‘Nuestros cuerpos, sus batallas’, de Christina Lamb

Nuestros cuerpos, sus batallas

Christina Lamb

Traducción de Margarita Estapé

Principal de los libros

Barcelona, 2021

449 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Acostumbrados a que todas las flechas aciagas que lanza la vida den en otras dianas, paseamos prestando atención a placeres y errores efímeros, alejados de los males desmesurados que acompañan al rodar del planeta. Y estos males pueden llegar a tener tal medida, tal potencia, que si miramos para otro lado, será creyendo que así salvamos nuestra entereza, ese bienestar que es más bien hedonista y que, miserablemente, atribuimos a un exceso de sensibilidad. Lo siento, decimos, pero mi sensibilidad no me permite tener la certeza de que existe esta canallada, esta revuelta, estos actos de terror, estos festivales de sangre y vísceras, de satanismo y espanto. A pesar de blindarse uno para afrontar la lectura de este libro, por muy precavido que uno acuda a sus capítulos, llegará un momento en que no pueda dejar de apartar la mirada de las páginas. Tal vez, si uno no lo ha hecho antes, cuando se le describan las violaciones de bebés y la lucha desesperada de unos pocos caballeros y damas contra unos actos para los que no se han ideado adjetivos lo bastante brutos. Pero antes hemos ido leyendo estos encuentros de la autora con mujeres violadas en periodos de guerra: yazidíes en oriente a los que odian los soldados del ISIS; la falta de misericordia de los locos que integran Boko Haram en Nigeria; el desprecio salvaje hacia los Rohinyá en Myanmar; lo que sucedió en los Balcanes, lo que sucedió durante la dictadura militar argentina, lo que sucedió incluso en España, durante la guerra civil, lo que sucedió en Filipinas durante la invasión japonesa en plena guerra mundial, lo que sucedió en Ruanda, lo que está sucediendo en Siria.

Y, mientras tanto, vamos asistiendo a juicios en los que se pone de manifiesto todas las carencias de un sistema legal. Se intenta poner orden, o justicia, o lo que se que se pueda llamar la consecuencia de los crímenes, tras el paso de la guerra. Pero primero brotan los déficits, entre los que se apunta la nula convicción, hasta hace poco, de que la violencia sexual también era un crimen de guerra. Y luego las ineludibles carencias de los sistemas legales a los que tuvieron que enfrentarse víctimas, fiscales y jueces en Ruanda, en los Balcanes, en Nínive. De ello da cuenta Christina Lamb en un libro que es un reportaje y funciona, sobre todo, como tal. Se le podrá achacar alguna posible mejora, como al localizar la repetición de ciertas ideas a lo largo del texto; de haberlas integrado más, el libro cobraría una mayor potencia. Pero, ¿qué otra potencia necesita? En realidad, la estrategia lineal, descriptiva, basada en la transcripción de la experiencia, es suficiente como para arrojar nuestra atención a un pozo de realidad y nuestro sentido del asombro a la sensación del vértigo.

Al mismo tiempo, Lamb trata de ofrecer algunos apuntes de historia, para ayudarnos a ubicar los testimonios, junto con alguna interpretación psicológica o sociológica. Pero su especialidad es el testimonio. En este caso, vinculados a la guerra, a las salvajadas. Y el centro de interés serán las mujeres violadas. Uno no cesa de preguntarse, durante la lectura, cómo es posible tanta maldad y a quién beneficia tanta maldad. Porque, en realidad, de lo que habla es de ser demoníaco por la mera imposición de ser el más fuerte, de ser un canalla al saber más poderoso, al tener más músculo. Y también surgen algunas dudas de otro tipo. Por ejemplo, la de si realmente habitamos en un mundo tan maniqueo: se nos habla de víctimas y victimarios, sin conflictos interiores, en un mundo en el que unos deberían haber sido buena gente y los otros, sin duda, son peores que los demonios que pudo imaginar El Bosco. El mundo, en esta ocasión podemos decir que por suerte, es más complejo en cuanto a la condición humana. Como lo demuestra esa pregunta que flota constantemente: ¿qué harán las mujeres después, tras aceptar las insuperables consecuencias del trance? ¿Es trance la palabra adecuada? Hablamos de la guerra, que nos resulta demasiado familiar, como si fuera parte necesaria de nuestra cultura, de quienes somos. Pero no: es una gran canallada, en la que, por fortuna, Lamb también encuentra almas buenas, almas entregadas a sanar.

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