‘Jenisjoplin’, de Uxue Alberdi

Jenisjoplin

Uxue Alberdi

Consonni

Bilbao, 2020

252 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

El realismo puede resultar lo menos creíble. Existe un serio riesgo de no tomarnos en serio lo que le sucede a nuestro vecino del piso de arriba cuando lo vemos reflejado en una narración. Unos días normales, agitados por una serie de sucesos que arrancan de la realidad y que son los mismos que la sacuden, pueden hacernos pensar que no, que esas cosas no suceden. Como pueden no estar sucediendo esos diálogos que parten de algo que uno puede llamar miedo -miedo a la enfermedad crónica, a la que llevó a la muerte a tanta gente pero que en el año 2010 no tenía ya el mismo rostro-, en los que la generosidad de la autora da voz a los protagonistas. Son conversaciones a pie de calle, sin ánimo de deslumbrar, de buscar esa frase que cierre cualquier diálogo, ese aforismo que nos deje con la pregunta destrozada en la mano. A veces hay que programar con cuidado los momentos en los que se sustituye la voz del narrador por los instantes de conversaciones, pues no resulta sencillo salir de ellas transformados, que los personajes no sean los mismos al final de la diminuta tertulia. Aunque en este caso, en Jenisjoplin, esa impresión obedece a un deseo de profundizar en un retrato, que es lo que pretende Uxue Alberdi (Elgoibar, 1984) en esta novela.

Con una sencilla estructura itinerante, entre unos escenarios urbanos que no son los que invierten la acción, pero sí los que condicionan, y con una redacción en la que se impone la versión correcta antes que cualquier alarde gratuito de prosa, asistimos a una construcción de la identidad minuto a minuto. Porque las circunstancias, el entorno, no ofrecen ocasión de descanso y necesitamos afirmarnos sobre unos cimientos que nos cuesta tanto mantener, unos cimientos que deberían ser morales. A la hora de la verdad somos construcción social y la sociedad en la que vivimos no ofrece registros de consuelo. Los sofás donde descansa la convivencia están colocados junto a los verdaderos amigos, que se reducen a media docena si uno ha tenido suerte o se ha forjado buena suerte. Uno tiene la impresión de que esta joven Jenisjoplin está poseída por un malestar social que no sabe identificar y cuya cura es descubrir que no hemos dejado de ser naturaleza. Se mueve en un mundo artificial, falso, en una farsa, y lucha, constantemente, por mantener la cordura. El sida será el detonante, una bomba que tiene algo de anacrónico. Pero es que los anacronismos balsámicos son la fuente de la que beben los personajes, unos seres, sobre todo la protagonista, que sienten nostalgia por un mundo que no conocieron: ella se define como alguien con espíritu de los ochenta, como alguien que debería haber sido joven en esa década, un tiempo que en nuestro país intentaba recuperar los años sesenta del mundo occidental. Se nos remite así a un tiempo doblemente fuera del presente, como demuestra ese afán por liberarnos sexualmente, una culpa que sigue agarrada a nuestra nuca como si de verdad floreciera al nacer el pecado original.

Jenisjoplin busca pasiones extremas porque las medidas distancias la dejan indiferente. Tiene una edad complicada, una edad en la que a uno le presiona demasiado esa necesidad de hacerse mayor, de tomar las riendas de la propia vida, de dar por finalizada la adolescencia, que todavía nos acaricia con el rabo de Satanás, para bautizarse en el mundo adulto. Es posible que esa sea la clave de esta novela, que podría estar sucediendo en el piso de arriba.

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