Bobin y la flor inmaculada del vivir

José Luis Trullo.- En los últimos años, la figura del escritor francés Christian Bobin (Le Creusot, Francia, 1951) ha ido creciendo de manera exponencial, hasta convertirse en un referente en lo que atañe a cierto tipo de literatura, concisa y esencial. Es autor de numerosos libros breves en los que mezcla la poesía y el ensayo. En 1993 su libro El bajísimo (publicado en España por la editorial El Gallo de Oro) obtiene el Prix des Deux Magots y lo saca del casi anonimato en que había estado escribiendo hasta ese momento. En castellano es posible encontrar, entre otras, sus obras Autorretrato con radiador, Un simple vestido de fiesta, La más que viva, Elogio de la nada y Resucitar.

La vida pasajera, que acaba de publicar El Gallo de Oro, es un poema en formato epistolar, o una larga carta en verso, publicada en francés hace ya treinta años, nada menos, pero que condensa muchas de las virtudes -y también de las vulnerabilidades- que presidente la escritura bobiniana. Encontramos aquí esa disposición a encontrar en las palabras un pálpito de existencia verdadera, ese amor por la comunión espiritual con la realidad («la flor inmaculada del vivir», la llama Bobin), que tanto se echa en falta en el mundo actual, asfixiado por todo tipo de solicitaciones materiales y sociales. Es precisamente ese «espíritu de inocencia» en el decir, que tantas adhesiones le está cosechando, lo que constituye asimismo el principal talón de Aquiles del autor: y es que cuando uno se despoja de convencionalismos artificiosos y abraza la prístina sencillez del verbo auroral, se encuentra siempre a un paso (y, a veces, a menos) de caer en la sensiblería, cuando no de la cursilería. Es difícil decidir si los versos «un temblor del espíritu / como de ropa blanca sobre un cordel» son de una plasticidad portentosa o están a punto de incurrir en un fácil imaginismo, muy del gusto de poetistas de Instagram.

Frente a estas amenazas, sin embargo, se yergue poderosa una propuesta que alimenta un compromiso vital insobornable, basado en la confianza (a la que califica de «la madre de todas las raíces» en la entrevista que, realizada por Cristina Rodés, se incluye en el volumen La presencia pura, publicado por la misma editorial que publica La vida pasajera, El Gallo de Oro) y en una voluntad de no dejarse des-centrar del auténtico foco que debe absorber toda nuestra atención: el servicio a la vida a través del cultivo de la belleza y de la verdad, en su caso, mediante la escritura. «Hace falta arrancar nuestro corazón / de todo aquello que lo satura», afirma Bobin, en una invitación al necesario ascetismo previo a cualquier revelación (incluso cuando ésta se ciña a lo estrictamente terrenal).

Resulta balsámico y, al mismo tiempo, revitalizador que en los tiempos que corren se editen libros como éste: nos ayudan a mantener en alto el pabellón de la literatura, liberándola -al menos, durante un tiempo- de las fauces de la industria del ocio. Y es que la poesía, el arte en general, no es un mero entretenimiento más o menos culto, más o menos chic (aunque ahora lo chic sería llamarlo cool, sin dejar de remitir a la misma frivolidad), sino una forma de estar en el mundo que le da la espalda a la dimensión instrumental de las formas para ponderar sus virtualidades sacras. «Rendido a la calma a la claridad / y nada más que Dios ante mí»: una declaración así, ya sólo puede ser pronunciada sin mover a escándalo en un contexto que se ha despojado de todo chantaje epocal, y camina liberado por una senda propia, esencial. En un mundo, ya no profano, sino profanado, que abjura de cualquier sombra de trascendencia, alegra el corazón que existan autores como Bobin. Como testigo pudoroso de una existencia digna, constituye, ya no tan solo un autor a leer y estimar, sino un faro moral y un verdadero referente espiritual.

Ch. Bobin, La vida pasajera. Traducción de Alicia Martínez. El Gallo de Oro, Bilbao, 2020.

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