Madres paralelas (2021), de Pedro Almodóvar – Crítica

Por Jordi Campeny.

Los que amamos el cine de Pedro Almodóvar vivimos como un auténtico acontecimiento cada uno de sus estrenos. Todo lo que nos ha ido ofreciendo a lo largo de los años permanece guardado, intacto, en algún lugar de nuestra memoria y ha contribuido -en muchos casos de forma decisiva- en forjar y moldear nuestra pasión por el cine e incluso nuestra mirada frente al mundo. Películas como La ley del deseo, Mujeres al borde de un ataque de nervios, Todo sobre mi madre, Hable con ella o Volver han modificado y engrandecido enormemente nuestro imaginario y nuestra capacidad para analizar y comprender mejor un mundo en constante mutación. El cine de Almodóvar se ha ido transformando a la vez que lo hacía la sociedad y jamás ha dejado de explorar nuevos territorios, pulverizando límites y fronteras mentales, moldeando y matizando sus formas, abandonando paulatinamente el exceso y barroquismo hasta lograr un estado de sobriedad expresiva y plenitud creadora. En los melodramas almodovarianos, los estallidos emocionales y las lágrimas han cedido el paso a la contención, al abatimiento sin llanto y a los nudos en la garganta y en la boca del estómago.

Madres paralelas vuelve al universo de las madres y a las historias puramente almodovarianas con tintes folletinescos que tanto han contribuido a consolidar y engrandecer la personalidad cinematográfica de su creador -y que parecía haber dejado en stand by con su trabajo anterior, Dolor y gloria-. Incansable en su empeño por adentrarse en ciénagas inexploradas, Almodóvar despliega unas líneas narrativas de profundo calado emocional y las circunscribe en un marco histórico concreto: el de un país -España- que, al igual que sus protagonistas, debe hacer un duelo y cerrar viejas heridas. En este caso, por los más de cien mil muertos que siguen enterrados en las cunetas. De este modo, el director de Átame deja para la posteridad su trabajo más político hasta la fecha, haciendo gala -sin aspavientos ni piruetas narrativas- de un contundente y conmovedor compromiso ético. Propone un país -una matria– que considera mujeres a las mujeres trans, sabe crear redes de empatía y consigue sanar las heridas de la Guerra Civil.

La película narra la historia de Janis y Ana (ya se ha escrito y dicho todo sobre el soberbio trabajo de sus actrices, Penélope Cruz -galardonada con la Copa Volpi en el Festival de Venecia- y Milena Smit), madres solteras que coinciden en un hospital donde van a dar a luz. Sin sospecharlo, estas horas crearán un vínculo muy estrecho entre las dos, cambiando sus vidas para siempre. El desarrollo de la historia está narrado con la sobriedad estilística habitual en este tramo de filmografía que inició Julieta. Madres paralelas está repleta de interiores, planos cortos, elipsis salvajes, artificio y pasión. Y consigue entroncar el trauma de dos madres con el trauma colectivo de un país. Mención especial al soberbio trabajo de fotografía de José Luis Alcaine, bañando la película con una hermosa luz y otorgando a sus imágenes una pátina a la vez naturalista y de artificioso melodrama de otro tiempo. Y, una vez más, destaca la omnipresente y majestuosa partitura del maestro Alberto Iglesias.

Caben, por supuesto, discrepancias acerca de algunas decisiones de guion. En su afán por mostrar su indignación ante varios aspectos de este presente líquido, el director coloca algunas denuncias in extremis, como el de las agresiones sexuales en grupo y sus repercusiones mediáticas. Su discurso respecto al tema de la memoria histórica puede resultar algo lastrado por un exceso de didactismo y la resolución de su trama principal pierde algo de fuelle en sus últimos compases. Los diálogos, esculpidos en piedra, oscilan entre el naturalismo y la artificiosidad, dificultando, en ocasiones, la empatía o una emoción genuina.

Pese a sus imperfecciones, Madres paralelas es un suntuoso artefacto de cine grande, ferozmente almodovariano, que puede acabar sepultando al espectador bajo un tsunami emocional que no vio venir durante sus dos horas de metraje. Un film que conmueve por el inquebrantable compromiso moral de su creador, por su insaciable búsqueda de la verdad a través del artificio y por su abrumadora belleza.

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