‘Ladrilleros’, de Selva Almada

DAVID PÉREZ VEGA.

Cuando hace unos meses leí Cometierra (2019) de Dolores Reyes, ya dije que Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) había sido una de sus profesoras de taller, y que me apetecía leer alguno de sus libros. Durante los últimos años me he encontrado con su nombre, cada vez más ponderado en relación a la nueva narrativa argentina. Me pasé por la biblioteca Eugenio Trías, del Retiro en Madrid, y tomé en préstamo Ladrilleros, que es uno de sus libros más conocidos.

La acción de Ladrilleros se sitúa en un pueblo del norte de Argentina y nos habla de dos familias, la de los Miranda y la de los Tamai. Miranda padre proviene de una familia de ladrilleros, afincados en el pueblo desde unas cuantas generaciones atrás, y Tamai padre llegó al pueblo como temporero y se acabó asentando en él, tras casarse con Celina, una chica que trabajaba de mesera en el bar que frecuentaba. Celina organizará que Tamai empiece a trabajar de ladrillero, cuando el dueño de una de las ladrillerías de la localidad quiera dejarla y probar suerte laboral en el sur. Miranda y Tamai son vecinos y se odian. Ninguno de los dos tiene muy claro cómo empezaron sus disputas, pero probablemente tengan que ver con algún roce en alguno de los bares del pueblo, donde tuvieron algún lance jugando a las cartas. Miranda y Tamai en realidad son dos hombres bastante parecidos, incapaces de permanecer en su casa muchas horas seguidas, los dos pasan demasiado tiempo en el bar y les cuesta proveer a su hogar. Serán sus mujeres, Estela y Celina, las que saquen adelante sus hogares.

En realidad, los protagonistas principales del libro, más que Miranda y Tamai padres, serán dos de sus hijos varones: Pajarito ‒hijo de Tamai y Celina‒ y Marciano ‒hijo de Miranda y Estela, una antigua reina de la belleza‒. La novela comienza con Pajarito y Marciano tirados en el suelo de la feria que se ha instalado en el pueblo. Se acaban de pelear a navajazos y los dos se desangran lentamente. La policía o una ambulancia parecen tardar en aparecer. Selva Almada nos narrará los pensamientos de estos dos jóvenes ‒que al comienzo de la narración deben tener unos veinte años‒ a través de capítulos cortos, y también nos irá informando sobre sus respectivas familias y sobre la relación que han tenido en el pasado. Cuando a Pajarito y Marciano les permitieron salir a la calle y juntarse con los otros niños por los descampados del pueblo empezaron siendo amigos inseparables (son prácticamente de la misma edad, unos pocos días separan sus nacimientos), aunque aprenderán pronto que les está prohibido pisar la casa del otro. Sin embargo, un pequeño incidente en el colegio les hará separarse y crear cada uno su propia pandilla de amigos. Los enfrentamientos vendrán más tarde, enfrentamientos que ‒en el tiempo narrativo de la novela, cuando tienen unos veinte años‒ quizás les conduzcan a la muerte.

Miranda padre ha muerto de forma violenta cuando Marciano tiene doce años, y Tamai padre abandonará el hogar cuando Pajarito tiene trece. Ninguno de los dos ha sido un buen padre, han sido bebedores, pendencieros, vagos para el trabajo, manirrotos, y los dos han golpeado a sus hijos violentamente. Sin embargo, aunque ha existido un rechazo de los hijos hacia sus padres, tanto Pajarito como Marciano parecen condenados a seguir sus pasos.

En gran medida, Almada habla en Ladrilleros del concepto de la «masculinidad tóxica», de esos hombres que se están continuamente retando para probar su hombría, pero que no consiguen sacar adelante a sus familias. También nos habla de las mujeres resignadas a estos hombres, a los que aceptan porque se han criado en entornos machistas y acaban percatándose de que los aman y de que no pueden cambiarlos. Y, sin embargo, serán estas mujeres las que tendrán que cargar con la responsabilidad de saber sacar adelante a sus hijos. Serán ellas las que realmente aporten el dinero que el hogar necesita.

Por supuesto, en este mundo violento la homosexualidad no es una opción socialmente aceptada. Y el desenlace del libro, la pelea final entre Pajarito y Marciano, tiene que ver con este tema de la homosexualidad y la hombría.

Así que el libro de Selva Almada se convierte en un manifiesto contra el machismo y la homofobia. Sin embargo, está bien construido y no es en ningún momento un panfleto.

«Mientras se invitaban copas, se aconsejaban cómo había que tratar a las mujeres para que se estén quietitas y en su sitio.», leemos en la página 39, cuando se describe la vida de Tamai en el bar con sus amigos.

«La primera vez había sido incómoda y dolorosa, lejos de los relatos de Corín Tellado que alimentaban sus fantasías de adolescente. Lo habían hecho en el medio de un baile, en la pista del Húngaro.», así se descrine en la página 21 la primera relación sexual de Celina con Tamai.

Como ya he comentado, en las primeras páginas de Ladrilleros nos vamos a encontrar con una pelea a navajazos; por tanto, Almada desde el comienzo conversa con la tradición literaria argentina. Debemos recordar que la figura del cuchillero se encuentra ya en El matadero, el cuento de Esteban Echevarría, publicado en 1871, y que da comienzo a la narrativa argentina.

Ladrilleros está construido con capítulos cortos, donde se alterna el presente narrativo (Pajarito y Marciano evocan su vida desde el suelo de la feria tras su pelea) y otros en los que se habla de ellos mismos o sus padres en el pasado. Las frases son escuetas y contundentes, y están salpicadas de ricos argentinismos: «sapucai», «rebenque», «chicotazo», «mencho», etc.

Como mi lectura de Cometierra de Dolores Reyes es reciente, puedo ver en ella la influencia de la narrativa de Almada. Reyes, como Almada, denuncia el desamparo de los más débiles de la sociedad, un desamparo que suele afectar más a mujeres que a hombres. Reyes se servía del género fantástico para realizar sus denuncias, ya que su joven protagonista femenina tenía la capacidad de entrar en contacto con los muertos o personas desaparecidas, y Almada bordea en su novela también el género fantástico, puesto que sus jóvenes protagonistas adolescentes van a conversar, agonizantes en el suelo de la feria, con sus padres, uno muerto y el otro desaparecido.

Me ha gustado Ladrilleros, una novela escrita con mucha tensión narrativa y gran sentido del ritmo, y que trasciende a la mera anécdota costumbrista de un pueblo argentino, para hacerse universal y criticar la constitución patriarcal de la sociedad. Me gusta comprobar que gran parte de la mejor literatura argentina actual las están escribiendo las mujeres, poniendo sobre la mesa una problemática, que el siglo pasado, con contadas excepciones ‒como ocurría en Enero de Sara Gallardo‒, era en gran parte ignorada.

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