Por Gonzalo Muñoz Barallobre.
 
 

Alegoría del triunfo de Venus, Bronzino (1503-1572)

 

 

El Amor no existe. Lo que tenemos son los actos diarios de amor. Por eso, no debemos decir “te quiero” sino “te estoy queriendo”, y así romper con esa concepción estática de la entrega, de una vida compartida. El incendio debe ser permanentemente alimentado. Con cada despertar la promesa debe ser renovada. Una renovación que no puede nacer de la inercia, del miedo a quedarse solo, del estar acostumbrado a la otra presencia. Debe brotar de algo que entre los amantes se ha mantenido vivo: una fuerza que quiere crecer y desarrollarse. Por eso, cada gesto debe ser doble, tener dos sentidos, uno que alimente al presente y otro que abra el futuro. Debemos dar aquí y ahora y, a la vez, sembrar posibilidad. No nos engañemos: con amar no basta, además ha que saber hacerlo. ¿Y qué es amar bien? Ante todo, fortalecer al otro. Obligarle a dar lo mejor de sí. Y devolverle, a través de nuestra vida, la tierra necesaria para enraizarse en el mundo. De esta alquimia vital nacerá un centro, un eje compartido, que permitirá hacer de dos biografías una historia digna de ser vivida, un jardín en un universo que naufraga, una alegría compartida dentro del corazón de lo que sois y de aquellos que os rodean.