‘La polilla en la casa del humo’, de Guillem López

PEDRO PUJANTE.

Si algo define a un buen escritor, a día de hoy, no es tanto que sepa escribir con corrección gramatical o contar una historia más o menos coherente y bien estructurada. Esas habilidades son necesarias, pero no destacables. Lo esencial es que un escritor construya un mundo único, un espacio literario original. Un universo propio que atrape al lector y que consiga crear la ilusión (la literatura es básicamente un juego de ilusiones) de que es real. Y no hablo solamente de la verosimilitud, sino de dotar al relato de tal fuerza que arrastre al lector hacia su epicentro. Esto lo consigue Guillem López en esta novela que ha reeditado Aristas Martínez con acierto.

Esta es la historia, en primera persona de Veintiuno, un superviviente que a base de mentiras y relatos más o menos fantasiosos trata de hacerse hueco en su extraño mundo. De escalar, de posicionarse. Muerte, traición, luchas sociales, drogas, palizas, cavidades, escombros, poder y mierda. Matones, clanes, culto al dios de la máquina, humanos con modificaciones corporales y espacios oscuros, túneles de una realidad profunda que hace tiempo dejó de asomarse a la superficie. Veintiuno, el protagonista de esta historia, es un antihéroe, un despojo de una sociedad subterránea, en un tiempo postapocalíptico. Una sociedad que se ha desarrollado en grutas, alejada de lo que conocemos como civilización. Como si la evolución hubiese se hubiese contraído hacia una animalidad feroz, los habitantes de este submundo, han elaborado una serie de rituales y códigos, una forma de vida despiadada y regida por la fuerza que hace que la existencia sea una continua lucha por la supervivencia. 

Guillem López ha logrado reflejar, con un lenguaje preciso y vigoroso, con una prosa de gran fuerza plástica, este mundo subterráneo, un mundo duro y sucio, escatológico y demencial. Como si los personajes de Mad Max hubiesen emigrado al infierno de un Dante alucinado, como si las novelas de Rafael Pinedo hubiesen sido reescritas por Lautréamont. Como si Carlton Mellick II hubiese renunciado a su sentido del humor para hablarnos de la cara B del apocalipsis y del horror de los descendientes bastardos de la Humanidad.

Una novela dura como la roca, que trata sobre la supervivencia, sobre parásitos e inmundicia, y sobre la pérdida de los valores más esenciales. Del cuerpo como último reducto, de la ilusión que florece, como una efímera flor, en mitad del fango. Pero también estamos ante una aventura mínima sobre la transformación y el viaje del héroe, aunque este héroe esté definido y condicionado por su propia miseria. 

Fábula de ciencia ficción, una novela picaresca punk deliciosa y magnética. 

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