«12O PULSACIONES POR MINUTO», de Robin Campillo

Por Rafa Mellado


Durante años fueron marginados los enfermos de SIDA, y fueron numerosas las víctimas de esta arbitraria enfermedad. Según cuentan, la Toma de la Bastilla fue exagerada por los historiadores románticos, pero su importancia se debe a su valor simbólico. Esa es la alegoría que traza el cineasta Robin Campillo en la película 120 pulsaciones por minuto. El empoderamiento del pueblo, el valor simbólico del activismo (a principios de los 90) de un grupo de jóvenes afectados por VIH. La perseverancia, el compromiso y la valentía, que logran horadar los muros.

Un alegato contra la muerte, y una celebración de la vida. Homenaje a los que cayeron y caen por esta causa. Narra el recorrido vital del ACT UP París en su lucha desigual por visibilizar la enfermedad, presionando al Goliat de las farmacéuticas, de las administraciones, tratando de educar y concienciar a la sociedad para actuar contra un problema que afecta a todos, y no permitir que nadie decida sus destinos.

Para crear tensión/urgencia el filme muestra la cuenta atrás de linfocitos T4, leitmotiv que redunda en el propio título de la cinta. Dentro del grupo surgen romances, y también conflictos. Se discuten los medios, y se justifican los fines. En el tono de lo políticamente correcto se emplea el verbo “follar” y se pone en entredicho el mito de que es una enfermedad que sólo afecta a gays, putas, yonquis o gente de mala vida…  Roza el docudrama, pero Robin Campillo y su equipo, reflejan con notable habilidad y oficio el clima vivido en esas escenas asamblearias del ACT UP, donde debatían por un futuro, para muchos incierto. En contraste, aparecen las acciones exaltadas del grupo en la calle, que montadas en paralelo, consiguen un ritmo repetitivo y una estructura desequilibrada, allí donde los 143 minutos de metraje se fracturan en dos: la historia del colectivo, y la historia de amor y decadencia de dos de sus miembros.

Quizá Robin Campillo debió apostar por una visión menos efectista del montaje, e inclinarse por soluciones más personales. Lejos del peor Malick (El árbol de la vida), aunque en este caso las metáforas planetarias deriven en imágenes de células, virus y motas de polvo, ese distanciamiento con el público, que constantemente persigue, podría haberlo mantenido, y, a la vez, acercar emocionalmente a los personajes. Como en la escena del viaje a la playa de la pareja, narrado en planos generales de un día poco soleado, donde todo tiene un tiempo más pausado. Vemos la enorme distancia que nos separa de los protagonistas, y la que hay en ese momento entre ellos. No ocurre esto en todo el filme, la cantidad de información embutida en los diálogos y los objetivos poco claros (salvo políticos) de los personajes acaban diluyendo el drama. Queda una exposición de dinámicas sociales, un poso dialéctico, una propaganda de ideal democrático. Aunque, sin duda, es una película de impacto positivo, que debería considerarse de visionado obligatorio en las aulas.

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