La epifania que Carl Jung brindo a James Joyce

Por: Walter Gonzalves

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La tentación esta siempre, recorre de manera cotidiana a muchos de nosotros el pensar -y a veces decir sin maldad- Vamos ¿cómo no puedes hacer esto si es algo sencillo?

 

La anécdota que nos convoca hoy es breve, pero no por ello carente de valor. Tanto Joyce como Carl Jung son personas que no necesitan presentación, bastara decir que tuvieron un encuentro, ¿el motivo? El padecimiento mental de Lucia Joyce, hija del escritor.

 

Ricardo Piglia en quien rescata esta anécdota y nos dice: «Mientras Joyce estaba escribiendo el Finnegans Wake era su hija, Lucía, a quien él escuchaba con mucho interés. Lucía terminó psicótica, murió internada en una clínica suiza en 1962. Joyce nunca quiso admitir que su hija estaba enferma y trataba de impulsarla a salir, a buscar en el arte un punto de fuga. Una de las cosas que hacía Lucía era escribir. Joyce la impulsaba a escribir, leía sus textos, y Lucía escribía, pero a la vez se colocaba cada vez en situaciones difíciles, hasta que por fin le recomendaron a Joyce que fuera a consultar a Jung.

 

Estaban viviendo en Suiza y Jung, que había escrito un texto sobre el Ulises y que por lo tanto sabía muy bien quién era Joyce, tenía ahí su clínica. Joyce fue entonces a verlo para plantearle el dilema de su hija, y le dijo a Jung: “Acá le traigo los textos que ella escribe, y lo que ella escribe es lo mismo que escribo yo”, porque él estaba escribiendo el Finnegans Wake, que es un texto totalmente psicótico, si uno lo mira desde esa perspectiva: es totalmente fragmentado, onírico, cruzado por la imposibilidad de construir con el lenguaje otra cosa que no sea la dispersión.

 

Entonces Joyce le dijo a Jung que su hija escribía lo mismo que él, y Jung le contestó: ‘Pero allí donde usted nada, ella se ahoga’. Es la mejor definición que conozco de la distinción entre un artista y… otra cosa, que no voy a llamar de otro modo que así».

 

Parafraseando a Roberto Bolaño, es deber de los escritores ir a nadar a aguas distantes, para luego regresar y narrar aquello que han divisado en la lejania o en las profundidades, sin embargo Bolaño advierte a los que deseen tomar con romanticismo esta premisa diciendo -palabras mas, palabras menos que- nadar por aquellas aguas posee un costo, secuelas, cicatrices y hay veces que se corre el riesgo de no volver. Bolaño lo suele sintetizar esto con su nocion de la poesia, para él la verdadera poesía quema: «Yo creo que todos los escritores, incluso los más mediocres, los más falsos, los peores escritores del mundo, han sentido durante un segundo la sombra de ese éxtasis. Sin dudas eso no lo han sentido porque el éxtasis tal cual, quema. Si alguien dice que lo siente y luego retorna a su mediocridad existencial es evidente que no se ha metido allí, porque el éxtasis es terrible. Es abrir los ojos ante algo que es difícil de nombrar y difícil de soportar.»

 

Como cierre quizá mencionar el deseo de que la próxima vez que a alguien que no puede con una tarea, arte u oficio para el cual usted es por demás sencillo, reflexione que esa persona está comenzando a navegar esas aguas tan conocidas por usted, o quizá, sencillamente «donde usted puede nadar, ellos se ahogan”

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