Félix Romeo en el recuerdo

 

FÉLIX ROMEO EN EL RECUERDO

 

 Por Íñigo Linaje

 

Recuerdo con exactitud el día de tu muerte. Leí la noticia en un periódico y guardé la hoja de tu obituario entre las páginas de Amarillo. Había leído ese libro tres años atrás, cuando apareció en Plot, la editorial de tu amigo Jonás Trueba. Hablabas en él de otro amigo que se había marchado del mundo -prematuramente- por un desengaño amoroso. Una carta de amor llena de recuerdos, reproches y sentimientos de culpa. Eso era Amarillo : desasosiego y existencialismo juvenil encarnado en la vida. Terminaste de escribir ese libro en la misma ciudad de ese adiós -Barcelona- justo cuando recibiste el golpe de un revés sentimental. Tú decidiste vivir. Tu amigo Izuel decidió lo contrario.

Nunca te conocí, pero he leído alguna de tus novelas y muchos de tus artículos, y los amigos de la ciudad donde vivías me hablaron largamente de ti. Eras un mito viviente allí, una sombra idolatrada. Yo viví en aquella ciudad -intermitentemente- durante siete años. Cuando llegué a ella, hace casi una década, tú te acababas de marchar para siempre.

Hablar de Félix Romeo (1968-2011) es hablar de aquella ciudad y de todas las ciudades. Félix Romeo estaba en todas las calles, en todas las librerías, en los días y en las noches de aquella capital amada y después olvidada: Zaragoza. Recuerdo que estaba leyendo ¿Por qué escribo? cuando me fui de allí. Lo había leído en 2013, cuando se editó, sin saber que tiempo después yo mismo iba a escribir en el periódico que él escribía. Ese libro, de cubierta amarilla con simpática foto del autor, reúne las crónicas y columnas de opinión que Romeo fue publicando en distintos rotativos de su ciudad y en otros periódicos de Madrid.

Esta tarde lo he traído conmigo a esta plaza donde bebo porque necesito compañía. Leer a Félix Romeo es contagiarse de entusiasmo por las cosas, un filón de apasionamiento. Sus textos están plagados de referencias a los lugares donde viajó, a las ciudades donde vivió, de vivencias adolescentes y recuerdos familiares, de filiaciones cinematográficas, sentimentales y literarias: Goya, Pasolini, Lisboa, Labordeta.

Ahora que se cumplen diez años de su inesperada muerte, duele leer sus palabras porque las esquinas de las calles de su ciudad viven en ellas. También los garitos de noche, los cafés, las librerías. Duelen los recuerdos, los rincones revisitados: la plaza Santa Cruz, la calle Alfonso, el paseo Independencia. Duele releer pasajes de su libro más autobiográfico, Amarillo, una reconstrucción quirúrgica del suicidio de su amigo. Esa herida, que no había cicatrizado nunca, pretendió curarla con la escritura. Y declaró en una entrevista: «Hay que sobreponerse a los golpes de la vida, hay que reconstruirse a uno mismo, hay que volver a amar, a enamorarse de las cosas». No es fácil: él lo sabía.

Escribo porque tengo miedo, anotó en un artículo. Escribo para no morir. Se escribe por eso. Y para que a uno lo quieran. En su ciudad natal me hablaban de su enorme humanidad, de su generosidad con los demás, de su curiosidad infinita por los libros, las músicas, las ciudades. Rescataba escritores olvidados, estimulaba la creación de los otros, ejercía con maestría la crítica literaria y se dejaba caer -a veces- en una tierna melancolía. Viajero infatigable, del barrio obrero donde nació pasó a las calles laberínticas de su ciudad y penó en la cárcel por insumiso. Había vivido en Barcelona, vivió en Madrid. Trabajó en televisión, en periódicos, en revistas. Exprimió hasta la extenuación el oficio de Pavese.

Dicen que Félix Romeo apilaba montones de libros en sus casas: desde el suelo hasta el techo. Docenas de libros, cientos de libros, miles de vidas ajenas escritas en páginas que hacía suyas. Pero, como decía Sergio Algora, la vida se gasta, se da de sí como la ropa y ya no nos queda bien. La vida se gasta, se rasga, se rompe, se muere. Se te fue a ti, de golpe, una madrugada de hace diez años. Para corroborarlo guardo, como prueba de cargo, tu obituario en mi ejemplar de Amarillo. Entre las páginas de tus artículos reunidos hay un billete de tren cuyo destino es Zaragoza. Te confieso que ya no puedo volver a tu ciudad: me mata la visión de ese paisaje. Prefiero quedarme a solas con tus palabras. Yo también me fui del mundo: hace setecientos días.

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