‘La arena del desierto’, de Lotte Lentes

La arena del desierto

Lotte Lentes

Traducción de Irene de la Torre

Lengua de Trapo

Madrid, 2020

75 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

¿Qué oculta el protagonista de un atentado suicida? La idea, terrible, de que al final es alguien convencido de estar luchando por una causa justa, no cesa de flotar alrededor de lo cruel. Se trata de alguien convencido de estar contribuyendo a un mundo mejor, de alguien que sí entiende que el fin y los medios son cosas diferentes y que lo segundo debe estar en función de lo primero. Se trata de creer en valores absolutos y estar convencido de que sólo los propios son una razón por la que merece la pena vivir o entregar la vida. Estas dudas las han expresado antes autores de prestigio, y hoy vienen a acompañar a esta novela breve, escrita por una joven autora. Lotte Lentes (Alemania, 1990) conoce de primera mano un suceso, un intento fallido de atentado de un muchacho, miembro del Estado Islámico, y reconstruye cómo debieron ser los días en que la formación del terrorista da lugar a una mente que vemos como endiablada, pero que él entiende como purísima. Y lo hace sin odio, sin tomar partido. De hecho, el ejercicio de empatía que ejecuta Lentes es memorable: lo que le vaya sucediendo al muchacho tendrá, a la fuerza, que afectarle. No es insensible, más bien al contrario, se trata de un espíritu abierto, de alguien que siente un vacío que debe ser llenado.

¿Qué le van ofreciendo los miembros del Estado Islámico que conoce en Siria? Le muestran una Tierra Prometida, y este tipo de promesas sustituyen a las certezas: nos ponen un suelo en el que pisar, construyen a nuestro alrededor unos muros que nos protegerán de los vientos y nos ofrecerán refugio, un techo en instantes de tormenta. Lentes escruta cómo funciona la mente de alguien a quien le afecta demasiado la situación, y al mismo tiempo que intenta comprender al muchacho construye el relato con una sencillez que da envidia. En cualquier momento ha podido producirse el punto de contaminación, como marca Aixa de la Cruz en el prólogo, y, sin embargo, este resulta más creíble como secuencia, como una acumulación lene y como la necesaria resolución al malestar de baja intensidad que sufrimos constantemente. La obra funciona a la perfección por una candidez y pretendida, por un talento de una autora que sabe que un impulso es una buena manera de saber que uno tiene algo importante que contar, pero que será el pulso lo que la lleve a contarlo con firmeza, con anhelo a la par que con seguridad.

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