y le sirven para amueblar su mente  —como diría Umberto Eco—,  y así lo manifiesta en uno de sus capítulos fechado el 16 de abril 2009 donde recuerda el impacto que tuvo en él acercarse al libro Historia social de la literatura y el arte, de Arnold Hauser

El autor contempla y recuerda un mundo cargado de presencias; evoca los otoños en su Valle del Lozoya y viaja por los senderos y caminos que llevan a pueblos deshabitados y a casas abandonadas de la Sierra Norte de Madrid, donde además le aguardan los ecos y los silencios de presos políticos de la República. Toma conciencia de la memoria histórica para recobrarla con la literatura. Alude a fragmentos de textos, a testimonios y fotografías, a imágenes de un campo de exterminio como Auschwitz para resaltar la crueldad y el anti humanismo del Holocausto conduciendo al lector a indagar las huellas y vestigios del pasado latentes aún al norte de Madrid. Su descubrimiento se refleja en su escritura tanto de ficción como en su preocupación memorialística y testimonial.

El talento creativo, según Theodor W. Adorno en su Teoría Estética (1970), es necesario que se separe del sujeto creativo que por mero optimismo iguala y equipara la obra de arte con la propiedad de su autor disminuyéndola y reduciéndola. Es necesario pensar en el arte según la legalidad de la producción que se despliega. Y esto es exactamente lo que sucede con la obra El raro vicio de escribir la vida, donde la ficción que refleja Manuel Rico es similar al arte que Adorno percibe en la producción como apariencia.

Las cinestesias se mezclan en la experiencia cotidiana del autor y se fusionan en sus lecturas, sus evocaciones y sus recuerdos. La ficción se desvela en Manuel Rico como una carga metafórica y simbólica de la memoria histórica. Detiene el tiempo y persigue el espacio vivido para rememorarlo ante el lector e invitarle, en un pacto narrativo, a compartir sus experiencias de vida durante décadas.

En el apartado “Itinerarios” se suceden viajes que nos anclan en lugares como Collioure o Calaceite o nos acercan a los parajes perdidos y olvidados de Cuenca o Soria, convocando la presencia de Antonio Machado.  El tránsito por las ferias del ñibro a las que asiduamente asiste, la referencia a la música de Joan Manuel Serrat, al “boom latinoamericano”, a Mario Benedetti y a una canción del año 98, a los campos de trabajo construidos en Rumanía bajo el comunismo, a otros poetas como Adolfo García Ortega, Fanny Rubio, Clara, Janes y Leopoldo María Panero se combinan con la evocación de los olores y los objetos de las papelerías de barrio. Todo ello, teñido por la soledad y la nostalgia, se manifiesta a modo de laberinto en sus recuerdos, en su desván de la memoria, incluso en su reflexión sobre mesas redondas sobre literatura española en las que participó en sus viajes con el Instituto Cervantes a ciudades como Sidney, o a la Vieja Delhi. Manuel Rico reconoce que el cine fue uno de los elementos cruciales de su formación cultural y sentimental. Su búsqueda en el mundo mágico de Hollywood le lleva a recobrar a Doris Day, a John Wayne, a los western de la infancia, a las películas de romanos, a Claudia Cardinale, a Sofía Loren, a Bardem y Berlanga o a Basilio Martín Patino.

El tren es el medio que acompaña a Manuel Rico para percibir la realidad del mundo a través de un cristal.  Con nitidez, con un lenguaje imaginativo y con una elegante prosa, Manuel Rico recrea los lugares, las ciudades, los pueblos y la naturaleza con el fin de viajar junto al lector. Rescata al viaje del mero consumismo turístico y resalta los aspectos artísticos y literarios de cada lugar de un modo similar al recorrido que realiza Claudio Magris en su libro El infinito viajar.

En definitiva, en esta obra, quizá como final de todos los viajes, el valle del Lozoya es el enclave perfecto para que un escritor como Manuel Rico dedique su tiempo a leer, escribir, caminar, “recuperar el sabor de las realidades pequeñas y escasas” —como él mismo confiesa—, y a contemplar la belleza de la Madre Naturaleza.

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