Hijos de la bonanza: desencanto generacional

Por Mario Álvarez Porro.

Como bien apuntara Jenaro Talens, escribir es “escribir desde alguien, desde algún lugar”, y Rocío Acebal Doval (Oviedo 1997), estudiante de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III  de Madrid, se ajusta perfectamente a este principio en Hijos de la Bonanza (Hiperión, 2020), XXXV Premio de Poesía Hiperión, en el que ofrece una visión desilusionada y de poso amargo de un lugar y un momento determinados, una mirada temporal y circunstancial de la realidad, haciendo efectiva la máxima orteguiana: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

Por medio del título del libro se insinúa ya esa circunstancia previa que sirve de punto de partida a un conjunto de poemas que centra su atención en la variedad de aspectos de la actual vida posmoderna, la de una generación decepcionada y su promesa frustrada de futuro.

Formalmente el conjunto se caracteriza por una clara preferencia por el verso libre, con predominio del heptasílabo, el endecasílabo y el alejandrino, que, unido a un registro explícitamente coloquial y un léxico desenfadado, a veces procaz, no exento de extranjerismos y algún que otro vulgarismo, otorgan al libro un ritmo sencillo y una lectura asequible, aunque de una naturalidad por momentos impostada. Esto se debe al tono agrio que se acrecienta por medio de una resuelta ironía o incluso un ácido sarcasmo que subyace a modo de crítica en la mayoría de las composiciones y que alude directamente al dirty realism y a ciertas actitudes pertenecientes a esta tan transitada estética.

Los poemas se agrupan siguiendo un estructura natural en tres bloques no titulados en torno a la idea global del desencanto: desencanto con el mundo, desencanto con la literatura y desencanto con el amor.

Abriendo la primera parte encontramos dos citas, una de José Emilio Pacheco y otra de Mario Vega, que anuncian el tono pesimista que la caracteriza, y en la que la escasez de adjetivación y la profusión de sustantivos abstractos nos lo advierten, pues se centra en la angustia, la incertidumbre y el desencanto de una generación, en particular femenina, con el mundo. Un poema  homómino al libro sirve de introducción parafraseando el conocido poema Retrato de Antonio Machado: “Mi infancia son recuerdos de un piso a las afueras / y un huerto descuidado en la ventana; / mi juventud, veinte años de cuadernos de inglés”; y en el que ya se plantea la decepción y la frustración como estigma de una juventud a la que se le ha negado el tan anhelado futuro: “estudia cuatro años y tendrás un trabajo, / trabaja y vivirás siempre tranquila; / trabaja y serás digna de un futuro”.  De ello, solo queda como sedimento amargo “el recuerdo de la luz y una aversión a la palabra patria”.

A veces, la autora hace uso del plural sociativo, en el que, como nos explica el diccionario de la RAE, “la lengua convencional se usa para dirigirse al oyente o a los oyentes implicando al hablante de forma afectiva”. De este modo, apela a la comprensión del lector como recurso para lograr su empatía. Así se aprecia en «Nota biográfica»: “Yo nací – comprendedme y quizá / consigáis perdonarme – un instante / antes de la tormenta, abocada / a ver desde la cuna el hundimiento / y vivir aferrada a los tablones: / naúfraga del progreso.” También, en «Los revolucionarios», donde se hace ostensible la incomunicación generacional para ironizar sobre la heredad de la estupidez, aunque la de los jóvenes tan solo sea una “estupidez con buenas intenciones”. E igualmente, en «Autorretrato (o radiografía de un brunch con mis amigas)» donde esta vez apela a la sensibilidad de la “mujer de nuestro tiempo” de educación universitaria, “pequeño-burguesas” a las que a veces, entre “green smothie con chía” y frívolas conversaciones de amor, les asaltan las dudas del futuro en “un mundo que no termina de gustarnos”.

Sin duda, un mundo nada halagüeño como denuncia en «Firmo mi cuarto contrato de prácticas», donde critica la precariedad laboral juvenil a pesar de que “me dicen “tienes suerte”, para acabar siendo un buen ciudadano que como en «Lección de conformismo»: “aprende a vivir en la impotencia”. Y más, cuando eres mujer y “sabías que eras hija, que serías mujer y luego madre”, así en «Tiempos más simples»: “Eran tiempos más simples – más felices – “.Sin embargo, un ramalazo de rebeldía asoma al final, pues “no volverías a ellos / por todas las riquezas de este mundo”.

Lección de realismo y fatalidad que destila su mejor trago quizá en «Genealogía de la aguja», donde se apura la pérdida de la identidad social y familiar a causa de la desconexión a la que nos somete inconscientemente la actual sociedad de consumo-comunicación: “Mi hermana no aprendió nunca a coser. / Cuando ella tuvo edad de coger una aguja / ya tenía un smartphone y millones / de juegos a su alcance para pasar las tardes. / Todas lo comprendimos: para qué / iba a querer lecciones de costura / si ya tenía el mundo entre sus manos”. Condenándonos a la pérdida de la memoria de nuestros orígenes, ya que “nunca podrá tejer las tardes / y la genealogía / en muñecas de trapo”.

Ante esto, sólo queda la resistencia, como en «Raíces», donde «La Gran Ciudad» y el pueblo de la abuela aparecen como elementos antitéticos, un mundo plástico frente a las raíces naturales que deben pasar de madres a hijas: “esto son las raíces: / no las dejes morir jamás, el árbol / se pudre si se pudren sus raíces”. No obstante, la resistencia extrema se hace patente a través de una composición anafórica de estructura circular titulada «No quiero tener hijas», donde la voz poética reniega de su descendencia y, con ello, a dar continuidad  a la amargura vital y el dolor de la fatalidad humana: “No quiero reflejar mi herida en otro cuerpo”.

Se da comienzo la segunda parte con una cita de Víctor Botas en la que se hace alusión al “viejo tema de la rosa”, anunciando con ello el tono irónico y sarcástico que dominará en los cuatro poemas que la constituyen de aparente carácter metaliterario, porque tres se dedican más bien a lo que envuelve a la literatura y sólo el último, «Arte poética», entra en materia, aunque con poca suerte». En «Lo que quiere el poeta» se desdeñará la fama, los premios, un buen sueldo o la plaza segura en la facultad a cambio de “la reseña amable / de García Martín”. El citado García Martín se refiere a José Luis García Martín, poeta, crítico literario, profesor de la Universidad de Oviedo y director de Clarín. Además, tiene un blog dedicado a la crítica literaria, Crisis de papel, que le dedicó el pasado 1 de agosto a Hijos de la bonanza un artículo titulado «Poesía de hoy, palabra de ayer».

A continuación, en «Proceso literario» se ironiza con todo aquello que rodea a la escritura y que en verdad no tiene nada que ver con ella ya que sólo comporta un aparentar y figurar en el mundo literario, para así acabar sarcásticamente: “¿Escribir un poema? Esa es la parte fácil”.

Cerrando esta parte del libro se encuentra el ya mencionado «Arte poética», donde se afirma que “no encontrarás belleza en el cerezo, / cubierto por la flor de la primavera”, pues llegado el invierno “de qué sirve su artificio”. Sin embargo, la belleza del cerezo es algo natural en esencia, como la poesía misma, no se somete a nadie, aunque haya quien lo piense. Por contra, la belleza de un jardín urbano es artificial, ya que que está supeditada a un jardinero. Frente al paso del tiempo, hay una belleza que renace ella sola mientras que otra se descompone cuando nadie queda que la cuide. No es artificio lo que por naturaleza no necesita de nadie, tan sólo es “otro milagro de la primavera”.

El último bloque va precedido de una cita de Alejandra Pizarnik que nos avisa de la contrariedad amorosa que predomina en los poemas que lo forman y, aunque siga siendo escasa la adjetivación, la prodiga aparición de sustantivos concretos nos sitúa el desencanto amoroso dentro de un contexto actual. Destacar, de entre ciertas composiciones de desamor donde predomina un tono a veces un tanto  adolescente, como «Desde que te conozco» o como «La espera», y otras que entroncan con un neoerotismo femenino de carácter irreverente y provocador por medio de un lenguaje desaseado y tosco más propio del ya citado realismo sucio, como «A un escritor de bar» o como «Noche de ronda», los poemas titulados «Ciertas noches» y «Crisis de los cuarenta», pues se apartan de esta vieja fórmula tan manida y de forma más amable y cercana nos hace partícipes de duros aspectos de la realidad marital, “procuro no llorar y me repito / esta es la última vez, se ha disculpado”, o de la desilusión a la que nos aboca la madurez, “dices que tu marido, tus niños, esta vida, / son un vestido estrecho y anticuado / pero que ya estás mayor para divorcios” […] “dices antes de entrar descalza en casa / abrazar a los niños, saludar a los suegros / y besar cariñosa a tu marido”.

Rocío Acebal Doval cultiva una poesía en la que se afirma una conciencia de la colectividad, en particular femenina, sin excluir lo social y lo político, un realismo a veces asfixiante donde se destierra al idealismo caracterizándose por un antiretoricismo y un antiesteticismo que decae bastante cuando se intenta imitar ese realismo sórdido y crudo finisecular desde la provocación y la rebeldía o como reacción contra el “buen gusto” o resistencia contra lo establecido, olvidando que precisamente lo establecido es eso, pudiéndola encuadrar, por tanto, dentro de lo que J. Riechmann llamara “poesía practicable”, así como en la tan popular poesía de la experiencia.

No obstante, le salvan sobremanera todas aquellas composiciones que desde el desengaño y la amargura enraízan con la poesía de Ángela Figuera Aymerich al hablar del desencanto y la desesperanza de una sociedad consumida por el consumismo, de una generación abortada, de unas señas de identidad que se van borrando.

Decía Wassily Kandinsky que «toda obra de arte es hija de su tiempo, muchas veces es madre de nuestros sentimientos”. En Hijos de la bonanza, asistimos a una poesía más que comprometida, defraudada, desencantada con su tiempo.

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