«El veneno del teatro», de Rodolf Sirera. El disfraz de la apariencia

Por Francisco Collado

 

43 Festival Internacional de Teatro de Badajoz. Teatro López de Ayala. 19/10/2020

 

Dos personajes cercados por bancadas en ambos extremos del escenario. Dos sillas de querencia rococó y una mesita auxiliar, que contiene en una copa el “alma mater” que va a permitir desarrollar la trama. Un suelo proyectado de celosía. Todo converge en un ambiente de claustrofobia y cierta frialdad. Una apuesta arriesgada en el modo y en la forma. Thriller metateatral, donde apariencia y ficción beben de la misma copa. Un extravagante marqués, cuyo nombre no se revela, invita a un famoso actor; Gabriel de Beaumont; para discutir sobre las dos teorías teatrales de la Ilustración: la exteriorización del personaje o la identificación con el mismo. La excusa de la muerte de Sócrates como argumento, da comienzo a un juego de dicotomías: apariencia y realidad, verdad o ficción, representación o sensación, que permiten someter al actor a un experimento extremo por parte del marqués. Ha comenzado un juego de apariencias.

El marques tiende una trampa al actor (Francisco Blanco), de ego elevado, haciéndose pasar por un mayordomo para demostrarle que la actitud y la creencia previa, condicionan nuestros afectos y modos. Un simple cambio de vestuario, y actitud y realidad se transmutan. De este modo, se introducen en un juego perverso cuya única salida es continuar hasta el final. La propuesta escénica es arriesgada. Al estatismo de los personajes se une una; casi ausencia; de apoyo musical. Unos breves instantes operísticos de la mano de Donizetti, en la voz de Monserrat Caballé que interpreta un aria de  Lucia di Lammermoor: Ah! Verranno a te Sull´aure.

  El trabajo actoral es esforzado y consigue transmitir el recorrido vital de ambos contendientes, en esa perversión lúdica que juega con los roles, con la apariencia. Con la vida y con la realidad de lo representado. No hay fuegos de artificio ni en lo escénico, ni en lo dramático. El verbo y la mirada del espectador sobre lo narrado son la clave. Hay un instante en que el marqués observa desde el proscenio la interpretación del actor, adoptando el punto de vista del espectador, que también se encuentra atrapado en su propia realidad.

El tono de frialdad y el distanciamiento apoyan la estructura dramática, que va in crescendo. Desde el inicio el marqués (Fermín Núñez) tiene toda la baraja a su favor. Se enfrenta a un jugador que no tiene ninguna mano, salvo su propia desesperación para ofrecer el papel agónico que el refinado y sádico aristócrata desea. Dos actores encerrados, un conflicto. La naturaleza del teatro más purista. Pero este enfrentamiento entre protagonista y antagonista va más allá de la propuesta canónica. Aquí no tiene validez la trinidad: planteamiento, nudo, desenlace. En el epílogo está el inicio (como un eterno retorno) ¡Y ahora, la obra va a empezar! Desde la meditación teórica, la trama accede a la esgrima dramática en un juego a la vez perverso y racional, asertivo en la enunciación, pero negador en los modos.

Fermín Núñez y Francisco Blanco se ponen en la piel del cruel marqués y el ególatra actor con eficiencia y amplio registro, para este juego perverso acerca de la fascinación por la muerte ¿Cuál es la brecha que separa ficción y realidad? El texto de Rodolf Sirera destila un aliento hegeliano sobre la dialéctica del amo y el esclavo y deja navegar las teorías de Adorno sobre la instrumentalidad de la razón. El marqués privilegia la utilidad de la acción, ya que considera al actor únicamente como un medio para alcanzar un fin ¿legítimo? determinado.

Quizá este es uno de los escollos a pulir. El leve exceso de ornamentación en lo discursivo, junto la morosidad en el tempo. Ninguno de estos aspectos ensombrece el trabajo escénico de los actores que se dejan la piel sobre las tablas. Fermín Núñez, desarrollando un mefistofélico aristócrata, pleno de matices y Francisco Blanco creando con ductilidad un personaje que se ve atrapado entre Escila y Caribdis

El mismo marqués hace apología de su ética y su estética sobre el teatro: “El teatro no tiene que ser ficción, ni arte, ni técnica… El teatro tiene que ser sentimiento, emoción y, por encima de cualquier otra cosa, el placer de transgredir las normas establecidas… Hemos de poner en el escenario todas nuestras miserias, nuestras angustias, nuestros inconfesables deseos, nuestros temores.” El juego de supremacía surge de la búsqueda de lo inefable. Y lo justifica desde la perspectiva perversa del aristócrata que comienza un juego de dominación/sumisión, una dialéctica sobre lo heterodoxo, lo ortodoxo o la búsqueda de una realidad paralela, donde lo real se torna fingido.  Víctima y verdugo se solicitan mutuamente. El actor lo hace desde la vanidad. Se queda para participar en un juego en el que se cree versado. Una esgrima intelectual en la que termina derrotado. Un juego de matrioskas que van desvelando su interior capa a capa. La incapacidad del actor para enfrentarse al mal; a una persona que atrapa la conciencia de otros; es manifiesta cuando la máscara cae.

Este es un texto de intensa arquitectura, de profundo calado, que solicita una certera conducción (Domingo Cruz) e intensidad interpretativa. El elenco consigue crear una atmósfera malsana dentro del minimalismo escénico, manteniendo el pulso durante casi toda la obra. Una parábola pervertida sobre las fronteras entre ficción y realidad, entre lo artificioso y lo veraz, lleno de inteligentes vueltas de tuerca, que nos acontece bajo la égida de El Desván Teatro.

Francisco Blanco y El Desván Teatro (Extremadura)

Autor: Rodolf Sirera

Dirección: Domingo Cruz

Actores: Francisco Blanco y Fermín Núñez

Coordinación Técnica: José Mato

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«El veneno del teatro» con Miguel Ángel Solá y Daniel Freire (2013)

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