Obra maestra del periodismo literario, «A sangre fría», triunfo y derrota de Truman Capote

Por Horacio Otheguy Riveira

En 1959 se produce el brutal asesinato de una familia de granjeros. Truman Capote se entera por la prensa y se interesa. Habla con su amiga Lee Harper, por entonces ya consagrada por un solo libro, Matar a un ruiseñor, y allá que van como investigadores: una mujer distante, seca, de aspecto poco agraciado y el caballero afeminado, moderadamente simpático, que hasta entonces había jugado el papel de un gran escritor de cuentos, una novela, entrevistas varias, y un aire muy suyo de irónico a lo Oscar Wilde.

Allá van por libres, a su aire, Harper y Capote, al margen de los reporteros impulsados por las empresas para las que trabajan. Para él será una experiencia clave en su vida y su obra literaria. Para ella nunca lo sabremos porque renegó de la prensa y de toda publicidad tras el éxito de su única novela, incrementado por la popularidad de la versión cinematográfica con Gregory Peck, ganador de un Oscar por ello.

En efecto, a su compañera de viaje la novedad no la estimula nada para volver a escribir (recomiendo artículo publicado en Diario Crítico: Quinto aniversario de su fallecimiento), pero a Truman su demostrado talento le  será muy útil para descubrir que puede embarcarse en una nueva aventura como un periodista avezado, capaz de conocer todos los detalles del horrendo crimen, tanto por parte de las víctimas como de los asesinos, rápidamente encarcelados, habla con unos y otros y hace como los maestros del psicoanálisis: no toma notas in situ, sino después, a solas, recordando las conversaciones. «Tomar notas mientras te cuentan intimidades rompe el hechizo que quieres conseguir, y uno está más pendiente de sus notas que de las heridas del entrevistado».

El libro no lo da por terminado hasta que sale la sentencia en 1965. De inmediato fue considerada una obra maestra de periodismo literario. Enmarcada en el género de novela negra, con una bien dosificada carga de despliegue costumbrista, enriqueció la fama de Capote, mejoró mucho su cuenta bancaria, más aún cuando se adaptó al cine. Un éxito enorme entre páginas de un hombre dolido por al horror de aquel crimen. Un triunfo que acabó con su capacidad creativa. Al tocar fondo en la tragedia ajena, se sintió vacío, víctima de dolores y sombras que dieron por acabado el confortable ambiente de intelectuales de Nueva York donde él se congratulaba de ser un espécimen bien acogido porque «soy alcohólico, drogadicto y homosexual. Soy un genio».

Con A sangre fría había nacido otro escritor: uno malherido que ya no levantaría cabeza. Escribió una novela muy pobre con un título significativo: Plegarias atendidas (basado en la frase de la española Teresa de Jesús: «Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las desatendidas»), y un excelente libro atípico con el que se despidió, Música para camaleones, reflexiones sobre sí mismo y otros asuntos, con un conmovedor retrato de Marilyn Monroe. Ninguno de los dos textos despertó suficiente interés en la población lectora que le esperaba; al margen de su calidad se trataba de textos impregnados de un narrador descolocado.

El 15 de noviembre de 1959, en un pueblecito de Kansas, los cuatro miembros de la familia Clutter fueron salvajemente asesinados en su casa. Cinco años, cuatro meses y veintinueve días más tarde, el 14 de abril de 1965, Dick Hickcock y Perry Smith fueron ahorcados como culpables de las muertes en la penitenciaría del estado de Kansas.

A partir de estos hechos, Capote sigue paso a paso la vida del pequeño pueblecito, esboza retratos de los que serían víctimas de una muerte tan espantosa como insospechada, acompaña a la policía en las pesquisas que condujeron al descubrimiento y detención de Hickcock y Smith y, sobre todo, se concentra en los dos criminales psicópatas hasta construir dos personajes perfectamente perfilados, a los que el lector llegará a conocer en profundidad.

«Hasta una mañana de mediados de noviembre de 1959 pocos americanos —en realidad pocos habitantes de Kansas— habían oído hablar de Holcomb. Como la corriente del río, como los conductores que pasaban por la carretera, como los trenes amarillos que bajaban por los raíles de Santa Fe, el drama los acontecimientos excepcionales nunca se habían detenido allí. Los habitantes del pueblo —doscientos setenta— estaban satisfechos de que así fuera, contentos de existir de forma ordinaria… trabajar, cazar, ver la televisión; ir a los actos de la escuela, a los ensayos del coro y a las reuniones del club 4-H. Pero entonces, en las primeras horas de esa mañana de noviembre, un domingo por la mañana, algunos sonidos sorprendentes interfirieron con los ruidos nocturnos normales de Holcomb… Con la activa histeria de los coyotes, el chasquido seco de las plantas arrastradas por el viento, los quejidos lejanos del silbido de las locomotoras. En ese momento, ni un alma los oyó en el pueblo dormido… cuatro disparos que, en total, terminaron con seis vidas humanas. Pero después, la gente del pueblo, hasta entonces suficientemente confiada como para no echar la llave por la noche, descubrió que su imaginación los recreaba una y otra vez… esas sombrías explosiones que encendieron hogueras de desconfianza, a cuyo resplandor muchos viejos vecinos se miraron extrañamente, como si no se conocieran».

 

Truman Capote y su alter ego en el cine, Philip Seymour Hoffman en una gran película de 2005: Capote, de Bennett Miller, que retrata la creación de A sangre fría. Paradojas del éxito, si Truman murió a los 59 años de insuficiencia hepática, Hoffman, lo hizo a los 46 por una sobredosis.

Al genio de Truman Capote le hubiera venido bien leer a Françoise Sagan (1935-2004), expuesta en su formidable libro de memorias, Con mi mejor recuerdo (1984): «Descubrí que escribir exige un talento preciso, preciso y raro: verdad convertida en inconveniente y casi incongruente en nuestros días; por lo demás, gracias al dulce desprecio que siente por sus falsos sacerdotes o por los usurpadores, la literatura se venga sola: convierte a quienes osan tocarla, aunque sea tan sólo con las puntas de los dedos, en unos enfermos impotentes y amargados -y no les concede nada- sino a veces, por crueldad, algún éxito temporal que les destroza para toda la vida».

TODOS LOS LIBROS DE TRUMAN CAPOTE

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.