Por Iago Fernándz

@IagoFrnndz

Seamos sinceros y a las bravas: en tanto que lector, me da lo mismo la opinión del crítico de turno. Más que la opinión de un particular, me interesan sus razones. 

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Por eso distingo entre dos tipos de críticos culturales cuya identificación creo tan necesaria en estos tiempos: los críticos de opinión y los críticos de razones. Los primeros se agazapan en lo oscuro; los segundos campan a la luz y son benignos. Cuando digo que los primeros se agazapan en lo oscuro, me refiero a que establecen como juicio sumarísimo de una obra sus impresiones respecto a lo leído, como si éstas tuvieran, por sí mismas, algún valor, como si éstas pudieran, por sí mismas, esclarecer de algún modo los horizontes del lector más que condicionarlo y confundirlo. O, peor aún, a que someten un juicio u otro a su particular gusto estético, ¡como si el gusto fuera extrapolable y hubiera de cerrarnos a cal y canto las miras o, más llanamente, como si nos impidiera comprender la validez de otras formas de expresión!  Abundan en la red. También en los suplementos culturales y en las revistillas. Por norma general, su prosa es infamante y la escasez o la arbitrariedad de sus referentes les concede un descrédito evidente que no todos los lectores saben, o se empeñan en no saber detectar bañado por una luz de alarma. Pero lo peor es el arrogo décadent con que se pronuncian, porque aún encima exigen o reclaman su espacio, como si no fueran a encizañarlo o les diera lo mismo interceder en el caso tan negativamente. Dicen cosas como que: Ésta es mi opinión. Parte de una estrecha relación subjetiva con el libro, o está conformada por mi exclusivo gusto estético, y así la expongo. La cultura es de todos y estamos hartos de esa ardua intelectualización a la que la sometéis«. Lo cual pasa por convertir cualquier organismo de propaganda cultural en la terraza de un bar y presuponer un lector con el mismo rango de comprensión que el crítico, o que no debiera guardar otro mayor. Pues, ¡son sus sentimientos, gustos particulares e impresiones. No son cuestionables, sino al contrario: muy dignos/as de loar por la valentía que subyace a su exposición pública! …Estéril impudicia lo llamo yo.

Los críticos de opinión no comprenden, no han comprendido, ni comprenderán jamás que tal cosa, los sentimientos y los gustos de un particular, al lector de crítica no han de importarle, a menos que posteriormente se envaren en una reflexión de peso y lo aproximen a la obra analizada de forma buena. La proliferación del crítico de opinión en el S. XXI significa sólo eso, un arrogo y una afrenta al lector inteligente, pero al arropo de una supuesta ética de la sinceridad. Sinceridad sin macerar que sólo embosca, sinceridad que no encuentra con qué conocimiento fundarse y así se revela caediza, vacua forma de expresión. Y yo, señores/as, como lector de crítica literaria, quiero saber qué significa o pudiera llegar a significar un libro para mí, no para ellos, según lo que sientan o de lo que gusten. Porque ellos, los críticos, pero sobre todo los críticos de opinión, están muy por debajo de los autores y quedan al servicio de nosotros, es decir: median. Que se dejen de eclipsar con sus puerilidades la falta de entendimiento, de reconducir lo escrito a un ángulo ciego donde, finalmente, nos remiten sólo a sus egos henchidos como ampollas.

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Y ahora quizá recaiga en la autocrítica: el ego henchido como una ampolla del estilo. Porque quisiera ser crítico de razones, crítico de luz. Y esa opción no se comprende si uno no se sabotea a sí mismo, si uno no calibra sus limitaciones y las expone en esta tarde de domingo, súbita, previa a los exámenes. Yo el estilo lo creo un estandarte de las letras, esto no es una tarea científica. Los lenguajes humanísticos y los de las ciencias son netamente distintos y refieren objetos de conocimiento diferentes. Yo no digo: este libro pesa tantos gramos y lo leo a una velocidad vectorial X, por lo cual, y en razón a los factores a, b y c, el resultado final de su lectura me da que: Y, es decir, que es muy bueno, o muy malo; cómprenlo, o no. El estilo no es neutral, sino al contrario, connota aquello que se dice de un objeto de análisis, y su capacidad expresiva lo vuelve también una manera de enjuiciar y valorar positiva o negativamente, así como de plantear una relación u otra con el lector («es una opción moral», como dijera de los travellings Godard).

 Pienso en el estilo de Harold Bloom [me estoy refiriendo, ojo, al estilo de sus trabajos últimos, no al de su etapa cabalística o deconstruccionista]. Con mucha sensatez, quiso exponer los tótems de la literatura occidental al  gran público, al plasma efectivo de países, lenguas e identidades culturales a quien corresponde, indistintamente, su disfrute, y dio espaldarazo a los alambicados modos de la academia y a los tecnolectos de la posmodernidad. Digamos que sintonizó así la forma con el fondo de su propuesta.  Existe también el ejemplo contrario: Maurice Blanchot, aquel crítico literario tan  hermético, tan simbólico y mallarmeano al que admiro por idénticas razones, esté en desacuerdo o no con sus planteamientos. De modo que no ha de ser óbice para el buen resultado de una crítica cultural la utilización de un estilo algo abstruso, a veces sobreadjetivado e intento que sonoro. Al contrario. Ustedes no son tontos, saben. Y de no saber, piensan. A contrapelo de lo que yo prescribo, un crítico de opinión jamás tendrá un estilo y se amparará en una supuesta transparencia lingüística o (¡y esto es mucho peor, lo más recóndito de lo oscuro!) ¡le robará el estilo a otros para exponer contenidos que de nada le sirven al lector de crítica, tendiéndole poco más que una bolsa llena de pegamento! Porque es muy fácil ir bien peinado y proferir sandeces en los salones de la crítica, en los salones de té de la crítica, en los repintados pero tumefactos salones de té de la crítica, donde todo se permite.   

    Pero ustedes saben.