‘Nueva York, ida y vuelta’, de Henry Miller

ANDRÉS G.MUGLIA.

¿Dónde empieza la tradición americana de escritores como Henry Miller? El lector de este artículo se preguntará a su vez: ¿de escritores brillantes? ¿De escritores que expresen una idiosincrasia estadounidense? No. De escritores cancheros. Estimo que para aquel que no sea argentino, el concepto de canchero sea de difícil elucidación. En favor de ese hipotético lector ampliaremos este punto. El canchero es aquel personaje un poco desagradable que “se las sabe todas” (esa expresión también es bien argentina), aquel que parece hacer todo de un modo fácil, como si le sobrara siempre algo más, que se guarda y le da la ventaja de la que se jacta. El canchero es astuto, lo sabe, inteligente (el más) y siempre hace las cosas de un modo sobreactuado, como para que se note que es un canchero. Canchero es el que frente al arquero en lugar de definir fuerte al ángulo se la pica por encima con gesto suficiente, el que cierra la puerta del auto con un golpe de cadera, el que apaga el fósforo con una escupida certera. Hay muchos ejemplos de cancheros y no necesariamente argentinos.

Definida tal nebulosa categoría continuemos con lo nuestro. Henry Miller parece proponerse de principio a fin de este libro ser el escritor más canchero, más rana, más irónico, fino e Inteligente de la literatura norteamericana. Todo el libro es un monumento, a veces más y a veces menos sólido, a sí mismo. ¿Sobreactúa Miller o es un megalómano de un calibre difícil de definir? Lo peor  de todo es que este talante de soberbia sin contener arruina, o por lo menos hace interferencia, con el modo en que Miller escribe, que es brillante. Es contradictorio decirlo, pero Miller, como esos genios caprichosos de los que la historia está llena, es a la vez talentoso e insufrible.

El libro está estructurado como si fuera una larga carta a un amigo. Miller se encuentra en Nueva York a punto de tomar un barco hacia París, donde este amigo lo espera, y le da noticias de lo que ocurre de este lado del charco. “Lo que ocurre” incluye una serie de cosas bastante diversas. Básicamente cómo era Estados Unidos de América en los años 30 y cómo eran sus habitantes. Miller se entretiene en criticar con su filosa pluma a los americanos, su país, sus costumbres, su idiosincrasia, sus creencias, etc, etc. Les da duro y parejo toda la primera mitad del libro. Los deja ver como a verdaderos idiotas. Ninguno de ellos está a su altura para mantener una conversación (respaldado en su ironía el escritor se autoproclama genio sin ningún empacho), y Miller añora el París donde la gente sabe conversar. Los judíos también son atendidos en largas diatribas antisemitas y culpados de buena parte de los males de un país sumido en la depresión económica.

Miller no es ni el primero ni el último en criticar a los norteamericanos y su modo de vida. Me vienen a la mente dos ingleses: George Bernard Shaw y Raymond Chandler (el último hizo toda su carrera en EE.UU.) que lo han hecho con mucha gracia. Pero hasta para alguien que no simpatice con el país de norte, que mucho tiene para criticar, Nueva York ida y vuelta roza lo grotesco.

No hay que pensar que el libro deje por eso de ser interesante y que el humor de Miller, a veces rozando el surrealismo, no arranque una sonrisa.

Promediando el libro, cuando este genio iluminado sube por fin a su paquebote rumbo al viejo continente, resulta tranquilizador que su odio y la superioridad que siente hacia los americanos no sea exclusiva. Porque ni bien aborda el buque holandés, naturalmente lleno de holandeses, se dedica a criticar a sus compañeros de viaje que, ya lo adivinarán, también son un grupo de idiotas.

Al final de la travesía, que cuenta como único detalle estimulante las conversaciones de Miller con un esquizofrénico que viaja encerrado en el calabozo del barco, comprobamos con alivio que el autor llega por fin a su amado París; donde también afila su crítica pero todo le parece adorable, hasta lo que cae bajo los tacones de su juicio. Allí se solaza paseando por la avenida Sebastopol y conversando por fin con alguien que da la talla.

Muchas veces después de leer un libro fantaseamos (yo al menos lo hago) con cómo habría sido conocer al autor, sobre todo si está muerto hace siglos. ¿Sería tan inteligente como sus diálogos? ¿Tan sensible como sus descripciones? ¿Tan agudo como su modo de observar la realidad? Por mi parte no creo que me hubiese gustado conocer a Henry Miller.

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