Por Ignacio G. Barbero.

El nivel de vida que tiene cada ser humano está determinado directamente por el sistema económico que organiza los recursos naturales de su tierra y los bienes producidos, añadido a las leyes del estado donde habita. El capitalismo que nos ampara, progresivamente, ha ido minando cualquier resistencia legislativa de carácter nacional y campa a sus anchas por el territorio mundial (con algunas, escasas, excepciones). El resultado de este libertinaje deviene en el deseado descontrol ante cualquier inversión o explotación de las multinacionales. Estos procesos buscan, sobre todo, el mayor beneficio económico posible al menor gasto, a saber: rentabilidad. No se da un análisis profundo de los efectos nocivos, a nivel ecológico y humano, que pueden tener sus prácticas.

Esta ética de la rentabilidad ha sido impuesta con tanta virulencia en el mundo que no sólo actúa a nivel económico sino, también, a nivel individual. El comportamiento no se articula y se examina en función de las virtudes que uno pueda poseer, tales como la templanza o la justicia. Éstas son ornamentos superficiales , monedas sin valor. La relevancia de una persona radica, ahora, en la calidad con la que usa su tiempo, esto es, el tiempo que invierta en realizar una labor ha de generar una serie de frutos que justifiquen ese gasto. Si esto no se realiza, la tarea se torna inútil y el sujeto, por extensión, también. Alguien que no produce con frecuencia –lo que sea- no es alguien relevante, independientemente de los medios utilizados y sus consecuencias. La clave es generar, aportar, hacer que la vida- propia y de los demás- parezca útil, que el tiempo no se pierda.

El tiempo y la vida personales, por tanto, se han convertido en cosas, en bienes de consumo. El propio uso eficiente de esas variables no puede ser reprobado. El problema surge cuando comprendemos que también son maleables por el sistema económico del que participamos, que los fragmenta y esclaviza en un mismo movimiento. De un lado a otro podemos ser fichados, asalariados, manipulados y despedidos en aras de la estabilidad de “los mercados”. No tenemos escapatoria , pero sí un beneficio evidente que hace que olvidemos con facilidad este grave atentado contra la dignidad personal: vivir en la parte económicamente privilegiada del mundo.

Ahora bien, esto implica que hay una parte claramente desfavorecida, personas que sufren una pobreza material sangrante. La causa de este desajuste, volviendo al comienzo, es el ejercicio del capitalismo en su forma más liberal, el cual lleva mucho tiempo expoliando los recursos naturales y personales de naciones que se hunden, con ello, en la más absoluta de las miserias. El trato injusto que se dispensa en las relaciones comerciales frena cualquier posible desarrollo.

La ética de la rentabilidad se ejercita con el mejor de los resultados en este ámbito de operaciones. Las gentes de esos países son sólo “mano de obra barata”, esclavos supremos de la cadena de la riqueza, piezas-cosas-útiles reemplazables con suma facilidad. Nada más práctico que el uso y abuso de su tiempo y existencia para la fabricación de productos que llegarán a nosotros. Su desprotección laboral es perfecta para no pagarles con equidad. En consecuencia: mínimo gasto, máximo beneficio; lo rentable en su más pura expresión. La banca gana y, con ella, también nosotros.

Esta injusticia se perpetúa con denodada fuerza e impostada legitimidad. No parece tener un fin cercano desde un punto de vista estructural, mas entiendo que es necesario un ejercicio de conciencia que vaya unido a una ética compasiva. Ésta reconoce, ante todo, la inalienable dignidad de todo ser humano y, por tanto, el deber de que sea tratado siempre como un fin en sí mismo y nunca como un medio, tomando la feliz definición de Kant. Al asumir en cuerpo y alma la necesidad de este principio, no podemos evitar sentir desasosiego por la ética y las costumbres que fundamentan nuestra prosperidad, ahora completamente inmorales, y protestar, angustiados, por su vigencia.

Se trata de un momento de revolución personal. El valor del individuo no descansa en la rentabilidad de su producción sino en su propia dimensión personal -infracturable y común a todos. No somos, y nunca hemos sido, bienes de uso. Defendiendo esta postura con integridad comenzamos a actuar contra los ejercicios vejatorios del libertinaje capitalista.