¿Cuál es vuestra mordaza?

JOSÉ DE MARÍA ROMERO BAREA.

Redunda en su liminalidad una extrañeza que flota entre el mundo real e imaginario, sobrevive en los distintos estados de un sueño consistente en “anudar mi presente/ y comprender su cauce”. Asertivo el desconcierto individual que surge de la confusión colectiva, evoluciona hacia lo incognoscible e  inevitable “del dibujo en tiza de su contorno/ desaparecido el cadáver”. Los miedos nombrados suceden a las certidumbres sin nombre, entre la fantasía y la realidad una memorable protesta reincidente en su capacidad para derribar expectativas: “Nuestro continuo tránsito/ nos desdibuja”.

Pasajes devienen psicológicos paisajes, simbólicas resonancias: “Deseas despedirte de quien fuiste/ decirle adiós con la mano”. Dialógica energía los impregna, (“No quiero llorar/ ante el muro de las lamentaciones”), la inteligencia los ancla a la nostalgia, restaura diásporas resistentes a la presión de la ausencia, a la que responden mediante una presencia que revierte los fragmentos, “extáticos en la jaula”. Regresa la poeta sevillana Ana Isabel Alvea Sánchez sembrando pensamientos que recorren los límites del legado, reconstruyen la autoridad.

Verdades de ultratumba se filtran silenciosamente a través de la oscura red de secretos terrenales, elementos no verbales presiden la emoción “SIN TACHONES// entre centros comerciales/ polígonos industriales/ y pantallas planas de televisión”. Anónima la sintaxis de una intimidad que imita sus argumentos inmigrantes en el estado liberal que apenas los tolera, la pasión por el pensamiento traducido a un idioma que explora una voz grupal (“¿Cuál es/ vuestra mordaza?”), a través de irónicas tonalidades, desconcertados desapegos contra la “camisa de fuerza/ señal de stop colgada de tus rejas/ caja acorazada donde sellarte”.

Inestable, el significado oscila entre el cumplimiento y la resistencia (“Todo se adentra y nos mueve/ con la mano del tiempo”), responde a la adoptiva dulzura que se desliza entre las ceremonias del ritual, mientras “la línea blanca continua/ incita a la demora/ en el pasaje/ los espliegos ribetean su orilla/ lábiles”. Se pregunta la antóloga de La vida por delante (2012) por la migración y la pertenencia, inspirada por la precisión lingüística del daño visceral: “El resplandor de fuego/ cada amanecer // ¿Será suficiente?”.

Encontrar la palabra justa es el proyecto vital de la autora de Interiores (2010), Hallarme yo en el mundo (2013) o Púrpura de Cristal (2017), escribir sobre el trauma amplificado por el desplazamiento, “su instintiva confianza/ de encontrar todos juntos/ un clima más cálido”. En el poemario La pared del caracol (Ayuntamiento de Lodosa, 2021; Premio del XXXV Certamen Poético “Ángel Martínez Baigorri” 2020), la crítica y profesora andaluza ilumina y disecciona las migraciones masivas, los elementos intergeneracionales de un silencio histórico. “De qué lado queda lo esencial”, se cuestiona Manuel Moya en el prólogo, “eso que aún late en nuestra naturaleza animal, y de qué lado las ficciones sociales (…) de un mundo que nos excede y nos precipita en su inercia”.

Entrelazados apartes completan la reconstrucción de las pérdidas: “Los versos de Ana Alvea parecen conducirnos por una casa habitada por la penumbra”, apostilla el escritor, traductor y crítico literario onubense, “donde la vida late en voz baja”. Desafiantemente independientes, profundamente conectados poemas, entre el libérrimo verso y la lírica formal, urden “un mundo donde, a pesar de todo, impera la belleza”, concluye el Premio Andalucía de la Crítica 2015, “donde campa a sus anchas el amor”, constructo tierno, polémico sentido del lugar, postura moral consistente en pararse y mirar.

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