Emilio López Medina: «Soy abolicionista de las fronteras entre los géneros literarios»

Emilio López Medina nació en Jódar (Jaén). Licenciado en Filosofía por la Universidad de Valencia y doctor por la de Granada con una tesis sobre Jaime Balmes, ha ejercido como profesor titular de la Universidad de Jaén. Es autor de diversos libros y estudios de carácter académico, así como de una amplia obra aforística que ha comenzado a publicarse en volúmenes tales como El dolor (2011), 69 aforismos porno & 96 aforismos antisexistas (2016), El arte jovial (2018) y Del amor y todo lo que le es propio (2018). Ha sido incluido en las antologías Fili mei. Los aforistas y la paternidad y Juega o muere. Los aforistas y lo lúdico, así como en el Anuario del Aforismo Español 2018. A principios de 2020 aparece La ignorancia, primer tomo de su heptalogía «Las siete bestias», y en julio se ha publicado su novela Así reía Saturnino.

Así reía Saturnino es la primera novela que usted publica. Siendo filósofo y aforista, ¿qué le impulsó a adentrarse en el formato narrativo?

De pensamiento y obra soy un abolicionista de las fronteras entre los diversos géneros. Creo que circunscribir la escritura a un formato prefijado es constreñir la expresión con unos corsés que quizás para la crítica literaria son cómodos en sus clasificaciones, pero que no representan ese devenir libre, versátil y lleno de matices de la consciencia, que es una y donde esos compartimentos no existen: el lenguaje que expresa los contenidos de esa consciencia es también uno y como tal no debería descuartizarse en esos módulos estandarizados. Toda expresión sobre el mundo y la vida –en mi caso, expresión filosófica– no tiene por qué ajustarse a unos moldes o estilos preestablecidos, como sería el lenguaje del ensayo, por ejemplo: toda expresión que tenga una intención filosófica (y toda expresión sobre el mundo lo es) se constituye en un lenguaje que manifiesta una idea sobre el mundo, sea proferido de la forma más vulgar en la barra de un bar o de la manera más sofisticada en un tratado de Metafísica. Pues bien, esto que digo puede extenderse a todos los géneros: la expresión sobre el mundo y la vida puede comunicarse en forma de aforismos sueltos, en forma de aforismos encadenados al modo de Gracián, en forma de novela, en forma de poema, o en lenguaje y esquema teatral, etc.

Por eso, el impulso a que se refiere usted es primeramente el impulso de expresar o decir algo sobre esta realidad que nos encontramos en nuestra visita a la vida, impulso que puede comenzar en un momento determinado, como es el caso de mi novela, tratando de describir la situación ridícula de un mozalbete que está en huelga de hambre a las puertas de la casa de su amada por amor de ésta, continuar con los lances que le suceden a él y sus amigos, y terminar por concluir una novela de 445 páginas en la coedición de Libros del Innombrable y Cypress. Pero bien entendido que, por esa unidad del lenguaje (“lenguaje uno, género uno”, sería un buen lema), en la obra hay pasajes que podrían ser señalados como de carácter o lenguaje poético, teatral, introspectivo, épico, ensayístico…, y desde luego todo jalonado de expresiones aforísticas engastadas a lo largo de toda ella. Expresiones que, tomadas de forma aislada alcanzarían a conformar toda una antología aforística.

Saturnino es un personaje extremo que desafía todas las convenciones, un auténtico frencotirador intelectual y existencia. ¿En qué modelos literarios (y vitales, si los hay) se inspiró para concebirlo?

No se puede quizás hablar de una inspiración explícita o asumida conscientemente. Es después de escrita la novela cuando uno hace un ejercicio de introspección y comienza a percibir los personajes literarios que hay en el fondo, y de los cuales los de la obra pueden ser un reflejo. Así, a posteriori, es cuando encuentro restos y rastros de todas esas figuras disparatadas, excesivas –por no decir histriónicas– de las gran literatura, que han ejercido siempre sobre mí una atracción fascinante por sus actitudes “fuera de concurso”: fuera del curso previsible de toda narración; curso previsible que, como tal, sería reiterativo de una narración a otra (bien que con ligeras variantes) sin la existencia de estos personajes. Por eso los encontramos siglo tras siglo a lo largo de toda la Historia de las Letras. Casi se podría decir que la Literatura los necesita para poder respirar: desde Gargantúa y Pantagruel, pasando por El Quijote, hasta los más contemporáneos, como el Max Estrella de Luces de bohemia o los más actuales como Ignatius de La conjura de los necios o el doctor Faustroll de la Patafísica…, todos un poco surrealistas, y así otros más que, como digo, sólo después de escrita la obra considero que estaban ahí como prototipos que me iban “mandando” imágenes en cada momento… Aunque quizás en mi subconsciente echaba de menos a ese filósofo esperpéntico, o, dicho de otra manera, a ese personaje que planteara la filosofía de forma esperpéntica y que diera cumplimiento a aquel principio de Pascal de que “burlarse de la filosofía es verdaderamente filosofar”…, o al menos asumirla con cierta ironía muy escéptica.

En su novela, usted arremete contra muchos de los males que aquejan a nuestra sociedad actual: la dictadura de lo políticamente correcto, la corrupción universitaria…, pero también formula consideraciones de alcance general sobre el amor, el sexo, el conocimiento… ¿Cómo se planteó la difícil tarea de articular ambos planos: el de la crítica de época y el de la reflexión de calado filosófico?

En el momento en que la novela sea planteada como un paseo por la vida –y en esto hay ilustres fuentes de inspiración, por ejemplo El Criticón de Gracián (otro aforista que emprende el camino de la novela), el personaje tiene que ir “tomando nota” de lo que encuentra en ella: de todo lo que usted nombra y más. Pero desde mi punto de vista, Así reía Saturnino es ante todo una novela sobre el Dolor de la vida (y quizás también de su belleza). Es decir, en ella el leit-motiv no sería fundamentalmente el Amor –y lo que digo quizás constituye un herejía para las editoriales comerciales, es decir, las que piensan exclusivamente en el comercio, sino la vida y su dolor… Y yo me pregunto a este respecto por qué el tema recurrente y permanente de la novela actual ha de ser necesariamente el amor (ornado o envuelto en temillas colaterales como crímenes, viajes, drogas, un poco de política, etc.), o, dicho a la contra, ¿por qué el centro, el motivo de la novela no habría de ser la preocupación filosófica, el dolor, la muerte, si es la preocupación más íntima y más fundamental de la persona? Solo alcanzo a darme una respuesta: porque el amor es más entretenido y más divertido, y así las novelas actuales sobre él se presentan precisamente como eso: como un pasatiempo y entretenimiento, como una huida/evasión de esa realidad inherente del dolor en la vida.

Bien es verdad que ya hubo algunas narraciones que hicieron de éste su tema: por ejemplo el dolor de la náusea existencial, y con esto me estoy refiriendo a Sartre… Pero eso sí, sin pizca de humor; sin seguir aquellas recomendaciones de Pascal, precisamente cuando dolor y humor no tiene que ser antagonistas, sino complementarios: el absurdo de la vida y su dolor es tan absurdo que solo debería provocar risa (…aunque difícilmente está uno de humor como para ello, podrían alegar alguien). En cuanto a la tarea de articular los planos de la crítica de la época y el de la reflexión, pues sencillamente poniendo un espejo a lo largo de ese paseo por la época de los personajes, que en este caso es la de aquellas “prodigiosas décadas” de los años 60 y 70, tal como podría haberlo hecho de otra época que me hubiera tocado vivir y sentirme en ella como un protagonista más).

¿Qué diagnóstico formula usted acerca de nuestra sociedad actual? ¿Concibe algún tipo de esperanza para ella, o nos vemos abocados a una irremediable decadencia, como algunos profetizan?

En este aspecto no soy excesivamente pesimista. La Humanidad y sus sociedades se han enfrentado a crisis infinitamente peores que la actual y que en muchos casos han llevado a la desaparición de verdaderas civilizaciones y hasta hambrunas universales. Ahora solo veo un decaimiento de cierta moral en los ideales y una entrega casi absoluta a los valores más inmediatos del bienestar y el disfrute… y el medio (según se cree) que los proporciona: el dinero. Por ello, lo que veo es fundamentalmente una decadencia de aquellos principios que habían sido hasta ahora los que se creían dignos de ser estimados: unos modelos éticos, estéticos, unas forma de humanismo, de educación…; se trata de un cambio de paradigma que va abandonando las raíces más profundas de la cultura que hasta ahora había sostenido nuestra forma de vida y nuestros idearios. ¿Es esto malo o bueno? En todo caso, lo que hay que decir es que nuestra civilización, desde los griegos, ha luchado por dignificarse con el cultivo de sí más allá de las funciones puramente fisiológicas. Actualmente parece como si todo el saber –sobre todo el saber técnico, que casi es el único que existe ahora estuviera al servicio de estas funciones fisiológicas y su disfrute y diversión. Estaríamos entonces en las antípodas del saber griego, que es nuestra raíz. Todo lo demás que ocurre en nuestros días son cuestiones coyunturales: que si la falta de protagonismo de Europa, que si las tensiones (económicas) entre chinos y americanos (que son los que podrían dar un cambio en los grandes bloques del poder, sistema de bloques que, de una u otra forma, siempre han existido a lo largo de la Historia…, incluso ahora parecen menos agresivos), pero no veo en absoluto un cambio que conlleve una conmoción al modo de las que la Historia nos ha deparado en ocasiones.

En otro orden de cosas, usted tiene entre manos una vasta obra aforística en forma de ciclo, titulada Las siete bestias, que consta de siete libros, de los cuales ya ha aparecido La ignorancia (Thémata/Apeadero de Aforistas, Sevilla, 2020) y cuya segunda entrega, La diversión, verá la luz a principios del año que viene. Hábleme de ella, si nos hace el favor.

El libro colectivo La sonrisa de Nefertiti (Cypress-Apeadero de Aforistas, 2020) recoge un aforismo del que soy autor, y que viene a decir que el filósofo no busca tanto la forma de hacer felices a los hombres, cuanto la mosca cojonera de su infelicidad. Pues bien, Las siete bestias vienen a ser como las siete moscas cojoneras más gordas que le suministran esa infelicidad: la ignorancia, la ambición… Precisamente La diversión, a la que alude y cuya publicación se prevé próxima, trata de exhibir la crisis a la que acabo de aludir en la respuesta anterior y apunta en la dirección de ese abandono de los valores que hasta ahora se creían propios de una cultura elevada, por asunción casi plena de unos valores fundados en el disfrute material, propiciados por el neocapitalismo (que en el fondo no es más que un sistema de producción y consumo… material, por supuesto) y que realmente no sabemos a qué dará lugar en el futuro mediato. Como primera providencia, quizás a la desaparición de esos valores que se habían considerado los propios –los que deberían ser– de una civilización que tradicionalmente se ha dicho que pudiera merecer el nombre de tal. Aunque compuesto al modo de pensamientos breves y aforismos, La diversión, como la totalidad de los libros que componen la heptalogía, tiene una ilación en que todos los pensamientos están vertebrados en torno en el hilo de los valores que están emergiendo en muestra sociedad, y abre una perspectiva sobre las consecuencias a que pudieran dar lugar.

Usted ha publicado en los últimos años varios libros de aforismos (69 aforismos porno & 96 aforismos antisexistas, El arte jovial, Del amor y todo lo que le es propio). ¿Qué virtudes posee el género más breve para que resulte tan atractivo a los ojos de un pensador como usted?

Desde el punto de vista de un filósofo, el aforismo tiene la virtud de la síntesis. En algún lugar he confesado que escribiendo un aforismo me ahorro escribir un tratado, o como digo al final de El arte jovial (Libros al Albur, 2018): el aforismo es la eyaculación precoz del análisis… ¿Quizás hastío de los grandes (y pesados en todos los sentidos) volúmenes filosóficos? Tal vez haya mucho de esto, pero también una ausencia: la falta de belleza y espontaneidad que la expresión breve puede darles, y, si ésta es poética, pues mejor que mejor. No es casual que el aforismo de ahora esté tan entroncado con la poesía como con la filosofía. Si se miran las antologías de aforistas actuales, uno se da cuenta de que la mayoría de los autores que en ellas aparecen son cultivadores sobre todo del género de la poesía, y no tanto de la filosofía. De modo que si hasta ahora al aforismo era de condición más filosófica, ahora tiene un aire más poético, lo que obviamente puede redundar en un mayor realce (siempre y cuando conserve aquel fondo filosófico que le da su carácter).

Más información sobre el autor en este enlace.

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