‘Los enanos’, de Concha Alós

Los enanos

Concha Alós

La Navaja Suiza

Madrid, 2021

254 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

La realidad es que apenas nos queda el deseo para vivir. Eso es lo que sucede con estos personajes que pueblan Los enanos, la novela de Concha Alós (Valencia, 1927 – Barcelona, 2011) que recupera La Navaja Suiza. El realismo que transmite es social y roza lo siniestro, y los deseos se expresan en la actividad de soñar despierto, que muchas veces tiene que ver con aspiraciones, y siempre con la necesidad de sacar la nariz por encima de la superficie de las aguas muertas. A los seres que habitan en la pensión barcelonesa de los años sesenta, un ambiente feo, les puede haber sentido cómo aquello que soñaron que sería su vida, se ha truncado por efecto de una sociedad que no permite nada que no sea sobrevivir en gris. Estamos en plena dictadura franquista y la obra funciona como testimonio de esa época, denunciando que apenas se permitían ni siquiera los conflictos que tuvieran que ver con la condición humana. Asistimos a un trozo de la vida de unos seres civilmente estancados, sin posibilidad de aspirar a una moral, en los que el colectivo se impone al individuo.

Excepto en el caso de María, que da la segunda voz a la obra. Entre los cuadros de una vida intimidada, Alós introduce apuntes de un diario de una joven que vive el fallo de un gran amor y las consecuencias, que serán hasta demasiado orgánicas: “Otras, cuando el sol es muy fuerte, las cosas brillan y la vida es, para los demás, importante, me rebelo contra algunas palabras que me parecen vacías, que son como monstruos colorados llenos de ojos y orejas y vacíos, completamente vacíos, por dentro: deber, sociedad, sacrificio…”. Esta mujer, que habla de sí misma como alguien a quien la lucha diaria la convierte en una persona cansada y estúpida, a quien los recuerdos la hacen desesperar, nos ofrece una visión más intimista en un mundo donde todo lo que sucede está expuesto a los ojos de los demás. Los personajes viven para ser comidilla en las otras bocas. Y esa miseria no deja de ser una denuncia social. Esa miseria será la que dé el tono descriptivo, breve, de cada suceso, en los que se impone la exposición de pensamientos de corto alcance y los diálogos veloces, combinado por un talento muy eficaz de la autora para llevarnos a prestar atención a detalles significativos. Puede que no observemos el cuadro completo, pero sí prestamos atención a los puntos que decoran la narración y nos imponen un pensamiento triste, al menos triste leída hoy, cuando esos decorados son parte de algunos recuerdos.

Alós organiza la obra alrededor de los mismos centros de interés que empañan la vida de la clase obrera y de la condición de la mujer. Nos habla de una existencia dolorosa en la que las tiritas para evitar la autocompasión consisten en no resistirse a hablar de los demás –“Somos ratas que no pueden escapar de la negra cloaca para mirar a la luz”-, respirando un aire en el que la felicidad es absolutamente imposible: “Y yo y mi pobre cuerpo y toda mi vida irán a quemarse con la de los otros enanos, con la de los desheredados y los torpes”.

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