Felix Trull: cerrar los párpados para abrir los ojos

Florencio Luque.- El inicio de Y de pronto, amanece, el nuevo libro de aforismos de Felix Trull (Apeadero de Aforistas, Sevilla, 2020), nos pone sobre las huellas de su recorrido (Ya noche,/ caminando,/ vi el instante de un relámpago/ sobre el charco de una calle/ cerré los ojos/ y, blanca e inmensa, y a la vez serena,/ se encendía un alba./ Hugo Mujica): la contemplación, absorta y estremecida, de la realidad, del asombro de que las cosas sean, de este encenderse un alba.

Dividido en nueve «jornadas», con sus correspondientes «apuntes» (se agradece la preocupación por la estructura del edificio, aunque, cierto, cada cual puede asomarse a la ventana que le apetezca o a la que el azar le lleve), por las que los aforismos se despliegan con fortuna, oficio y estilo, el libro se adentra, en una expedición serenamente enloquecida, por las huellas de unos pies descalzos, vale decir, entonces, por la evidencia de llevar siendo llevado. Y todo ello dicho, susurro, desvelamiento fraterno, leve sugerencia, con el balbucir de lo que no puede decirse, pero ha de ser dicho («Salen al paso. Las presencias. Me susurran. Luego, se desvanecen»). No faltan, pese a ello, o más acá de ello, guiños irónicos («A un cuerpo sin sombra le han robado el alma»), un cierto distanciamiento del estarse en uno mismo para abrirse a la infinita radicalidad de la indigencia con la que se presenta todo («Ponerse en marcha al anochecer. Caminar a oscuras. Despertarse en el mismo sitio»).

¿No es contemplar aceptar una razón paradójica? ¿No hay, en todo contemplar, la iluminación del koan? ¿No hay en todo cerrar los párpados un abrir los ojos a la serena intimidad de las cosas? Mucho, como ya indicaba, hay de ello en este libro de Trull (desde, la única, ilustración de la página de inicio, pasando por la de la portada y, citando, por ejemplo, este aforismo: «Un sinfín de gotas, y una única fuente.), pues, «desubicado», dice, «al fin me hallo» en lo Otro de sí. Voluntad de estilo, ese ser voz en el acorde del coro, «en la armonía que, secretamente, me vela y me desnuda». Sí, voluntad de estilo que, en las páginas de Y de pronto, amanece, está al servicio de invitar a la reflexión para alejarse de la receta de autoayuda. Así:

Aprendiendo, lograré morir ignorando.

Un pajarillo se aproxima a la salpicadura. Bebe y se baña. Me mira y se va.

Sin ropa, sin aliento, sin vida. Mi corazón late de nuevo. He renacido.

El cuerpo de un ave aplastado contra el suelo. Otro alzando su vuelo, al mismo tiempo. ¿A dónde vuelves, espíritu ligero? Llévame contigo.

La brújula es una pústula que se acaba desprendiendo. Por eso hay que confiar en la orientación de los pies.

Una cabaña abandonada en medio de la nada. ¿Qué mejor templo?

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