Jesús Aguado: el blanco que hay detrás

José Luis Trullo.- Aunque la editorial me envió el libro con ese compromiso por mi parte, admito que me va a costar mucho escribir la reseña de Heridas que curan solas. Aforismos sobre la poesía, el nuevo (que, espero, no último) libro de Jesús Aguado), recién publicado por Libros de la Resistencia. Dado que, para poder escribirla, es preciso que termine de leerlo, y yo no quiero que este libro acabe nunca, me encuentro en un auténtico atolladero.

Ya desde la primera página, percibimos que no nos encontramos ante un libro de aforismos cualquiera; de hecho, ni siquiera creo que se trate de un libro «de aforismos», aunque los incluya, y muchos, y buenos. Más bien se trata de un tratado-en-fragmentos, y no acerca de la poesía, como anuncia el subtítulo, sino de un sinfín de materias jugosas, a cuál más esencial, amparado todo por una «apasionada apología de la inseguridad metafísica». Heridas que se curan solas es una suerte de manifiesto personal acerca de la vida impregnada por la sabiduría, y más aún: de la relación entre el ser y el lenguaje, del valor de lo espiritual para la materia, del compromiso del hombre con la eternidad del instante. Nos encontramos ante una summa breve, como irónicamente titulara su aforística completa nuestro llorado Miguel Catalán: y es que no se habla sólo de poesía en este libro, sino más bien desde y hacia la poesía, pasando por todas y cada una de las facetas de la existencia que la nutren. Si «poéticamente habita el hombre en esta tierra», como quería Hölderlin, escribir y leer poesía será la forma preclara de vivir y sentir que estamos vivos, de tal modo que al poeta nada de lo humano puede resultarle, ya no ajeno, sino insignificante, y a la inversa: lo humano se esencializa y trasciende en lo poético (entiéndase esto último como buenamente se pueda) y en el verso se hace posible acceder al «blanco que hay detrás» de las palabras, y que las santifica.

Heridas que se curan solas es un libro para quedarse a vivir en él; para impregnarse de sus palabras, para juguetear con ellas, para sopesar lo que ya se sabía y contrastarlo con lo que ahora se descubre, para no olvidar la finalidad última por la que estamos aquí (y que no es, como creen los materialistas, disfrutar de los sentidos hasta caer muertos en la fosa). Se trata esta de una obra memorable, trufada de frases que, a modo de filacterias, uno debería coserse en el interior de las ropas, para rumiarlas durante todo el día: «Vivir es aprender a nombrar el límite borroso que hay entre el sentimiento y la conciencia o entre el cuerpo y el espíritu», «El ser breve se apoya en la luz, ese bastón vacilante y firme a la vez, ese pequeño faro que guía a las cosas para que no naufraguen», «Lo dicho se purifica en lo indecible», «La poesía es la clave última para acceder a los secretos de cualquier trascendencia», «En el afuera está la vida verdadera y es de eso de lo que ha de dar cuenta un alma sensible»… Prácticamente resulta imposible no hallar en una página de este libro interminable una o varias ideas luminosas y fecundas. ¿Se entiende ahora por qué no lo quiero dar por acabado, sólo para poder escribir una mísera reseña sobre él, por encima de él, contra él en definitiva?

Como otros poetas eminentes que encontraron en el aforismo una forma de condensación extrema de la esencia del decir poético (José Mateos, Antonio Cabrera, José Luis Morante, Jesús Montiel), se suma Jesús Aguado a una creciente nómina de autores que enriquecen y ensanchan la brevedad con la hondura de su indagación. Alejados de la rotundidad del aforismo clásico, son los poetas quienes abren surcos por los cuales debe discurrir el género más breve, renunciando a la rotunda convicción para atender a «la dialéctica entre lo que se oye y lo que no se oye», incidiendo en esa ambigüedad radical que les permite, como a los versos, ser «oscuros cuando pretenden ser claros y claros cuando pretenden ser oscuros». Por ello hay que celebrar que un poeta como Jesús Aguado pueda escribir que «a una isla desierta me llevaría aforismos»: quizás porque, en su sucinta naturaleza oracular, ellos son los que más lejos y más alto nos transportan.

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