Dijo el filósofo danés Kierkegard que una de las grandes paradojas del ser humano es que la vida se vive hacia delante pero sólo se comprende cuando se mira hacia atrás.

Los libros que se escriban dentro de un tiempo (a lo mejor tanto que algunos ya no los leeremos) quizá sean capaces de explicar con serenidad y precisión todas las cosas que están pasando en lo que llevamos de 2020. Un año que quedará grabado en la memoria universal como ningún otro en la historia reciente, sobre todo por haber hecho mella, de una manera u otra, en la microhistoria de todos los habitantes del mundo.

Es de esperar que algunos de esos libros sean de gran calidad, que estén escritos desde estudios silenciosos alejados del ruido que hoy nos rodea, en los que predomine la investigación, el rigor, la reflexión y el análisis. Y que por eso serán capaces de mostrarnos cosas que hoy no vemos con claridad, de establecer las conexiones entre los acontecimientos que hoy vivimos, clasificarlos correctamente en causas y consecuencias, en coyunturales y estructurales; distinguir entre hechos y opiniones y cribar con precisión lo que es ciencia y lo que es creencia.

Es de esperar que esos libros se escriban, que se lean y que de ellos se aprenda.

Pero ahora, cuando la lluvia en el asfalto está aún fresca, cuando también lo está la tierra removida; cuando son las plantas (o la soledad) quienes vuelven a reinar en los balcones y las manos que aplaudían vuelven a estar ocupadas en mil cosas (incluso en contradecir esos mismos aplausos solidarios que se produjeron con tanta emoción no hace mucho) es aún muy pronto para aventurarse más allá de algunas impresiones que la transición entre la antigua y la nueva normalidad deja flotando en el aire. El tiempo y los vientos de la historia dirán si se asientan con firmeza en la tierra que pisamos o si se perderán en el horizonte igual que se pierden las tormentas:

Que los políticos de un país ponen a la sociedad frente al espejo. Aunque se quiera marcar distancia y desentenderse de la clase política, aunque se les suspenda su gestión y se les critique sin parar en las encuestas, son el fiel reflejo del país que los ha elegido. Nos guste o no. Así duela reconocerlo.

Que muchos solo entienden el Estado como un flotador, como el salvavidas al que uno tiene derecho y los demás la obligación de insuflarle el aire.

Que las redes sociales sirven para conectarnos los unos a los otros y, a la vez, para crear dimensiones paralelas, burbujas blindadas alucinógenas, absolutamente desconectadas de la realidad.

Que no son muchas las personas y negocios que cuentan con ahorros para afrontar las emergencias. Que, además, son muchos más los que viven día a día, endeudados, precariamente sujetos y atrapados por un entramado de créditos, cuotas y facturas por pagar. Quizá sea porque a estas alturas del siglo ahorrar se convirtió en un lujo al alcance de muy pocos. Quizá también  porque muchos de los que lo tienen a su alcance lo pierden sin darse cuenta por entre las rejillas del consumo.

Que nuestro mundo de hoy es interdependiente y sobrevive solo si está interconectado. Que nuestra economía, nuestro sistema de vida, está basado en el movimiento frenético y masivo, en el uso y abuso de los espacios públicos y privados y que se viene abajo como un castillo de naipes si una de sus partes se detiene por completo.

Que el hombre es el único animal con la capacidad (dudosa virtud) de actuar en contra de sus propios intereses, de anteponer su ego al instinto de supervivencia. Tan grande es el ego, que da la supervivencia por descontada.

Que no habíamos dado el verdadero salto a la digitalización.

Que la naturaleza es recuperable.

Que el poder de los afectos, ese que nos salva y nos condena, nos lleva a reinterpretar la realidad y sus instrucciones, traduciendo la “distancia social” por “distancia social con los extraños”. Esto es, aplicarla con los desconocidos (esos entes de quienes me separo cuando me los cruzo en el supermercado o en la calle, que no permito que se acerquen mucho en la playa o en el parque porque pueden contagiarme y convertirme en un agente transmisor del virus); pero ningunearla con los familiares que no viven conmigo y con amigos y amigas del alma a quien echaba de menos y a cuyo encuentro llego con mi mascarilla para después abrazarnos, besarnos y ponernos al día relajadamente, codo con codo, confiando en que nuestro afecto mutuo nos convierte en inmunes.

Que algunas ilusiones son como la juventud y se van para no volver y que el filtro de color esperanza con el que algunos predecían, o deseaban, que la pandemia nos traería un mundo nuevo y mejor, en realidad, se desvanece rápidamente para mostrarnos el mundo de siempre, con los problemas de siempre, sólo que mucho más acentuados.

Fernando Travesí

 

Imagen: Brooklyn Domino Park (NY), por Marcella Winograd