Hojas de ginkgo: la palabra anhela ser luz

 

José Iniesta.- Una tarde, hace tiempo, hablando con el poeta Francisco Brines, una tarde inolvidable, él me dijo que la poesía puede ser una mirada. Hoy, al releer Hojas de ginkgo, de Julia Bellido, ha regresado a mí este recuerdo, esta verdad. La poesía también es un lugar mundo adentro, un paisaje donde presente y pasado se funden en su expresión de vida, en su llamarada. Ello acontece aquí, en los versos de este libro, donde las evocaciones y la constatación del ahora, las edades y el milagro del minuto se abrazan para ser átomo y conciencia, crónica de vida, elogio del amor.         

Hay poemas que sentimos como propios, nos alcanzan como un golpe en la serenidad, desvelan un conocimiento que nos hace mejores. La palabra de Julia Bellido apuesta por la desnudez y va desnuda, abandona los ornamentos para mostrar la piel y el corazón, el sol mismo del mundo en los hondos sucesos cotidianos.

 

Hay un dios que sonríe cuando escribo,

que descorre el visillo de la niebla

y me muestra el fulgor

que atraviesa las cosas cotidianas.

 

Lo sencillo, en apariencia, se hace alto y hondo, apunta a lejanías, acepta su verdad doliente, palpa la materia misma de la alegría. Lo sagrado existe en nosotros, se nos revela su arcano en la tristeza de nuestra carne, y así la palabra puede ser luz. Y es así que se obra el milagro, comprendemos, y vida y muerte, lo que se crea y se destruye, la semilla que se abre y la rama que se deshoja se nos dan en la plenitud y la fatiga del canto. Todo esto siento al pasear por estos versos, al aceptar agradecido su claridad. En su poema Temblor, el poema que cierra Hojas de ginkgo, esta poeta nos da el legado de su asombro, la armonía y el estrago de su escritura:

 

La luz se desmorona

humilde y satisfecha

como todas las tardes.

 

Yo avanzo hacia la noche

y respiro otra luz y otro silencio.

 

Y me pierdo o me encuentro

                                             -da lo mismo-.

 

Y escribo con temblor

el misterio que somos,

                                   que nos lleva.

 

Este temblor es la poesía, esta alianza. También es un lugar donde somos libres en nuestro desvalimiento, donde podemos abrazarnos a la ternura, escalar una cumbre por amor. Así, Hojas de ginkgo nos regala el murmullo de una confesión de vida, música que nos redime del dolor y sus demoliciones, de la sed, para encontrar la fuente que nos sacia, la alegría.        Una flor en un vaso, la lectura de los versos de Wislawa Szymborska, el amor y sus árboles, un ruiseñor en su rama, la luz sobre nuestros hijos, una mirada sobre el mundo desde la terraza de un café, todo ello y más es suficiente para existir, para tener sentido en estos tiempos ásperos. También la unión que sentimos con la Naturaleza. Qué hermoso el poema Acafoth, donde en la acción de cavar la tierra con la azada, bajo unos lentiscos, se nos da la extensión real del tiempo, el sueño de la sangre y de la savia, los derrumbes metafísicos y lo que vendrá más tarde con su luz, a su más alto sentir, donde todo, tal vez, puede ser la semilla que germina.

 

Hundo la azada bajo los lentiscos.

 

La sangre de la tierra se me ofrece

agitando en sus venas

un aire de otro tiempo.

 

Sepulto lo que fui. Lo que seré mañana.

 

Porque solo me importa este presente.

Justo aquí. Donde dejo la semilla.

 

 

Hay en la poesía de Julia, creo, una concreción afinada que apunta a lo justo, no sobra en ella nada y hay mucha luz, se lanza una piedra al aire, la que somos, a la verdad que es la vida. Es un canto por necesidad, no miente. Este ginkgo de sus hojas, perdón de sus versos, hunde sus raíces por igual en el barro del dolor y en la roca de la dicha, se reconcilia con el mundo, se esclarece. Su apuesta es grande por humilde, no se esconde en su cántico, no quiere parecer más de lo que es, persigue la transparencia, es su manera de recorrer el camino. Comprendo su mirada, pues su mirar comprende. Su mirada es conmoción y a la vez mirada que piensa. Principio y fin para sabernos presente y travesía, selvas y desiertos. Fugacidad eterna en su minuto porque se emociona con el alcance de sus pasos, porque es oración en la fuga raudal de las edades.

 

Esa fiel certidumbre

que siempre me acompaña

es advertir que todo lo importante

está ahora sucediendo.

 

Así, desde la contemplación se nos desvelan los paisajes del alma. Hay una clarividencia capaz de unir al árbol con la risa de nuestros hijos, un equilibrio justo entre la observación y el pensamiento. Eso es la alegría, palpar la llama de lo que arde ante nosotros, cantarlo, recibir sus dones con sumo cuidado. Lo demás es mentira. Así, en su poema Hojas de Ginkgo dice:

 

Levantas la mirada

-igual ocurre dentro de los sueños-

y sin decirnos nada, sonreímos.

 

Porque estamos aquí, delante de la vida,

con extremo cuidado

                                 para que no se rompa.

 

Desde lo cotidiano, desde la piedra de la costumbre, esta poesía trasciende. Por amor, esta palabra desnuda significa más, se hace vuelo, anhela ser luz. Porque calla y escucha, la poesía de Julia encuentra el oro en los eriales, se conforma en el amor, es arquero y flecha en la rebeldía. Qué altura alcanza en su poema El amor y nosotros.

 

Celebramos el fuego que se enciende

y el vino derramado.

El pozo de agua fresca

donde cantan las ranas,

y el olor del café

en la cocina fría.

 

Y no nos preguntamos

                                   qué pasará mañana.

 

Nos alcanzó el amor

                                 y aquí anidamos.

 

Donde arden los astros

 

y el oro apacible del silencio,

florecen las adelfas.

 

 La mirada solo ve lo que somos, lo que fuimos. Así se funden los metales de la realidad con el sueño del hombre, con los deseos de su sangre. Fuera y dentro lo mismo, sin fronteras. El mundo nos conmueve, construye nuestras lágrimas, mas también se compadece por nosotros. Alianza y condena. Compasión y gratitud por el viaje, por poder estar atentos y escuchar el murmullo del mundo, el canto del ruiseñor en la noche desvelando el misterio de existir y el acabar, la razón de la rama que nos sostiene, el sentido del vuelo y la caída. Qué verdad y qué belleza en el poema En la muerte de Antonio Cabrera.

 

En esta noche alta

escucho un ruiseñor que me desvela

y que rompe el silencio mansamente

llenándolo de vida.

 

El misterio del mundo,

de lo poco que somos,

se me descubre entonces:

 

la vida nos conquista

para luego humillarnos.

 

El pájaro me mira y alza el vuelo,

 

Sabiendo que no hay nadie

detrás de la ventana.

 

La memoria y el presente saben abrazarse en este elogio del corazón. Doy las gracias a Julia por el poema que me dedica y que evoca un encuentro en mi casa de Oliva, al lado de un granado que ya nos une para siempre. Su poesía es desnudez y va desnuda, nos desnuda. Es agua que fluye por el cauce que le pertenece, rumor del tiempo y correntía. Desde lo más cercano siempre, con serena intensidad y certidumbre su palabra canta y es el canto, sabe discurrir por sequedades. No más, no menos. Un libro que merece ser leído.

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