«MISA DE MEDIANOCHE»: Terror, lugares comunes y algún destello de originalidad.

Por Gerardo Gonzalo.

Netflix acaba de estrenar Misa de Medianoche (Midnight Mass, 2021), la última serie de Mike Flanagan, director de cine y creador de series que casi siempre merodean en los ámbitos del género del terror, esta vez algo matizado por un alto componente dramático.

En esta ocasión, Flanagan nos sitúa dentro de una pequeña y aislada comunidad en una isla, a la que llega un carismático sacerdote, sobre el cual se van a generar una serie de hechos extraños y milagrosos.

Reconozco que me disponía a encarar el visionado de La maldición de Hill House (2018), una serie que suscita unanimidades en cuanto a su calidad. Pero justo antes, se me cruza el estreno de esta ficción del mismo creador y sin darle demasiadas vueltas, me adentro en la misma, desprejuiciado, menos informado que en otras ocasiones y sin saber muy bien a que me voy a enfrentar, más allá de ese amplio y variopinto ámbito que es el del  género de terror.

Empiezo por decir que la serie, que dura 7 episodios, la he acabado, lo cual es un mérito que merece ser resaltado, ya que sus dos primeros capítulos resultan tan plomizos que tientan peligrosamente a un abandono prematuro y suponen una prueba de supervivencia para un espectador medio. Sin embargo, a partir de ahí, reconozco que empiezan a pasar cosas, algunas hasta brillantes e inquietantes y así, aunque la serie no consigue alcanzar de forma continuada un nivel de excelencia, sí que al menos genera cierto interés por saber lo que va a suceder en esa remota comunidad y a sus extraños habitantes.

Sí que hay un aspecto que, en mi opinión, supone una carga que lastra la serie. La escasa entidad y personalidad de casi todos los personajes y el flojo nivel interpretativo de sus actores, que en la mayoría de los casos, muestran una atonía y una escasez de energía interpretativa que ni siquiera son capaces de corregir cuando la trama empieza a ponerse peliaguda. Solo su protagonista, el sacerdote, encarnado por Hamish Linklater y la fanática religiosa Samantha Sloyan, dan un punto de fuerza a unos personajes en su mayoría desdibujados y faltos de carácter.

Tampoco ayudan muchos momentos, discursivos en exceso y algunos en plano secuencia, que agotan la paciencia de un espectador, que asiste a unas diatribas infinitas, que por su contenido, oscilan entre lo metafísico y lo cursi, con las que nos obsequia esa pareja truncada, encarnada por Kate Siegel y Zach Gilford, que en muchos momentos me parecen todo un canto a la sosería.

Por otro lado, también hay que reconocer notables aciertos. Las homilías del sacerdote resultan brillantes, contundentes y bien interpretadas y sobre todo, y dentro del superpoblado género del terror contemporáneo, hay algunas briznas de originalidad y ambigüedad en un argumento que, aunque acude de origen a lugares comunes de inspiración, acaba transitando derivadas menos obvias y nos obsequia con algunos momentos  poderosos y originales

Por supuesto que esta originalidad, queda siempre encuadrada dentro de las reglas de quien ha esculpido este género durante los últimos 50 años, ese referente total que es el gran Stephen King. Aquí, más concretamente, engarza con su novela Salem´s Lot (1975) que ya mezclaba los conceptos de comunidad rural de la Norteamérica profunda con el Conde Drácula. Misa de Medianoche hace algo parecido. Por un lado plantea recorridos propios que la hacen asumible y a ratos incluso interesante, aunque también hay que reconocer que carece de la fuerza de la obra literaria de King, ya que necesita utilizar recursos facilones (como situar la trama en una isla) y tampoco sabe resolver todo lo bien que debiera, esa mezcolanza entre drama, terror, sangre, vampiros, ángeles caídos, milagros y fanatismo religioso, que es la serie.

En cualquier caso, reconozcamos que es una miniserie que no abusa de la sangre ni del susto fácil tanto como podría hacerlo (lo que es de agradecer) y que tiene la virtud de intentar asustarnos más por la fuerza de la historia y su evolución, que por los actos de terror o el efectismo visual. A término, desemboca en un final, en cierta forma original, luminoso y redentor, a pesar de la devastación sin descanso que supone su último episodio (por cierto, al parecer esta parte final ha sido muy del gusto del propio Stephen King).

En resumen, no me atrevo a recomendarla con rotundidad, salvo que uno se mueva en el fanatismo del género de terror (entonces sí que descubrirá que es un producto con una trama y una factura muy por encima de la media dentro de este tipo de obras), pero que si analizamos desde una perspectiva de la generalidad de la ficción, aunque no es una serie cuyo visionado sea una pérdida de tiempo, tampoco la considero un hito dentro de la narrativa contemporánea. Con lo cual en vuestra mano está la decisión, tendréis momentos de hastío, otros de cierto interés, un puntito constante de inquietud y en su conjunto, una cosa apañada, aunque lejos de ser memorable. Vosotros mismos.

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