Recomendación de un poeta del siglo XX en días de cuarentena (II)

Supe de Gabriel Celaya por su célebre verso «la poesía es un arma cargada de futuro». En las explicaciones que guardo en la memoria de uno de mis mejores profesores, Antonio Medina de Haro, unía los versos de Celaya con las ideas del compromiso literario de Jean Paul Sartre (¿Qué es la literatura?), sin abrir el libro de Literatura del siglo XX, a cargo de Lázaro Carreter y Vicente Tusón, editado por Anaya, más que un libro de texto, era todo un manual de literatura, al que he acudido muy de vez en cuando.

En mi ingenuidad de estudiante de COU pensé que la aspiración de que la poesía pudiese transformar el mundo era sobresaliente, y que podía convertirse en una solución a tantos males. Era la voz de una conciencia colectiva, una ética del compromiso con la sociedad durante la posguerra, lo que luego pasó a denominarse poesía social. Su poesía tuvo el mismo recorrido que la del gran Blas de Otero, de la poesía existencial, expresión de problemas y circunstancias vitales reales ante un mundo deshecho y caótico (en libros como Tranquilamente hablando) a una poesía concebida como «revelación del mundo», de ahí que «deseo comunicaros cómo es», en palabras de Celaya. Toda una poética en esa expresión. El poeta se sentía en la obligación de verbalizar la falta de libertad, la injusticia social, la angustia, el dolor… Fueron la primera promoción de posguerra.

Una vez terminada la Selectividad, corría el verano del 94, devoré varios libros del escritor vasco, la trilogía que componen la poesía dirigida a la mayoría, Las cartas boca arriba (1951), Cantos iberos (1955) y Canto en lo mío (1968). Sentía que aquellos poemas eran diametralmente opuestos a los de Juan Ramón, a la poesía pura, dedicado a la inmensa minoría. El destinatario de los versos del guipuzcoano era el hombre de la calle. El poeta ponía toda su voluntad en acercar la poesía a cualquiera: el estilo coloquial, un tono más sencillo, el carácter narrativo del discurso… Paradójicamente, estos recursos implicaban una dificultad: sólo un escaso número de receptores podía comprender los textos en su totalidad. Según me enteré, años después, fueron libros censurados por la ceguera del Régimen. Donde ellos leían «rojo», verían traición, revelación, lucha.

Así concluía el poema que dedicaba a Blas de Otero, perteneciente a Las cartas boca arriba:

 

Por eso, amigo mío, te recuerdo, llorando;

te recuerdo, riendo; te recuerdo, borracho;

pensando que soy bueno, mordiéndome las uñas,

con este yo enconado que no quiero que exista,

con eso que en ti canta, con eso en que me extingo

y digo derramado: amigo Blas de Otero.

 

Luego vendría su aclamada entrega, De claro en claro (Premio de la Crítica, 1956). Después vendrían publicaciones, junto a la poeta Ámparo Gastón, fuente de inspiración y estrecha colaboración, una serie de poemarios con los que trataba desprenderse de esa etiqueta, un sambenito que, aún hoy en día, tiene colgado, «Celaya, poeta social».

Pero, con esta entrada, pretendo señalar que Gabriel Celaya fue poeta de poetas también en otra senda, la vertiente metaliteraria. Su poesía se circunscribe a «la novena zona temática», como indica en su estudio Leopoldo Sánchez Torre (1993). Dos motivos conforman la práctica metapoética: la función del poeta en la sociedad y el valor de la poesía. En el poema «Pasa y sigue» desarrolla una dimensión poética a través de una proclama dirigida a los jóvenes poetas en alusión explícita, escribe: «Oh, jóvenes poetas!, mirad estoy llamando».

Rescato del poema «Vivir para ver» sólo unos alejandrinos espigados en los que se concreta la poética social, donde el contenido metapoético trasciende la defensa del programa transformador. Tiene forma de aparente manifiesto, pero se expresan además de las ideas acerca de la función social y del poeta, las exigencias de la poesía en ese momento, los temas y la forma que debían tener, la capacidad de comunicación…, en suma, se trata el lenguaje poético en el marco de la poesía:

 

Recordad: no estáis solos. Recordad que si canto,

mal o bien, canta dentro de mí, sin nombre, el pueblo,

no abstracto, no eludido, ferozmente concreto.

 

En 2015 Luis García Montero incluye el mismo componente metadiscursivo en el poema «En pie de paz», del cual espigo unos versos, curiosamente también en alejandrinos:

 

En pie de paz, yo vuelvo, regreso a las palabras,

a vosotras antiguas camaradas del mundo,

camaradas del hombre que os pide y os levanta

hechas lirio, consigna, empeño de futuro.

 

Con ello vengo a demostrar que un poeta de los ochenta toma, como otros tantos tomaron, el sentido de reflexionar sobre el hecho poético, como si de una consigna o un programa social se tratase. Hay compartimentos iguales, analogías, corrientes sucesivas, precedentes, que a todos nos unen, por mucho que haya quienes rehuyan de haber practicado esta fórmula, a sabiendas que han compuesto al modo de Celaya. En fin, nada mejor que volver a la poesía cívica, en estos tiempos.

El poeta de Hernani volvería a tratar temas con un enfoque existencialista, ocupándose del lamento del ser humano en el paso del tiempo, la soledad, etc., en distintos libros, pero yo me quedo aconsejando esta parte de su obra, o mejor dicho, esta perspectiva, la vertiente metapoética.

 

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