‘Sombras chinescas’, de Simon Leys

Sombras chinescas

Simon Leys

Traducción de José Ramón Monreal

Acantilado

Barcelona, 2020

337 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Ya sabemos que la codicia movería a la condición humana de no existir una fuerza superior, como es el miedo. Sin embargo, en tanto seres sociales, el miedo pasa a un segundo plano, excepto en los estudios psicoanalíticos de Jung, porque ahí sí, se impone el imperio de la codicia. Se trata de la gasolina que mueve el vehículo superpoblado en el que viajamos, ese que se dirige directo a un acantilado. La palabra codicia no aparece en ningún momento en este volumen, Sombras chinescas, aunque se trata del espíritu que moverá aquello que ve y denuncia Simon Leys (Bruselas, 1935 – Canberra, 2014). Frente a un cierto romanticismo que todavía podría respirarse, un romanticismo rebelde y resistente, más sujeto al deseo que a la realidad, en los años setenta viaja a la China de la revolución o la postrevolución. Su misión como agregado cultural de la embajada belga le permite acceder a diversos lugares del país, para darse cuenta de que todo lo que nos permiten conocer del mismo está condicionado por anteojeras. Y detrás, más allá de los parajes permitidos, parajes humanos, económicos, culturales, laborales, sociales, debe existir una China real, repleta de sufrientes.

El resultado, nos indica, es un país enorme construido a lomos de la población, a costa de su sudor y su carne, en el que se ha explotado una nueva forma de codicia. Entendíamos, en aquellos años, que la codicia venía siempre con un formato capitalista, envuelta en tesis de desarrollo económico individual y competitivo, en acumulación de capital y en lucha de clases. Sin embargo, Leys nos va descubriendo un país en el que se anulan estas reglas para darles un nuevo formato. El imperio de la publicidad está basado en unas consignas repetidas hasta la saciedad, en lugares comunes, en ideas recibidas, como expresa él, siguiendo la pauta de Flaubert. A nuestros oídos suenan absurdas, pero en boca de los guías uno sólo puede pensar que tienen fe en lo que defienden. Pues es la fe lo que se impone, no la razón ni los sentimientos, para sostener espiritualmente, o en un sucedáneo de espiritualidad, las razones de este país. Presumen de haber fulminado la lucha de clases sin pasar por el materialismo dialéctico, por ejemplo, pero lo que han logrado, observa Leys, es establecer la jerarquía por decreto, con lo cual en lugar de clases existen las categorías.

Resulta muy significativo, sobre todo para un espectador activo e inquieto como Leys, ese afán por intentar que la historia comience a partir del levantamiento liderado por Mao. Ahí está la desaparición de los libros, registro de los años anteriores. O la desaparición de la ópera clásica, refugio de las clases populares. O el abandono, cuando no derribo, de monumentos y estatuas. Toda esta figuración, esta tramoya, esta puesta en escena para mayor gloria de unos líderes que pretenden ser identificados, por completo, con un país, se nos narra con algo que uno llamaría humor de no tratarse de un compendio tan serio. La impresión que da la lectura es la de estar asistiendo a una caricatura: esto no puede ser serio. Ni siquiera el mentadísimo George Orwell fue capaz de imaginar un estado así, tal vez porque la imaginación no termina de sustituir a los encuentros con diplomáticos, con extranjeros integrados y autocomplacientes, con profesores, con libreros, con políticos y, sobre todo, a la observación de una vida que transcurre más allá del cristal blindado tras el que pretenden que observe a una China que se dirige, a pesar de los cambios, también hacia el acantilado.

Nos hubiera encantado saber qué opinaba Simon Leys del rumbo actual del país, que hubiera regresado para dar testimonio de nuevo. Se trata de uno de los grandes autores -uno siente tentación de decir “pensadores”- de las últimas décadas, como demuestra su Breviario de saberes inútiles. En esta ocasión la obra es mucho más fresca, más directa, más impactante por lo que indaga que por lo que reflexiona. En cualquier caso, como libro de viajes es de lo mejor que uno puede encontrar en librerías. Y también como ensayo político, pues gran parte de sus denuncias, el imperio de los lugares comunes, coexisten con nosotros, sea cual sea el régimen que nos gobierne.

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