Reseña de «Jardín imposible», de Marina Tapia

Por Ángel Olgoso.

Marina Tapia ha dado en la flor de escribir un hermoso y singularísimo libro, de apostar por la imaginación y la alta poesía con un estilo plástico y proteico. En esta botánica fantástica Marina se ofrece al lector dotada del numen lírico, se mimetiza con la naturaleza, va allegando insólitas figuraciones vegetales, voces inesperadas, secretos orgánicos, poemas impregnados de limpio sol o de una especie de melancólica añoranza. En unos da cuenta de la fugacidad y la fragilidad de la existencia, de los sensatos despropósitos de las pasiones, de las magulladuras de la carencia o la lejanía; en otros, se embriagan en un instante los sentidos porque la poeta se hace eco de las fértiles corrientes de la creación, del encantamiento de la luz, de la pujanza de la savia, del ofrecimiento de los cálices, del esplendor diverso de las flores, de las metamorfosis entre especies, de los híbridos fabulosos de la imaginación.

La ciencia se limita a describir la naturaleza. Para la poesía, en cambio, la naturaleza no es un simple fenómeno, sino un misterio que fluye, un aliento que trasciende los límites de la experiencia. Es lo sagrado que no ha desaparecido, la  ebriedad, la plenitud. Marina repara en esta fuerza rebosante y ciega, se acerca como en trance a su sentido y logra, con este libro, que las palabras recuperen su condición de ofrendas.

Jardín imposible es un proyecto casi matérico -cuyo atractivo realzan las fascinantes láminas de Guillermo Rodríguez de Lema-, recorrido por una sensación que puede resultar paradójica: la mixtura de realidad tangible y aire de fábula. Tenemos entre las manos literatura en estado puro, es decir, lenguaje que se hace carnal, despliegue de sensibilidad, de creatividad e imagen sorprendente. Aquí el poema es otra cosa que poema, la prosa poética es otra cosa que prosa poética, por cuanto los textos se convierten en cadencia, en exquisita inventiva, en una unidad de atmósfera y dicción. Con su fraseo envolvente, con su canto de aire, agua y planta, Marina teje una melódica red verbal que atrapa al lector, levanta estructuras de una delicadeza prodigiosa, recoge las palabras en su intimidad de emociones e intuiciones para hacerlas fulgurar en un segundo eterno. Aquí la escritura física, localizada, se entrevera con la frondosamente mágica, con la mítica, con la espacialidad conceptual o la del pensiero poetante.

Este Jardín imposible también duele, como duele todo lo hermoso, como duele la rosa al acercarse a ella sin precaución o la nieve al tocarla con la piel desnuda. Pero según Manuel Rivas, las palabras, al nombrarlas, protegen los bosques y los huertos, y la naturaleza corresponde. Pertrechados de deslumbrante voluptuosidad que eriza y mantiene en vilo, envueltos en tintes oníricos, los poemas de Marina Tapia desvelan una mirada asombrada hacia el mundo, metabolizan una aventura interior, un viaje iniciático por las taxonomías, por el pelaje verde de la tierra, para el que se vale por igual de la introspección y del cuaderno de campo, de acogedoras obsesiones y de pulsiones inquietantes, sugeridoras todas de nuevos significados.

Este libro único por raro e inefable -de referencia en cualquier vademécum poético sobre la naturaleza, lo mismo que su penúltima obra, Marjales de interior, en un registro más realista- semeja una fina lluvia de versos que, en realidad, es una lluvia de pétalos que va calando sutilmente, con pulcritud y suma precisión, que va permeando poco a poco el musgo de la piel y se adentra hasta quedarse y echar raíces. Versos que combinan belleza y erudición, ciencia natural y erotismo. Una extraña pregnancia. Un sosegado aquelarre de árboles. Poesía acerca de la humanización de plantas que -como nosotros- germinan, se mecen con la brisa y caen al arcano de la podredumbre, no sin antes haber ofrecido a la vida su color y su perfume. Versos que polinizan el alma. Una exploración trascendente y reveladora. Una misteriosa salmodia. Un gesto adánico. Versos en lugar de alas; en vez de alas, corolas para volar sobre las ramas del mundo.

 

LILO

Syringa vulgaris

 

Así te vi ante mí,

con ese coqueteo de racimos.

Ay, flauta que llamabas al ardor.

Quién fuera, quién tuviera

tu  imagen, tu donaire, aquella voz,

tu ser de no callar el paraíso.

Color violáceo, puro, empedernido,

yo quiero estar abierta y ser de tierra

para poder contar tus bendiciones

y luego celebrar con cada golpe

de párpado

que vives

en mis ojos.

Porque la vida canta si la mece tu pompa y tu perfume.

 

Hipnotiza mi faz,

convócame a ese baile de la tarde,

que quiero, que me urge, que deseo

sentir que tu viveza me visita.

 

JARDINES MÜLLER

                        A José Luis Gärtner

 

I

Debo asumir:

que soy ese canal por el que puede

hablar cada xilema,

cada púa.

Ya me elevan los días.

Soy terso como árbol de Júpiter,

grandioso cual castaño,

y tan embriagador como celinda.

Y pierdo rigidez en cada fuente,

y gano una cadencia inusitada.

 

Mirad como la vida me conduce.

 

 

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