Robinson Crusoe, el náufrago que prefiguró al imperialismo

ANDRÉS G. MUGLIA.

La célebre novela Las aventuras de Robinson Crusoe de Daniel Defoe, publicada en el año1719, se basa en la historia real del marinero Alexander Selkirk, que presumiblemente habría llegado hasta Defoe a través de un texto de Woodes Roger.

De algún modo Robinson Crusoe cristaliza una historia que interesa a todas las generaciones y que discurre permanentemente entre lo moral y lo didáctico. Narra, como todos sabemos, las evoluciones de un hombre que es calificado de disoluto y libertino en los primeros párrafos del libro y que luego de un naufragio queda solo en una isla desierta. Su suerte, los recursos que utiliza para sobrevivir, su amistad con un nativo que Defoe se vio obligado a admitir dentro de la trama quizás pensando que renovaría el interés del lector, han llegado hasta nosotros a través de los siglos sin disminución de su fuerza original.

No está exento de influjos Defoe cuando escribe su obra, eso es muy claro. La Ilustración naciente, la fascinación por la naturaleza, la confianza en el trabajo y el progreso que el hombre pueda provocar con él, el misticismo puritano y el germen del imperialismo, se entrelazan con el destino de Crusoe, influyendo en su historia, forzándolo en ocasiones por caminos muy lejanos a la conducta “natural” de un hombre en la más absoluta soledad.

Si cotejamos éste escrito con otros del mismo autor, descubriremos que en esas otras publicaciones Defoe fue mucho más directo en el acento de la su fe cristiana, puritano él mismo; en tanto que en Robinson Crusoe su procedimiento es mucho más elíptico, aunque no secreto. La fascinante historia de Robinson fue por tanto vehículo de otras ideas más densas y menos inocentes que lo que el propio relato denota.

Defoe modifica muchos de los datos originales del destino del desventurado Selkirk. El más importante es el factor temporal, mientras que Selkirk estuvo en su isla aislado durante cuatro años, Robinson Crusoe permanece en la suya durante veintiocho. En ese largo transcurso el protagonista va viendo en su desgracia la constante intervención de la providencia; eso, sumado a la lectura detallada de una Biblia que había sobrevivido al naufragio, lo persuade de aceptar su suerte y de encomendarse a su creador. En esta clave la suerte de Crusoe está entendida como un castigo a su anterior vida, en la que ignoró los consejos paternos y se dejó llevar por un destino pródigo en aventuras y desarreglos. De allí también lo extendido del tiempo que permanece solo en su isla, pues cuatro años no habría sido suficiente (evidentemente esto juzgó Defoe) para una completa conversión del pecador.

El mensaje religioso y moral vertebra tan férreamente la novela, que Crusoe se ve impelido por la ideología del autor a verificar ciertas conductas absolutamente contrarias a las que podría suponer el lector en un ser aislado en la más completa soledad. Por ejemplo Robinson no permanece desnudo en todo el transcurso del libro ni por un momento. Incluso cuando la ropa rescatada del pecio se termina por destrozar a causa del uso prolongado, se cose una especie de traje de ¡pieles de animales!, con la excusa de protegerse del sol. Cuesta imaginarse la ocurrencia de ponerse un tapado de piel en las playas caribeñas durante una recia temporada de verano. Pero Crusoe lo hace con la mayor naturalidad, sin atreverse quizás a mostrar su carne trémula al único testigo que lo observa: Dios, o tal vez el lector.

A tal punto son reiteradas las insistentes referencias religiosas que, si no se sintoniza rápidamente las intenciones no demasiado sutiles del autor, constituyen una traba o un impedimento para la fluidez de la trama. Recuerdo que en mi lectura infantil de este libro los constantes soliloquios morales del protagonista, que no terminaba del todo de entender, me desesperaban hasta la llegada de los detalles de su estadía solitaria y de la forma en que sobrevivió, o los métodos empleados para confeccionar sus herramientas, sus vestidos, su morada o procurar su alimento.

Pasados los años, nuevas lecturas del libro me han dejado la misma temprana impresión: la verdadera esencia fascinante de la novela no la constituye su agotadora acción ejemplificadora y moral o sus parábolas repetidas, sino ese desafío que supone al hombre ignorante de casi todo recurso, la adversidad repentina y acuciante de tener que sobrevivir por sí mismo. ¿Por qué es esto fascinante para el continuo discurrir de las generaciones? Tal vez porque la generalidad de nosotros somos precisamente ajenos a todo recurso para un desafío de éste género; es fácil por lo tanto identificarse con Crusoe. En nuestros términos, nosotros, cada uno, somos Crusoe, al menos potencialmente. Vivir la vida de Robinson a través de la lectura de su historia es liberar simbólicamente esa potencia, participar del mito moderno de la huida de la civilización.

Es cierto de que si al Robinson se lo aligerara de los impedimentos de su prédica reiterada, su énfasis moralizador y su afán imperialista que considera a todos los personajes que visitan la isla de Crusoe como «siervos» o «súbditos» de éste, el libro conservaría y potenciaría la esencia de su fascinante poder. Es evidente que la obra esconde las contradicciones de su autor y de la cultura de su autor. Con la misma naturalidad que Crusoe evangeliza a Viernes, sobre el final de la trama y en su desenlace, dispara a traición sobre marineros dormidos sin la menor objeción de conciencia. También y luego de la extensa filípica que nos propina a lo largo de todo el argumento acerca de los valores cristianos, entre los cuales podríamos suponer sin exagerar un fuerte énfasis en el rechazo de lo material en apoyo de lo espiritual, Crusoe se dedica durante el extenso e innecesario epílogo casi completamente a sus intereses comerciales y negocios. Lo puritano y lo comercial, lo moral y la conquista colonial, los estereotipos de la época, todo está representado por Defoe puntualmente.

Según James Joyce la historia de Defoe prefigura el imperialismo inglés del siglo XIX, y la imagen de Crusoe es la del prototipo del conquistador británico: independiente, persistente, práctico e inteligente, pero también cruel y sexualmente apático; y Viernes, por supuesto, es el símbolo de los pueblos sometidos al imperio.

La historia de Crusoe lucha contra la trama que teje su época a su alrededor, contra sus prejuicios y sus falsedades, pero es precisamente esa trama la que le da la veracidad de un tiempo de tierras nunca holladas por el pie occidental, de aventuras geográficas y de islas alejadas de las rutas marítimas y por ello doblemente perdidas para el hombre (y el hombre perdido en ellas). ¿Sería hoy creíble una historia como la de Crusoe? Hoy, en la era del GPS, Internet, la comunicación satelital. ¿Alguien podría perderse durante veintiocho años sin ser rescatado? Ya no hay aventura en el viaje, no se necesita ser Marco Polo para ir a la China y cualquiera puede viajar al punto del planeta que se le antoje. Somos realmente unos tipos afortunados. Pero si queremos naufragar, perdernos de la civilización, alejarnos, irnos definitiva y resueltamente lejos de las márgenes del mundo conocido, deberemos volver a releer la suerte del querido Robinson. Porque ese, junto con tantos otros, es un destino que el progreso también nos ha vedado.

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