Autobiografía de Harpo Marx: Lenguaje y humor

CÉSAR ALEN.

Seix Barral ha reeditado las memorias del gran cómico norteamericano Harpo Marx. El prólogo está a cargo de Elvira Lindo. Todos conocemos a la gran troupe de los hermanos Marx. Su humor tan sui generis no ha dejado indiferente a nadie. Han creado un estilo propio, su concepto del humor tiene un sello inconfundible. A pesar de su innegable irreverencia, es muy difícil encontrar elementos ofensivos o de poco gusto. Por el contrario, sus actuaciones, sus personalidades suscitan ternura, cercanía y por supuesto hilaridad. Pero de todos ellos, Harpo el “mudo”, fue el que más cariño despertó. Según cuenta en el libro, Chico estaba siempre desaparecido, no aguantaba mucho en un mismo lugar. Su obsesión por el juego lo traía de un lado para otro. Siempre buscando nuevas timbas, nuevos compañeros de cartas. Su hiperactividad le hacía vivir de una manera compulsiva. Groucho era de corte más intelectual y reflexivo y, tal vez por su aspecto adusto cosechó una cierta fama de gruñón, eso sí, un gruñón imaginativo, chispeante, con una verborrea ilimitada. Nuestro protagonista aceptaba de buen grado las disposiciones de los que le rodeaban, nunca intentó destacar ni imponerse. Sin embargo, ese papel conciliador, esa disposición a la colaboración, huyendo siempre del foco, lo llevó a explorar nuevas fórmulas interpretativos; una mezcla del mimo más clásico con el histrionismo y la hilaridad marca de la casa.

La familia Marx eran emigrantes judíos alemanes. Llegaron a Nueva York con lo puesto. Pobres de solemnidad, sin embargo, alegres y con gran confianza en la vida. Su padre se llamaba Frenchie y su madre Minni. Frenchie confeccionaba trajes a medida. Lo cierto, es que no medía muy bien y la mayoría de los clientes le devolvían los pedidos. Harpo no pudo borrar a su animoso padre regresando a casa con los pedidos rechazados. Pero lejos de venirse abajo, seguía con su actitud paciente y vitalista. Lo que realmente hacia bien era cocinar. Ejercía de perfecto amo de casa, mientras que Minni, mucho más resuelta, salía a la calle a buscar trabajo. Siempre tenía un proyecto en mente y muchas ganas de prosperar.  Tenía un pariente que  trabajaba en el vodevil y ahí fue donde Minni puso el foco. Vivían en la calle 73 Este, en Yorkville, Nueva York. Estaban rodeados de irlandeses e italianos. Todo aquel movimiento migratorio de principios de siglo XX. Las distintas procedencias fueron creando una simbiosis perfecta para desarrollar una nueva generación con carta de ciudadanía. El caldo de cultivo de la familia, por lo tanto fue la calle, la miseria, las circunstancias perentorias de cualquier inmigrante. De esa manera, en vez de compadecerse, simplemente agudizaron su ingenio e intentaron salir adelante a toda costa. Harpo, cuyo verdadero nombre era Adolf, pronto fue expulsado de la escuela. No mostraba interés, ni aptitudes. Una de las profesoras a la que él bautizó como Miss Flato, certificó su definitiva ineptitud. Se ocupó en fútiles trabajos que apenas le duraban. Pero él no se desanimaba.

En aquellas circunstancias el desánimo, el existencialismo contemplativo era un lujo que no se podían permitir los pobres. El empuje de la madre, unido al ingenio desbordado de todos los hermanos, pronto los llevó a los escenarios. Ayudados por su tío, se introdujeron en el circuito de vodevil. En un principio en míseros teatrillos salpicados por todo el país. Apenas les daba para pagar los gastos. Minni, siempre se las ingeniaba para enderezarlos, para insuflarle ánimos y buscar contactos para conseguir lanzar  su carrera profesional. Poco a poco, y tras pasar innumerables calamidades, su talento acabó por aflorar. Los empresarios ayudados por la estrategias comerciales de la madre, como comprar una página entera de publicidad en un periódico, en los que promocionaba a sus hijos: “los hermanos Marx”, pronto cedieron a la aplastante evidencia de su potencial. Y lo demás ya es historia.

Pero más allá de desgranar el libro, lo que aquí me gustaría resaltar es el estilo tan particular de humor que destilaban. En realidad, su fuerte era la improvisación, sus alocadas ocurrencias que arrasaban y dejaban patas arriba lo locales por los que pasaban. Resultaba muy difícil embridarlos. Su frescura y espontaneidad conformaban su estilo. Una comicidad con altas dosis de surrealismo que cautivó a Dalí ( que acabó regalándole un arpa a Harpo, eso sí con cuerdas de espinas). Todo un juego simbólico y loco que nuestro protagonista seguía de muy buen gusto. Harpo decidió no hablar en escena, tras las críticas de sus propios hermanos en una de las primeras interpretaciones. A la larga resultó un gran acierto. Dice más con sus histriónicos movimientos, con su alocados números, con sus silbidos, sus bocinas que el más elocuente actor shakesperiano.  A todos caía bien, niños, adultos, intelectuales. Todos querían a Harpo Marx.  Hizo muchas y buenas amistades, sin grandes pretensiones, pues el se dedicaba a desmitificar esa aura que había caído sobre él:  “Bueno más vale que diga toda la verdad, el Harpo que fue a la universidad no era yo. No fui mucho a la escuela. La triste verdad es que nunca terminé el segundo curso”. La vida le fue enseñando todo lo que necesitaba saber.  Su naturalidad y bonhomía resultaban irresistibles. Todos encontraba algo misterioso e hipnótico en él. Sus disfraces, la parafernalia escénica que le acompañaba insuflaba un hálito mágico en el público. Por supuesto su papel de arpista también contribuyó a agrandar su peculiaridad. El gran crítico teatral Alexander Walcott fue uno de los primeros en intuir el potencial de Harpo y por extensión el de sus hermanos: “Harpo Marx y algunos hermanos: hilarantes disparates ovacionados en el teatro casino”. Walcott se empeñó en conocer personalmente a Harpo y se presentó en su camerino. De ahí surgió una maravillosa amistad que duró toda la vida.

El afamado crítico le abrió las puertas a un mundo de intelectuales y millonarios excéntricos que serían las nuevas amistades del humilde Adolf. Lo invitó a la famosa tertulia del hotel Algonquin. Allí estaban los componentes del Club Literario Thanatopsis, del que formaban parte escritores y periodistas tales como Franklin Pierce Adams, columnista de The Conning Tower, Rober Bencheley Heywood Broun; Herbert Bayard Swope, a los dramaturgos Gerge S. Kaufman y Marc Connelly. También al director de la revista que se fundaría poco tiempo después The New Yorker. Harpo. Tal vez no estaba a su altura, pero como el mismo dijo, estos tipos necesitaban a alguien que los escuchara, pues entre ellos había una épica batalla de egos. Aportaba su fresca locura al grupo demasiado circunspecto. Aparecía disfrazado con excéntricos y disparatados ropajes. Siempre haciendo bromas con una sana irreverencia. La vida le sonrió, porque él siempre sonrió a la vida.

Del teatro dieron el inevitable salto al cine, para ello se trasladaron a la costa Oeste, a Hollywood. Acabaron por instalarse en la soleada california. Harpo tardó mucho en comprarse una casa propia. Sus amigos millonarios se lo rifaban para que fuera su invitado. Vivía de casa en casa, de mansión en mansión. Sus horas libres las pasaban jugando al golf, a las cartas, al pin-pon, al billar. Una vida idílica. Se lo merecía. Su actitud siempre vital y decidida, su carácter afable, acabaron colocándole en el lugar que le correspondía.

El humor de los Marx no tiene normas, no sigue ningún patrón. Su fuerza se basa en lo que se conoce como inferencia. Según la define Victoria Escandell Vidal en el Capítulo 7 de Lengua y Comunicación: La pragmática: “ se trata de un fenómeno que surge de manera automática en la interpretación que habitualmente no nos damos cuenta de la cantidad de detalles que suplimos o añadimos al interpretar los enunciados, sin que estos estén dichos realmente en lo que se comunica. El humor explota esa tendencia para hacernos reír, al enfrentarnos con todo lo que hemos inferido…y hacernos dar marcha atrás”.  Pone como ejemplo frases célebres de Groucho: He pasado una velada absolutamente maravillosa. Pero no ha sido esta. Desde el momento en que cogí su libro me caí al suelo de la risa. Algún día espero leerlo. Nunca olvida una cara, pero con la suya voy a hacer una excepción.

En definitiva, el libro puede servir como lección de vida. La miseria, los malos  momentos, las circunstancia difíciles se pueden remontar con perseverancia y sobre todo con humor, porqué el humor es la palanca que mueve el mundo. Harpo adoptó una actitud de absoluta resiliencia,  después de vivir el desencanto, la decepción absoluta aparece una especie de clarividencia, una fuerza salvífica que nos hace indestructibles. Acabó por aceptarse tal como era, con sus defectos y sus virtudes, con sus múltiples decepciones. Se reconoció así, tal como era y de todas esas experiencias aciagas, de sus limitaciones surgió su personaje, su alter ego. Harpo Marx era transparente, cristalino, no ocultaba nada, porque nada tenía que ocultar. Su poder de seducción se basaba precisamente en su infinita ternura. Un sentimiento tan auténtico no se puede fingir. En estos tiempos que corren una aconsejable terapia es poner de vez en cuando una película de los hermanos Marx y lo demás viene solo.

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