Conversaciones inventadas. La mascarilla como filtro de realidad

Hace ya un año que añadimos las mascarillas a nuestros armarios y  ahora forman parte (natural) de nuestro aspecto. Nos hemos tenido que acostumbrar (yo aún no) a mantener conversaciones filtradas por máscaras de tela o de papel, barricadas buconasales que nos obligan a elevar la voz, a ampliar nuestros recursos gestuales y a aumentar nuestra atención hasta límites insospechados. Nuestra realidad social, ese mundo que percibimos a través de los demás, ha sido mutilada, afectada, alterada, desconfigurada. Las mascarillas nos ayudan a detener el avance de los virus, es cierto, pero también obstaculizan nuestra comunicación. Nos hacen más ciegos, más sordos, más mudos y menos cercanos.

En mi trabajo como docente estoy obligado a comunicarme con niños a diario. Y tengo que lamentarme de no conocer las caras de muchos de mis nuevos alumnos. No sé cómo sonríen ni cuál es su expresión. Cuando atisbo a la hora del recreo la cara de un niño almorzando me doy cuenta de que es un perfecto desconocido. Su cara me suena vagamente familiar. Y de los antiguos alumnos albergo en mi mente la fotografía de hace un año, una imagen por tanto desactualizada, de la Era Prepandemia. Y es que, sobre todo, somos rostros. Nos miramos a la cara y nos identificamos por la sonrisa y la mueca. De  hecho, en el carnet aparece un retrato y no la foto de nuestro torso o de nuestra barriga.

Por otra parte, no es un descubrimiento reciente que muchos son los estudios que señalan que en los procesos de comunicación habitual los elementos extralingüísticos pueden llegar a suponer más de un sesenta por ciento. En una conversación normal la forma de los labios y el gestualidad facial son parte esencial para trasmitir emociones. Emociones y matices sutiles que ayudan a completar el texto lingüístico, el significado total. Además, la mascarilla apaga el volumen y distorsiona el tono, lo que repercute en una desvirtuación del mensaje. Visto así, me pregunto, ¿cuánto nos estamos perdiendo? Y no me hago esta pregunta de un modo retórico, sino literal. Es decir, ¿cuánta información se está quedando por el camino y no nos llega? Frases cercenadas, voces apagadas, palabras confundidas: mensajes entrecortados por las interferencias de la “salvadora” mascarilla. Y como nuestro cerebro está diseñado para improvisar datos ya que puede “registrar sólo detalles de la realidad, el resto lo inventa, rellena huecos mediante algoritmos y atajos”, según ha explicado la neurocientífica Susana Martínez-Conde, es de suponer que la información que no nos llega la agregamos de forma creativa. Es decir, nos inventamos parte la conversación. Vivimos, por tanto, en un mundo cada vez menos real en el que hasta nuestros diálogos están siendo invadidos por la ficción, por la imaginación.

Nos inventamos conversaciones.

Pedro Pujante

 

One thought on “Conversaciones inventadas. La mascarilla como filtro de realidad

  • el 29 marzo, 2021 a las 11:46 am
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    Muy bien explicado. Tenemos que hacer un gran esfuerzo ahora para hablar con los ojos

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