«Canto a quien», de Iván Onia

Por Ana Isabel Alvea Sánchez.

El abrazo al hermano para brindar, a pesar de todo. 

Canto a quien (Ultramarina) supone el séptimo poemario de Iván Onia, tras Tumbada cicatriz (Plaquette en Ediciones en Huida, 2011), Galería de mundo y olvido (Ediciones en Huida, 2013),  Hermanos de nadie (Karima Editora, 2015), El decapitado de Ashton (La isla de Siltolá, 2016, finalista del primer Certamen de Poesía Antonio Colinas), Paseando a Míster O (Asociación Noctiluca, 2017) y en Maclein y Parker, El hijo (de Sharon Olds), en 2018.

Canto a quien supone un himno, una celebración a la existencia, a Whitman por habernos dejado su legado, a su poesía y mensaje, al amor y al amor, a uno mismo, al mundo, a cada uno de nosotros, quienes formamos esta sociedad occidental. La poesía del gran Whitman ilumina como un faro la trayectoria de este barco, especialmente Canto a mí mismo, del que se inspira Iván Onia para cantar a la vida, aunque a veces asome cierto escepticismo: Cantando, pero qué. Claro, la vida no es siempre de vino y rosas, y cuando no lo es, a ver quién es el guapo que se tira a echar un cante. Pues Iván. O bien, la vida y su rutina, el poeta que sepa ver el milagro de lo cotidiano: Iván también. Estos contrastes resaltan en sus versos con el fulgor de las paradojas, al que no le falta su chispa de ironía o humor.  Qué existencia sería si faltaran las penas, penas pequeñas -como dice el autor-, si ya hace milenios que nos expulsaron del paraíso y tenemos aquí las injusticias. Eso sí, saber brindar por el cielo que nos cubre, en esta tierra roja, a pesar de todo: ese es su canto.

En esta travesía llega a la encrucijada de preguntarse quién es uno mismo. Y será el Otro quien nos dará a conocer, en nuestra relación con los demás nos descubriremos, son los demás quienes nos otorgan existencia e identidad: Mi hermano será hasta el fin de mis días el hombre que me / arrancó del barro, volviéndome frente al espejo, / diciéndome: mira, ese eres tú. Y quien escribe se percibe como una persona que lleva una vida normal -salvo por esa rareza de escribir poesía de noche para dejar constancia de la vida de todos- y es como cualquier hijo de vecino.

Se ha producido un giro en la escritura de Iván Onia, pues publicó en 2015 un poemario titulado Hermanos de Nadie, pero ahora se siente hermano de sangre del Otro, que no es un extranjero o un enemigo, sino igual a sí: Nos necesitamos, rojísimos, los unos a los unos. Lo acompaña un sentimiento de misericordia: Apiádate del hombre atravesado por un tranvía de silicio. / Ven, apiádate del hombre que se busca en la vértebra doliente.

Nuestra vida, su vida, atraviesa como un río subterráneo estos versos: … y estos poemas son los mismos para todos, / están escritos en un único idioma. Y por supuesto, supone una celebración del lenguaje,  el idioma de los animales, con el que su autor se enfrenta a diario para sacar todo lo que lleva dentro, porque si no, es capaz de morirse por culpa de un poema que no ha sabido extirpar. Ahí su tarea, mantenerse en la cima del prodigio, del ingenio y de la imaginación, pescando imágenes que no sean visibles, pescando lo inesperado, aquellas que no crecen en los lugares comunes y no pierden por ello ni un ápice de transparencia. Qué es un poeta sino un pescador de vocablos y belleza, una caja de cuestionamientos.

No faltan reflexiones metapoéticas, como la separación de poesía y vida: La imagen poética es la representación / semejanza o apariencia de una cosa / ¡pero no la cosa! (milenios así y todavía los hay que besan / la piedra donde se rompen la crisma). En este mismo poema nos habla de la rebeldía, que no consiste en autocompadecerse, quedarse quieto mirándose el ombligo, sino en intentar desplazar el eje del mundo, detenerse en lo bueno y hermoso: Levanta la cabeza porque quizás haya un padre ayudando / a un hijo en sus primeros pasos. Porque escribe de todo lo que ama, como bien nos indica, observen lo que casi nadie es capaz de mirar.

Y está el canto a fragmentos de la Historia, a la historia de una persona común, a nuestros antepasados, a su hijo y su familia, la sangre de su sangre, al paso del tiempo:

Bienvenidas sean todas las partes de mi cuerpo
y el tiempo que las desgasta.
Bienvenidas sean mis edades y las de todos vosotros,
lo que he visto y lo que nunca conoceré…

Su poema es una carretera larga cubierta de versos y versos como verde hierba, tomando como dirección la emoción del lector.  El versículo y su extenso aliento para acoger todo lo que mira, todo lo que se presenta ante el poeta: Todo lo mirado me pide que cante, nada me deja callado… Abarcar y describir nuestra naturaleza y realidad, pálpito, esa es la función del poeta: la alegría, el desencanto, lo que ve y clama por salir.

El libro tiene una estructura circular, empieza y termina con la misma imagen, un juego de contrarios: Este es el libro de un hombre que mira una brizna de hierba, / el que abre una naranja para contaros una estrella –nos dice en su poema inicial- ; y termina de semejante manera: Me canto a mí, al que jamás veréis, del que jamás sabréis / nada. / Ese nadie que os ha regalado unos ojos, / ese soplo carbónico del universo, / ese quien. / A mí, / que he abierto una estrella como si fuese una naranja / y os lo he contado.

Es complicado mantener la tensión en un poema largo y el autor lo logra, mantiene el pulso y su vigor con ingenio, entre enumeraciones y paralelismos, teje una red de analogías y semejanzas. Harto difícil. Usa un lenguaje coloquial que moderniza y le quita a su poesía la caspa de la solemnidad, con un tono paródico que resta óxido al hierro.

En ocasiones, sus versos son ecos de otros versos, poemas, autores: donde entro dócilmente en esa buena noche (Dylan Thomas), donde una mujer me duele en todo el cuerpo (Borges), donde te tengo y no, donde te pienso (Benedetti). Un homenaje a sus maestros.

Cada vez nos cuesta más asombrarnos, pero todavía está ahí esa emoción, y el misterio y las preguntas sin contestar, igual que la grandeza de las pequeñas cosas: ¿Qué es la razón?, ¿qué es el amor?, ¿qué es la vida?

En fin, un goce leer siempre a Iván, no decepciona nunca, mago del lenguaje, vitalista y luminoso, tierno y fraternal, cuyos versos nos incitan a abrazar al otro y brindar, nos animan a esta actitud, nos ofrecen este hermoso homenaje al gran Whitman.

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