«DUNE»: Un elixir para el cine contemporáneo

Por Gerardo Gonzalo.

El ritmo de vida en general, aderezada por esta maldita pandemia y las múltiples plataformas televisivas en particular, hace que sea cada vez más heroico acudir a una sala de cine. Pero en mi opinión, creo que sigue mereciendo la pena ir. La dimensión de la experiencia cinematográfica no es completa si no vives una película como solo puede vivirse en una sala oscura y aún hoy puedo decir, que siempre que voy al cine, ese momento en que se apagan todas las luces y está a punto de iniciarse la película, sigue siendo uno de esos instantes que invariablemente me hacen feliz y que consigue que me olvide de todo.

Pero esa “Videoteca de Alejandría” que sería hoy internet y las plataformas, y que te permiten ver y recuperar casi todo el cine que se ha hecho, supone un enganche muy poderoso para cinéfilos que como yo, consideramos el cine clásico o no del todo convencional, como el refugio en el que guarecerse frente a una oferta contemporánea plagada de films de superhéroes, comedias románticas y pelis de adolescentes.

Sin embargo, aún hoy y pese a mi crítica visión del cine actual, hay autores que merecen toda mi atención y respeto. Directores cuyos estrenos son para mí acontecimientos que no me quiero perder. En este grupo selecto, entre otros, se me ocurriría citar a veteranos consagrados como Spielberg o Scorsese, añadiría a autores fascinantes como Steve McQueen, Asghar Farhadi o Paolo Sorrentino y por supuesto directores catedralicios y de ambición infinita como Christopher Nolan o…. Denis Villeneuve.

Recuerdo la primera película que vi de Villeneuve, era Incendies (2010) y sigo recordándola como una de las experiencias más potentes y sobrecogedoras que he vivido en el cine. A esta la siguieron la interesante Enemy y esa obra magna del thriller contemporáneo que es Prisioners, ambas de 2013. A continuación un portentoso relato del mundo de las drogas plagado de acción y tensión como es Sicario (2015), una obra maestra de la ciencia ficción, llena de emoción y hondura que es La llegada (2016) y por último, ese desafío que en 2017 afrontó al intentar revivir un clásico como Blade Runner y que consiguió hacerlo con buena nota, personalidad propia y espectacularidad.

Con todo este currículum, no se me ocurre mejor excusa, ni mayor aliciente para acudir al cine, que ver una película de este autor superlativo por su talento, que se ha embarcado en el reto de adaptar una obra compleja (con el sombra de ese intento algo discutido de David Lynch), con un gran presupuesto, las máximas ambiciones estéticas y narrativas y un elenco de actores excepcional.


La trama de Dune se desarrolla en torno al planeta Arrakis, que posee las reservas de la sustancia más importante de la galaxia. Hasta el momento, la explotación de ese planeta estaba en manos de la familia Harkonnen pero el Emperador, inesperadamente, decide que pase a ser competencia de la familia Atreides, que a partir de ese momento se enfrentan a un planeta hostil y a una sucesión de traiciones.

Empezando por el aspecto visual de la película, esta resulta brillante y por momentos impactante (como cabía esperar). Sus instantes más logrados engarzan un tanto con una estética que lo conecta con Star Wars, pero en un contexto más hostil e inhóspito.

El peligro es constante, la amenaza no cesa, todo es intrigante y una sensación continua de desasosiego impregna la historia. Una trama que podría conectar con historias de caballeros, señores feudales e intrigas de la Edad Media, alcanzando en algunos momentos un tono de drama y tragedia que engarzaría con el propio Shakespeare.


Una mezcla de épica, traiciones, venganzas y un fuerte despliegue visual, que en algún momento me recordaron a Ran (1985) de Akira Kurosawa, pero contextualizada en el ámbito de la ciencia ficción y un futuro muy remoto (estamos en el año 10.000). Se nutre de elementos similares a los que usa Star Wars, que al igual que esta, no deja de ser una historia de caballeros, familias, guerras e intrigas y donde también está muy presente la espada y los duelos, como contrapunto a los más sofisticados artilugios futuristas.

La película digamos que me gustó, en algún momento me sobrecogió, pero tampoco puedo decir que me parezca una obra maestra. El ámbito místico y paranormal de la historia, no me termina de convencer y algunos momentos me resultan algo confusos, lo cual es demasiado habitual tanto en la literatura de ciencia ficción como en determinadas películas sobre el futuro. También reconozco que en lo personal me duró un buen rato asimilar que el padre ya fallecido del patriarca de la mítica y poderosa familia de los Atreides, era un…. torero (lo juro, no me lo estoy inventado, sale hasta un retrato) lo que en el contexto de este film, ya os digo que no solo no pega, sino que te despega un rato del mismo.

En cualquier caso y obviando esto último, el film es de notable alto. Algunas de las interpretaciones son muy logradas (me encantan Oscar Isaac y Josh Brolin), hay caracterizaciones que son un hallazgo (como la del casi irreconocible Stellan Skarsgard) y las dosis de emoción y espectacularidad están repartidas en porciones adecuadas. Todo esto además, acompañado por una omnipresente música de Hans Zimmer, que aunque a algunos les carga bastante, a mí me gusta, alcanzando en mi opinión algunos momentos de sonoridades asombrosas e impactantes, difíciles de definir.

No os la podéis perder, una obra que debe verse en pantalla grande, que quizás no sea perfecta, pero que sin lugar a dudas resulta interesante y estimulante. Dune es un muy buen motivo para seguir yendo al cine y para seguir teniendo a Denis Villeneuve entre los grandes directores contemporáneos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.