«Aquellos jardines bárbaros», de Alberto Rivas

Por Miguel Ángel Real.

En Aquellos jardines bárbaros (Lastura, 2021) nos encontramos ante una búsqueda de la entereza en los meandros de un pasado turbio, confuso e informe. Por eso, hallar la autenticidad de nuestras vivencias se presenta como un desafío y un acto de valentía ante el tiempo que pasa silencioso pero inexorable: “Los valientes no entienden los himnos en las fotografías, / no conocen el deshacerse de los días en ambos sentidos.”

Alberto Rivas (Madrid, 1983) plantea pues en su poemario una lucha contra los valores establecidos, contra los atavismos que bajo su apariencia de acogedor refugio no son más que una negación del pensamiento. La cita de Valle-Inclán que abre el primer poema lo muestra bien, así como los versos iniciales del libro: “La ciudad converge sobre sus viejos ríos de tinta / pronostican orfandades emancipadas / para el germen de este reluciente medievo.”. Una idea que se repite algo después, con afirmaciones tan contundentes como esta: “Tiempo de fiesta siempre en los fogones / donde nada de la historia se conoce.” Porque existe en este libro una crítica clara de los dogmas a los que los seres humanos parecen querer  aferrarse en una querencia confortable pero indudablemente carente de sentido; queda claro para el autor que “Los idólatras son los que aprendieron / a calcular la verdad / destilando una combinatoria de sueños profanos” ya que “ellos solo han visto hablar a las estatuas”. Estas consideraciones intentan insistir para que no nos olvidemos de guardar los ojos y la mente abierta si queremos adoptar una visión realmente aguda de nuestra existencia.

Se persigue, por lo tanto, un pasado que tenga sentido, en el que la niñez se alza como un momento en el que se forja la fuerza de la existencia pero también su fragilidad, como sugiere la intensidad de este verso: “aquel bálsamo vacío que llamo niño”; y es que para plantarle cara al tiempo de nada sirve la nostalgia ni la mera contemplación que nos conduce a dejar de lado las preguntas necesarias para aspirar a comprender un mundo cargado de dolor y de belleza a la vez: “la libertad es este cansancio / de mirar en qué se convierte mi lengua”.

Por otra parte, se nos explica que “hoy somos alguien suscrito / a un deseo febril de impotencias” en el excelente poema Imago Mortis, que sintetiza un desasosiego ante el que el tiempo no puede aportar consuelo. Lo que subsiste en definitiva es la sensación de estar condenados a repetir una y otra vez los mismos errores: “A quién pertenece la noche / si la madrugada es cadena / y los que se levantan hacen hueso de la flor / para volver a sembrar las mismas tumbas”. Frente a ellos, tal vez la única posibilidad que nos quede sea la de plantear una lucha en la que nuestra arma será una aleación de esperanza y de olvido: “quizá los ojos / vean algunos asuntos nuevos, ya ciegos / a las fotografías de lo cotidiano, y al menos / el que camina ciego / no ve los ojos del monstruo.” Una idea que ya se anunciaba en uno de los dos epígrafes que abren el libro, cuando Alberto Rivas recoge la frase de Jung que dice “La palabra felicidad pierde su sentido si no se equilibra con tristeza.”

El poemario termina con una estrofa que se hace eco de los famosos versos de Antonio Machado: “La verdad del caminante no está en el camino / sino que es paisaje que lento se desgrana”. En esa paciencia compartida por ambos autores se construye una conclusión en la que la vuelta al cálido entorno del hogar quiere erigirse como un verdadero valor que salvaguardar: “todo tiempo es tiempo de amapolas / aunque crucen las arrugas piel vencida de nuevas pieles / en ningún sitio estarás como en casa / en ningún sitio como en casa.” No es extraño pues que el título de este último poema sea  Pensamientos y que en él se resuma, en cierto modo, buena parte de la filosofía de Alberto Rivas.

 

Aquellos jardines bárbaros es un libro que invita a la reflexión a partir de una poesía inteligente, densa y exigente, que tiene la inmensa virtud de huir de los estereotipos de fondo y forma. Algo que resume la cita final, tomada a Thoreau: “Los poetas, filósofos y estadistas brotan así en los pastos y sobreviven a las multitudes de hombres sin originalidad”.

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