‘La ciudad que el diablo se llevó’, de David Toscana

La ciudad que el diablo se llevó

David Toscana

Candaya

Barcelona, 2020

284 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Que la supervivencia pueda ser un sarcasmo es una idea que nos sacude. Sobre todo, si esta supervivencia tiene lugar en una ciudad y en un momento en el que, ya sabemos, alcanzamos el extremo de la estupidez humana, el extremo de la desolación, el extremo del sadismo. Algo de lo onírico podrá rescatarnos, esa parte que tienen en común los sueños y la ebriedad. Y también la única parte de nosotros que vale la pena, hasta entre los escombros, que es la dignidad. Aunque la forma que adopte esta dignidad sea la más común, la que aceptamos con facilidad, que es de la que participan los protagonistas de esta ciudad que el diablo se llevó. Estamos en la Varsovia posterior a la guerra, en una ciudad que es real, aunque quisiéramos que se tratara de un lugar quimérico, casi un parque temático del que pudiéramos salir a las ocho de la tarde, cuando se termine el valor de nuestra entrada. El tema del parque es el frío, el hambre y el terror. Y lo vamos conociendo por las rutas que trazan los protagonistas, cuatro amigos empeñados en sobrevivir en un mundo enfermo, dándole un sentido maravilloso en el sentido en que es maravillosa la caída a través del vodka. Y así fertilizan este mapa de la ciudad en ruinas.

La novela es descriptiva, sí, porque se centra en sucesos, en que las cosas, sencillamente, suceden. No hay tramas que atrapen; si uno quiere enfrascarse en ella y disfrutar de una lectura en la que la fortaleza se impone, debe dejarse atrapar por la atmósfera, en la que se respira el desastre, una atmósfera que priva a los personajes de carácter. Los secundarios componen un paisanaje sobre el que se mueven los cuatro protagonistas, que rozarían la caricatura de no ser por el imperio de lo salvaje: hay cierto darwinismo en su actitud, porque en la ley de las ciudades de la postguerra no cabe rendirse, porque la rendición supondría pasar voluntariamente al otro lado de la tumba. Y, sin embargo, David Toscana (Monterrey, México, 1961) sabe que existe lo que le da sentido a todo, la emoción o la embriaguez que mejor nos acompaña y que hará que este tránsito por la Tierra, por muy grotesco o duro que sea, pueda encontrar un rastro de belleza, de bienestar, y éste es la amistad. Será la amistad, querer y saberse querido, lo que dé fuerzas y humildad a los personajes, será la amistad lo que nos permita continuar la lectura de la novela, porque ese es el lugar donde todos quisiéramos quedarnos para habitar, incluso cuando a la ciudad se la esté llevando el diablo. O, sobre todo, cuando a la ciudad, al lugar donde vivimos, se la lleve el diablo.

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