«Cuentos con mecanismo de relojería», de Faruk Sehic

Cuentos que atrapan el monstruo de la guerra de los Balcanes

El premiado director de cine, Emir Kusturica, y un ex soldado del Ejército de Bosnia-Herzegovina, Faruk Sehic, viajan en sus relatos al horror de la historia yugoslava

Nacido en Sarajevo en 1954, cineasta, actor, escritor y músico serbio, conocido internacionalmente por la fantasía desorbitada y la loca algarabía de sus películas, el talento de este director rara avis, Emir Kusturica (Palma de Oro en Cannes por «Papá está de viaje de negocios» y por «Underground»), una especie de Fellini del mundo balcánico, se traspasa exactamente, al modo de fieles vasos comunicantes, a su enorme maestría como cuentista. El mundo mágico, picaresco, de locos afectos, hazañas y melancolías provenientes de sus recuerdos brilla en todo su esplendor a lo largo de los seis maravillosos relatos de «Forastero en el matrimonio».

El drama «de hacerse mayor», de entrar en la edad adulta y penetrar en la cárcel obligada, y de por vida, de la realidad, aunque sea a través de libros y lecturas supuestamente edificantes que el pequeño antihéroe Aleksa Kalem -sólo interesado en asistir a los partidos del FK Sarajevo- rechaza con rebeldía, se sufre por su parte como una auténtica tortura. Pero el acoso no cesa: «Los libros son el alimento del alma», le dice su madre. «¡En ese caso no necesito alma!», responderá enfurruñado Aleksa. Personaje como sacado de «El guardián entre el centeno», en el caso de haber pasado Salinger por el turbulento universo yugoslavo y posyugoslavo, la imaginación, y el mundo, de Aleksa es tan desbordante como indomesticable. Un mundo que no en pocas ocasiones roza o entra de lleno en las más fantásticas ficciones, como es el caso también de las novelas de ese otro genio actual e incatalogable de la literatura serbia llamado Goran Petrovic, autor de «Bajo el techo que se desmorona» (Sexto Piso), entre otras novelas igualmente magníficas.

Barrio gitano

Kusturica es un inolvidable y magistral especialista en recrear las tribulaciones de niños y adolescentes soñadores, junto a pandillas de golfos, crápulas organizadores de peleas de perros en el barrio gitano de Gorica o pequeños delincuentes de barrio que normalmente «acaban en la cárcel».

Sin embargo, estos tiernos seres descarriados han conservado intacta la capacidad de «extasiarse ante quienes eran inteligentes y chorizos a la vez sin ser por ello criminales». Aun así, nada cuenta a su favor: «el destino les había asignado el vicio como camino vida». Kusturica es un narrador nato, en estado de gracia permanente, ya sea contando la historia de un niño solitario que confiesa sus pesares y secretos a una carpa oculta en el sótano de su edificio, o las disparatadas aventuras de hijos de «padres no hechos por las normas JUS («Jugolovenski Standard», normas yugoslavas)» que ganan su prestigio como descarados impostores. Al serle repetida machaconamente en su casa la historia de la madre del pequeño Momo Kapor que con su cuerpo lo protegió, salvándolo de una bomba fascista lanzada sobre Sarajevo, el pequeño Aleksa Kalem decidirá (en el relato que da título al volumen, «Forastero en el matrimonio») convertirse en el mismísimo Momo Kapor, como aquel personaje de los rusos Ilf & Petrov, que recorría toda la URSS simulando ser un héroe de guerra soviético.

Pesadillas recurrentes

Por su parte, al espléndido escritor Faruk Sehic, nacido en 1970 en Bihac, República Socialista Federal de Yugoslavia, en su día soldado del Ejército de Bosnia-Herzegovina, lo descubrimos a través de unasoberbia e inusual primera novela, «Las aguas tranquilas del Una» (La Huerta Grande), obra que merece figurar como auténtico clásico de la literatura moderna bosnia. Mezclando la realidad más sobrenatural y poblada por pesadillas recurrentes con ficciones cercanas a la ciencia ficción y a leyendas surgidas de los peores escenarios de una guerra pasada y a la vez eterna, en el volumen «Cuentos con mecanismo de relojería» «el monstruo» de la guerra vuelve una y otra vez.

Ya sea en el excelente relato «El tiempo vuela», así como en «El rey de las mierdas», «Mi Atlántida privada», «La metamorfosis» o «Matrix en Belgrado», Sehic sigue manteniendo de forma admirable y deslumbrante el mismo tono de tremenda y durísima belleza lírica que hace estremecer al lector no pocas veces. El fantasma del odio y la destrucción, de muertos y heridos, de cicatrices en el cuerpo, «brotó entre generaciones a través de la violencia familiar» y logró aniquilar todo rastro de humanidad «en civilizaciones que desaparecen en pocos días»: «La edad de oro del hombre ya ha pasado y el mono ha tomado el control. Más que nunca, avanzamos hacia atrás (…) Antes de todo esto, el mundo era negro y blanco, estable, como el franco suizo. El Muro de Berlín sostenía nuestra realidad sobre nuestras espaldas. Nuestro atlas era fuerte y seguro».

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