No. Una reflexión pandémica

En estos días la palabra “no” ha cobrado un valor de lo más singular. Las circunstancias nos obligan a ser positivos precisamente porque un gran No sobrevuela nuestras vidas. Te despiertas por la mañana y, a diferencia de otros tiempos pasados, piensas en todas las cosas que NO puedes hacer. No puedes salir a la calle, encontrarte con amigos ni abrazar o besar a tu abuelo o a tu madre. Tocarlos, olerlos, mirarlos sin una pantalla de por medio, oír sus voces en directo. Tampoco puedes acudir al bar de la esquina a tomarte un café, leer el periódico y pasear cerca de un parque. Ni de una playa ni de una librería con escaparates llenos de libros que te miran con los lomos abiertos… Podría explayarme con un exhaustivo catálogo de acciones que no se pueden llevar a cabo estos días pero sería tan largo y tediosos que mejor cada cual se imagine el suyo. Cada mañana nos despertamos, miramos el calendario y nos decimos: hoy es domingo. Hoy habría hecho esto o lo otro. Es mediodía. Hoy iría a comer a casa de mi madre. Hoy es lunes. A primera hora de la mañana estaría afeitándome frente al espejo, saliendo hacia al mundo… Pero no. No estoy haciendo nada de lo que se suponía que tenía que hacer. No.

Con las noticias que nos llegan a través de la televisión ocurre algo curioso también. A excepción de las noticias sobre el Tema (que ocupan el 99% de la parrilla informativa) el resto son fragmentos de la nada, son imágenes a contraluz de la realidad, fotogramas que se filtran desde otra dimensión. Noticias falsas o demasiado reales. Tomas aéreas de ciudades fantasmas en las que no hay nadie, imágenes que parecen esculpidas en el tiempo. No hay humanos, tan solo un jabalí recorriendo una avenida en soledad, como si el mundo estuviese desapareciendo lentamente. Drones sobrevolando playas desiertas y silenciosas en las que parece haber caído una bomba. Plazas vacías, bares cerrados, trenes sin gente y aeropuertos convertidos en cementerios de aviones. Conciertos que se suspenden, competiciones que no tendrán lugar, la nada extendiéndose a lo largo de la realidad como una nube de humo. Y además llueve.

El tiempo se alarga y se espesa. Vivimos en un no-tiempo, en una especie de sala de espera global expectantes por lo que va a suceder mañana. Como si tampoco el presente tuviese validez. Ya no miramos tanto el minutero del reloj. Miramos el calendario, miramos al futuro y nos rompemos la cabeza con suposiciones sobre qué sucederá la próxima semana, si se alargará el confinamiento, si se encontrará una vacuna, si dejarán las muertes de aumentar. Ansiosos de que cambien las cosas, de que la normalidad (oh, normalidad) se restaure en nuestras vidas. Ansiosos de que el NO se destruya y se instaure el SÍ. La vida, ahora lo estamos aprendiendo, es afirmación.

PEDRO PUJANTE

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