‘Mestiza’, de Maria Campbell

Mestiza

Maria Campbell

Traducción de Magdalena Palmer

Tránsito

Madrid, 2020

251 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

La infancia contiene la deuda de la felicidad: si uno la alcanzó en su momento, si uno no puede recordarla como tal, en algún momento debería cobrarse ese saldo, solventar ese compromiso, superar el conflicto. En esta obra, Mestiza, Maria Campbell (Saskatchewan, Canadá, 1940) se rebela, sin pretenderlo, contra ese mito, así como contra el propio mito de la rebelión juvenil, porque en la juventud uno, se supone, posee el fuego. Habla de “las alegrías y las penas, de la angustiosa pobreza, de las frustraciones y los sueños”. Y lo hace con un lenguaje reducido al hueso. Se podría hablar de la musculatura del lenguaje, pero en este caso es tan apretada, que tiene la misma consistencia del esqueleto. La distancia que recorre, toda la memoria de su infancia y la adolescencia, incluso los primeros años de lo que debió haber sido una vida de adulto, lo hace de forma lineal y directa. Tanto que la potencia del texto proviene del núcleo de lo que debería poseer cualquier libro: que el autor tenga algo interesante, digno y noble que contar. Algo en la intuición de Campbell le asegura que así es en su caso. Y ese algo acierta.

Mestiza es un libro que desgarra e impacta, pero no aturde. Es tan magnético como inquietante y, sin embargo, se explica tan bien como cualquier narración neorrealista. Para aumentar el impacto, es puro realismo. Es un ejercicio de memoria sin terapia, un viaje a un planeta de patéticos y enfermos que es el mismo en el que nosotros pisamos, una inmersión entre los desfavorecidos, entre la gente humilde y los perdedores. Mestiza nos hace acompañar a los perdedores y a los olvidados en una de esas experiencias que deberíamos refrescar con frecuencia: conviene saber siempre dónde nos hallamos, qué territorio es la piel de este planeta, en el que la lucha por la dignidad cobra una relevancia de alto impacto cuando tratamos con la pobreza. Los personajes que pueblan el libro son tan sencillos como rotundos: se explicarían con pocos adjetivos, pero se catalogarían, sin remedio, como leyendas del submundo, si libramos a las palabras de cualquier connotación peyorativa. Se trata de seres vehementes que no saben fingir, como si el fingimiento fuera un privilegio burgués.

Campbell va dejando que su memoria se desarrolle sin bullicio, aunque es, al mismo tiempo, una memoria plural: sus recuerdos bien podrían ser similares a los de cualquiera de los seres que pueblan el libro. La historia no puede ser más demoledora, desde la pérdida de la madre a la boda adolescente, desde la separación de los hermanos pequeños a las experiencias con hombres, desde los hijos a los que les robaban el calor de la piel de la madre a la drogadicción. De hecho, a medida que pasamos las páginas nos resulta complicado asimilar que alguien haya podido vivir tanta realidad y resultar lo bastante ileso como para mostrar la lucidez que muestra Campbell, la lucidez de enseñar sin remordimientos, como si hubiera, por fin, hallado la paz que la vida le debe. El sustrato sobre el que suceden los acontecimientos que la atraviesan es la ira. Y su forma de combatirla ha sido trabajar hasta que las manos se le llenaran de ampollas. Campbell jamás se ha rendido, a pesar de todas las invitaciones a bajar las manos, a agachar la cabeza, que le ha deparado la suerte. Se ha manejado en un mundo maniqueo, en el que, para nuestra sorpresa, no cataloga a la gente como buena o mala, sino que intenta explicarse qué ha construido a cada uno de ellos.

El aprendizaje de Campbell se produce a contracorriente, sin dios, pero con fe. Es valiente en el sentido más funcional y humano, que consiste en maldecir la cobardía y enfrentarse a los hechos. Bajo estas premisas, que son las que edifican un alma, nos ofrece un texto en el que no sobra nada, que evoluciona a una velocidad de vértigo, que camina en la frontera de lo inhumano:

“De modo que Ellen y Bob optaron por ofrecernos ayuda, como ropa y comida, y dijeron que podíamos compartir todo lo que tenían. También que algunos vecinos estaban buscando ropa y hortalizas para nosotros. Se me hizo un nudo en el estómago y sentí vergüenza y odio. Nadie se había relacionado nunca con nosotros, jamás nos habían visitado ni invitado a sus casas. Se habían reído de nuestra ropa y de nuestro comportamiento, “como potros salvajes”, y ahora querían darnos cosas”.

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