Los aforistas y la felicidad: una antología singular

Demetrio Fernández Muñoz.- La sonrisa de Nefertiti. Los aforistas y la felicidad, antología preparada por Ricardo Virtanen y publicada en septiembre de 2020, supone una muestra de normalización a la vez que de singularidad en la consagración del género aforístico en la literatura contemporánea. Más allá del fenómeno in crescendo de las antologías (parte del todo creciente del aforismo en la contemporaneidad), con esta obra nos encontramos ante una variación del formato al uso por dos cuestiones que la distinguen especialmente.

Por un lado, el trabajo de Ricardo Virtanen naturaliza la antología específica para el aforismo. Mientras que para géneros colindantes (como la poesía), concebir una selección de textos de diversidad autoral, en formato libro, bajo un leitmotiv particular, no resulta extraño para la edición; para los aforistas, dicha posibilidad parecía estar vetada. Escalar hasta esos vértices de publicación era impensable hasta hace pocos años; sin embargo, La sonrisa de Nefertiti, tomando como núcleo temático la felicidad, sin ser pionera, es necesaria y se suma a la construcción de una tendencia editorial para el género junto con un elenco de obras similares que han visto la luz recientemente (Fili mei. Los aforistas y la paternidad, Las cosas que no son. Los aforistas y Dios, de 2018, o, de 2019, Juega o muere. Los aforistas y lo lúdico).

Por otro lado, la antología de Virtanen se particulariza por ser una obra de creación, no de extracción. El hecho de que aparezca un pequeño apéndice titulado “Aforismos éditos” nos indica directamente que el resto de textos son totalmente inéditos, por lo que las flores recogidas por el antólogo parecen más bien nacer con el pretexto de creación del libro, que seguir el proceso habitual y ser recogidas y extraídas como textos de otros libros a los que ya pertenecían. Por tanto, los aforismos de La sonrisa de Nefertiti son, en su gran mayoría, originales y surgen a modo de “entrevista” a su multitud de autores, a quienes se les pregunta, en esencia, qué es la felicidad. A ello, respuestas en aforismos.

Los aforistas se reúnen esta vez para enfrentarse a un concepto de rabiosa actualidad. Lo hacen (de)mostrando, aunque cada cual por su lado y de forma caleidoscópica, su característico juicio capaz de desmantelar el instaurado tópico de “la” felicidad, un estado de ánimo que parece haberse desvirtuado, anquilosado e impuesto para el ser contemporáneo. En esta ocasión, a la felicidad (“permanente” a causa de las redes sociales, como observa Miguel Catalán, e “imperativa” como la contempla Gabriel Insausti) toca desmitificarla o, al menos, replantearla ante la perpetración de una felicidad de pies de barro, de logro inalcanzable y de patrones globalizadores y totalizadores. Ello se consigue fehacientemente no solo página tras página, sino entre las mismas, a cada texto de La sonrisa de Nefertiti y, por si no bastase con los propios aforismos, con un enjundioso, perspicaz y declarativo prólogo (“En defensa de la felicidad”), elaborado por José Luis Trullo, en el que se reflexiona sobre las coordenadas conceptuales en torno a las que giran, en suma, los aforismos del libro, previniéndonos, primordialmente, de que la felicidad “nada tiene que ver con esa versión edulcorada y serializada con la intentan narcotizarnos los libros de autoayuda” y de que se ha alejado de “el camino más sabio y seguro: el conocimiento de los propios límites”.

De este manera, ya entre los propios aforismos, bien nos advierte Ricardo de la Fuente, de que “hay felicidades de las que se tiraría en marcha”. Y es que existe, como comentábamos anteriormente, cierto perfil (o mejor expresado, un perfil cierto) de la felicidad contemporánea que nos conduciría directamente al desacierto del objetivo, a la insatisfacción. Enrique Baltanás, Javier Bozalongo o Elías Moro, por ejemplo, expresan dicha frustración de la felicidad del siguiente modo: “con frecuencia buscamos nuestra felicidad en el mismo lugar donde se encuentra nuestra perdición”, escribe el primero; “la liebre y la tortuga: la felicidad y la vida”, el segundo; “la felicidad es una píldora que casi nunca conseguimos tragar”, el tercero.

Puede que la clave de ser feliz resida en mantener su secreto como tal, es decir, en no averiguar las vías para su consecución. De hecho, como intuye Karmelo C. Iribarren, “la felicidad no te deja ponerte profundo”. Entre algunas de sus cualidades, lo poco que podemos saber de ella es que, por un lado, se trata de un estado de plenitud para cuya meta no hay camino, para cuyo fin, proyecto. La felicidad, en esencia, parece ser un presente del presente, un “misterio cuyo hallazgo depende de su falta de búsqueda”, según define Andrés Neuman. Además, también podemos reconocer su carácter episódico, ya que, como concibe Manuel Neila, “la felicidad no se busca; en todo caso, se recuerda o se desea”, o en palabras de Emilio López Medina “solo comienza a ser identificada cuando empieza a perderse”; o bien, tajantemente, como capta Ramón Eder, “la felicidad dura un cuarto de hora”. En definitiva, queramos o no, su análisis no garantiza su inteligibilidad. Así, Francisco Ferrero observa lúcidamente que “los filósofos son quienes probablemente han estudiado la felicidad en mayor medida y lo único que han extraído de ello es la desdicha personal y la indefinición teórica”.

No obstante, la oposición que se destila de la mayoría de textos de La sonrisa de Nefertiti no es destructiva, sino reconstructiva. La felicidad, como nota José Luis Morante, “no es un punto inmóvil”, se debe (o al menos se debiera) adecuar sin imponer a cada individuo y manifestar sin dominar a la sociedad en general. Felix Trull percibe la primera de las cualidades: “Feliz es aquel que esta donde quiere haciendo lo que debe”; Jesús Cotta, la segunda: “Extender por amor el bien y la belleza que el universo lleva dentro y no lo sabe. Ese es el sentido de todo”. Así, tras leer La sonrisa de Nefertiti (agridulce y tragicómica, como la de la Mona Lisa), finalmente creeremos a Javier Puche y a Ramón Eder. Aunque no sea la que parece ser, con sus luces y sus sombras, “la felicidad existe, palabra de niño” y “nadie se arrepiente de haber sido feliz”.

 

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