El cuerpo. Cegador, 2, de Mircea Cărtărescu

“El cuerpo”, segunda entrega de la serie Cegador del rumano Mircea Cărtărescu, es la continuación de “El ala izquierda”, obra que ya vio la luz hace dos años y que culminará con “El ala derecha” conformando así esta trilogía con la forma de la mariposa. Este es el proyecto más ambicioso del novelista bucarestino y la confirmación de un prodigioso prosista que destila literatura con la fuerza de un aedo posmoderno ensamblando lo autorreferencial y el mundo de los sueños.

En la obra de Cărtărescu son varias las coordenadas que hay que tener en cuenta para no perderse. En primer lugar su carácter autoficcional (con especial énfasis en lo ficcional más que en lo auto). El autor ha declarado, con ironía pero también reafirmando su compromiso estético-literario, que si se destruyese su cerebro se podría recomponer a partir de sus obras. En este sentido los lectores de “El cuerpo” encontrarán aquí muchos episodios (a veces en tercera persona) del joven Mircea, fragmentos de su memoria, de su familia y, sobre todo, de su ciudad natal, Bucarest, esparcidos como guijarros sobre los que refleja la luz de la fantasía. Lo autobiográfico está sedimentado en lo imaginario, porque para el narrador de Cegador la realidad no está completa si no se consideran las ensoñaciones y lo fantástico. La memoria es, para nuestro autor, inventada y la literatura, por tanto, no es sino un cúmulo de recuerdos rescritos y ficcionalizados. Y esta es la segunda clave para entender esta autobiografía mágica: lo fantástico. El autor disemina el territorio de su obra con escenas coloristas e imaginativas que participan de la fantasía, del mundo de los sueños y de lo mítico conformando una suerte de autoficción fantástica (según la entiende el crítico francés Vincent Colonna) en la que la realidad y lo imposible, los recuerdos y lo fantástico, los vivos y los muertos conviven con total naturalidad. La fantasía cartaresquiana es sobre todo alimentada por escenas oníricas, por estampas desdibujadas en la que los recuerdos son desenterrados como quien evoca un sueño, y las situaciones narradas adquieren la categoría de mitos. Y todo este caleidoscopio de imágenes, bestiario, ilusiones, vivencias, sueños y emociones se concentra en un solo punto: el yo. El yo imaginario del autor. Lo cotidiano se convierte en materia fantástica, y la fantasía adquiere la textura de lo real. En esta convivencia entre lo irreal y lo real una persona puede desarrollar alas de mariposa, o al tejer unas alfombras estas pueden mostrar misterios imposibles, o en un cuadro de un piso cualquiera se pueden descubrir escenas extraordinarias. Hay en la literatura de Cărtărescu cantidad de motivos ecfrásticos, pequeñas representaciones que tratan de acoger la totalidad del cosmos en un viraje que va desde lo microscópico a lo cósmico, de lo mínimo a lo total. Así como multitud de personajes y de historias, narraciones que son recogidas de un modo caleidoscópico, se entremezclan y se funden.

Por último también hay que destacar que a pesar del carácter fantástico de “El cuerpo” (como gran parte de su obra) el topónimo por excelencia es Bucarest (aunque aquí también Ámsterdam será uno de los escenarios de la novela). Bucarest es una ciudad que Cărtărescu reinventa, reconstruye desde las ruinas de la realidad para transmutarla en escenario de sus vivencias fantásticas. Pero la ciudad, para el autor, no es solamente un espacio físico o geográfico; también es una suerte de prolongación de su propio cerebro, una extensión de su yo, de su mente. Una interzona cuyas avenidas comunican con su pasado, con sus sueños y que enlaza de forma orgánica con su propio cuerpo. Esta fusión de espacios y no espacios, de materia y mente, de corporalidad y arquitectura es una de las constantes de Cegador. Cărtărescu articula su mundo novelístico mediante puntos de ensamblaje, conectores que difuminan las fronteras semióticas y ontológicas: texto/mundo, realidad/fantasía, vigilia/sueños, ciudad/cerebro, memoria/imaginación. Desde Bucarest, por ejemplo, se puede acceder al cerebro del narrador. Desde un sueño se puede desembocar en la realidad y desde el presente se llega al pasado. A través de un lugar tan mundano como un circo se accede a un espacio sagrado habitado por dioses y criaturas mitológicas en las que el joven Mircea se encuentra con su inexistente hermano gemelo Victor. O una ciudad como Ámsterdam puede existir una secta que considera el mundo un libro que se está escribiendo ahora mismo. Y esta ruptura de órdenes ontológicos y semánticos sirve para situar también al lector ante un abismo, ante la zozobra de que en cualquier momento la realidad que habitamos puede ser contaminada por la ficción.

La metafísica, lo religioso y lo místico tienen bastante importancia en esta entrega de Cegador, y a mi entender, es la parte que más lastra el libro. Es cierto que la obra novelística de Cărtărescu (al menos “El ala izquierda” y Solenoide) se caracteriza por una pulsión hacia lo ensayístico, con grandes digresiones de urdimbre f

ilosófica o seudocientífica,  aunque en “El cuerpo” se manifiesta esta pulsión de forma desmesurada, aparcando las narraciones del tal modo que el libro en su primera parte pierde intensidad. Pero la prosa de Cărtărescu es vigorosa, de gran aliento y extensas descripciones, y no se puede negar que las ramificaciones narrativas, las pequeñas historias que engarza en el cuerpo de la mariposa, funcionan como dispositivos narrativos independientes pero también coadyuvantes que iluminan (o al menos dotan de una bella densidad) la narración central. Cărtărescu ha poblado el libro con un gran número de personajes muy particulares, dotados de vida, en ocasiones, pero también, seres alegóricos, tan solo funcionales en cuanto a su simbolismo. Seres peculiares, extraños, que en manos de otro narrador adolecerían de inverosimilitud por extravagantes e incongruentes. Pero en el universo de Cegador deambulan con total naturalidad y son piezas imprescindibles para articular el relato. Un relato que como ya se ha dicho bascula entre lo confesional y lo maravilloso, entre la crónica y la evocación familiar, entre lo onírico y lo factual, entre lo autobiográfico y lo mítico.

Cărtărescu, con su “prosa hacia adelante”, una prosa arrolladora y abigarrada, pretende penetrar en todos los estratos de la realidad. Escribe desde el yo para alcanzar la totalidad. Su escritura se convierte en una exploración de los límites y al mismo tiempo una autoexploración. Es una escritura que trata de sobrepasar su propia semántica, más bien reconstruirla. Como si escribiese Cărtărescu hacia afuera y hacia adentro al mismo tiempo. Con un ojo puesto en sí mismo y el otro en el infinito. Con referencias al mundo exterior y alusiones constantes a su propia obra. Hay de hecho en “El cuerpo” referencias a personajes de “REM”, enlazando en una cinta de Moebius partes de una obra con la otra; y también juegos metarreferenciales, puestas en abismo que nos invitan a contemplar la obra de Cărtărescu como un juego inacabable, repleto de trampillas y de mecanismos, de engranajes perfectos, de pasadizos por los que dejarnos llevar. Porque para disfrutar de esta propuesta narrativa, de este Aleph desbordado debemos, en primer término, dejarnos llevar, acompañar al narrador-demiurgo por su mundo y confiarnos a él.

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