Por Rafa Mellado
María Pérez Sanz continúa aquel Ejercicio 2: ficción, que fue un cortometraje. Lago Che Bahir, Kenia, 1975:
—¿Qué tal?
—No sé, te podías haber maquillado un poco más las piernas, es que te dije que iba a ser un plano general…
Pero la pregunta es, ¿qué hay entre Karen y Farah?
A la directora le apetecía hacer, en el paisaje extremeño, una historia de colonos en África, y se arriesgó a hacerla. Diez días de rodaje. Un retrato más que un relato, no cuenta demasiadas cosas, no tiene una trama fuerte en la que pasan cosas, sino que es un retrato personal del final de una etapa en la vida de esta escritora, autora de Memorias de África. Y allí estaba con el salacot y el rifle, entre las encinas, Karen Blixen. No es un biopic, no con esa intención. Su realidad fue más dura y menos romántica que en la novela, y que en la película de Sydney Pollack. Tampoco Pérez Sanz hace un retrato psicológico del personaje de Karen, a quien Christina Rosenvinge estaba destinada a interpretar (y, salvo al calzarse las botas, la encarna con mucha clase y estilo).

Aunque es menos Memorias de África y más Sombras en la hierba, por el foco puesto en la relación con Farah, que no deja de ser una relación de servilismo. Una señora aventurera y esnob, abandonada en Kenia por el marido barón, abandonada por el amante cazador, sin financiación de la familia a través de la Karen Coffee Company, y sifilítica. Farah es la única persona que permanece con ella y la cuida. Karen, víctima y victimaria del destino propio. Su ser interior se debate en esa espera del deus ex machina de la máquina cinematográfica que la abducirá (para humanizarla) del mausoleo del mito.