Por Carlos Javier González Serrano.
Hace unos días leía algunos textos de Freud sobre los llamados actos fallidos (aquellos en los que se manifiesta una forma de expresión distinta e incluso contraria a la intención originaria del sujeto). Éstos son considerados por la mayor parte de nosotros como acciones nimias, sin importancia. Pero ¿por qué centra el psicoanálisis su atención sobre ellos? A juicio de este movimiento, nuestro error consistiría en confundir la importancia de tales actos con su mera apariencia, con su simple manifestación. ¿Cuál es el motivo para que estos fenómenos acontezcan? ¿Por qué se producen?
Los actos fallidos suelen ir acompañados de otras manifestaciones, o bien se asocian unos con otros. Ahora nos preguntamos por el sentido de su aparición. El psicoanálisis pretende ir más allá de las explicaciones fisiológicas o externas (influencia del contexto, influjo de los nervios, etc.), que considera explicaciones válidas pero en ningún caso suficientes. Para los psicoanalistas, el acto fallido posee la estructura de un acto psíquico completo, y además, no es fruto de la casualidad: su significado puede ser indagado -y averiguado. Este tipo de actos esconden una intención que nos dice algo del psiquismo del sujeto que lo lleva a cabo (por ejemplo, decir lo contrario de lo que se quería decir o emplear una expresión de sentido antitético), aunque en ocasiones la equivocación no es lo fundamental (como cuando se vocaliza mal una palabra). De este modo, el psicoanálisis establece dos momentos en el acto fallido: una intención que se manifiesta y otra que queda latente, sumergida. En definitiva, se da una oposición entre dos tendencias: la de una idea perturbada y una idea perturbadora. Ahora bien, ¿son ambas conscientes?
Así, el psiquismo es presentado como un campo de batalla. Pero, ¿quiénes son los contendientes? Schopenhauer explica a lo largo de toda su obra magna, El mundo como voluntad y representación (léase con atención, por ejemplo, el Capítulo 19 de su volumen segundo), que la voluntad considerada en sí es un apremio inconsciente, ciego e irresistible: ella es el corazón mismo de la naturaleza, de todo lo existente, definición estrechamente emparentada con la libido freudiana. ¿Encontramos en Schopenhauer un joven preludio, un pionero en sentido estricto de las indagaciones psicoanalíticas? En el texto “Una dificultad del psicoanálisis”, fechado en 1917 (cfr. Obras completas, Biblioteca Nueva: Madrid, 1972-1975, vol. VII, p. 2.436), leemos: «Solo una minoría entre los hombres se ha dado clara cuenta de la importancia decisiva que supone para la ciencia y para la vida la hipótesis de procesos psíquicos inconscientes. Pero nos apresuramos a añadir que no ha sido el psicoanálisis el primero en dar este paso. Podemos citar como precursores a renombrados filósofos, ante todo a Schopenhauer, el gran pensador cuya “voluntad” inconsciente puede equipararse a los instintos anímicos del psicoanálisis, y que atrajo la atención de los hombres con frases de inolvidable penetración sobre la importancia, desconocida aún, de sus impulsos sexuales». Así pues, Freud mismo tiene a Schopenhauer como maestro de sus propios pensamientos. ¿Pero fue esta relación tan “fácil”? Desde luego que no…
Que Freud reconozca a Schopenhauer como “pionero” no quiere decir que lo considere a la vez como una suerte de musa inspiradora. En el mismo tomo de las Obras Completas ya citadas, encontramos el siguiente fragmento (cfr. ibid., p. 2.971): «Las amplias coincidencias del psicoanálisis con la filosofía de Schopenhauer, el cual no sólo reconoció la primacía de la afectividad y la extraordinadria significación de la sexualidad, sino también el mecanismo de represión, no pueden atribuirse a mi conocimiento de sus teorías, pues no he leído a Schopenhauer sino en una época muy avanzada ya de mi vida». Freud reincidirá en el parentesco intelectual que existe entre su doctrina y la del filósofo de Dánzig, pero siempre insistirá en que no conoció su pensamiento hasta después de redactar lo principal de sus obras. Leamos un último testimonio del fundador del psicoanálisis (cfr. ibid., vol. V, p. 1.900): «En la teoría de la represión mi labor fue por completo indepediente […] y durante mucho tiempo creí que se trataba de una idea original, hasta que un día O. Rank nos señaló un pasaje de la obra de Schopenhauer […] en el que se intenta hallar una explicación de la demencia. Lo que el filósofo de Dantzig dice aquí sobre la resistencia opuesta a la aceptación de una realidad penosa coincide tan por completo con el contenido de mi concepto de la represión, que una vez más debo solo a mi falta de lecturas el poder atribuirme un descubrimiento. No obstante, son muchos los que han leído el pasaje citado y nada han descubierto. Quizá me hubiese sucedido lo mismo si en mis jóvenes años hubiera tenido más afición a la lectura de los autores filosóficos». ¿Alguien se atreve a interpretar psicoanalíticamente estas afirmaciones?
Si echamos un vistazo a los Manuscritos Berlineses de Schopenhauer, encontramos un texto (redactado en 1829, cuando ya se habían cumplido más de diez años desde la publicación del primer tomo de El mundo como voluntad y representación) en el que el filósofo explica lo siguiente: «La consciencia es enteramente fragmentaria. […] Salta a la vista que sólo una ínfima parte de nuestro propio ser cae bajo nuestra consciencia, permaneciendo el resto en el oscuro transfondo de lo inconsciente, que acaso constituya lo más peculiar de nuestro ser». De este “ser peculiar” brotarán, a juicio de Schopenhauer, todas nuestras corazonadas, nuestros presentimientos y, además, todas nuestras acciones. Si inspeccionamos el Capítulo 14 del segundo volumen de MVR (“Sobre la asociación de pensamientos”), daremos allí con una expresión que nos sacará de toda duda (si aún alguien las guardaba al respecto de la relación entre Freud y Schopenhauer): el pensador alemán nos habla de “oscuras profundidades” donde es “rumiado” el material que recibimos del exterior, cuyo resultado serán nuestros pensamientos… conscientes. Pero, y hay que dejarlo muy claro, la consciencia resulta ser para Schopenhauer la “mera superficie de nuestro espíritu” -de la que no conocemos lo esencial, lo más íntimo, sino sólo la corteza, pues la voluntad es en sí acognoscitiva, se halla privada de conocimiento. Así, en sus palabras, «los pensamientos claramente conscientes son simplemente la superficie, mientras que por el contrario la masa es lo borroso, el eco de las intuiciones y de la experiencia en general, entremezclado con el propio temple de nuestra voluntad, que es el núcleo de nuestro ser».
Para otro momento dejamos la teoría sexual de Schopenhauer y su relación con la libido y la represión freudianas, así como la interpretación de los sueños (que en el filósofo alberga una importancia de primer orden). Concluyo hoy con una cita de Schopenhauer escasamente conocida, de honda repercusión en el pensamiento de Nietzsche (se trata de una nota a la que pocos hacen caso, y que la podréis encontrar en el primer volumen de Parerga y Paralipómena, Cap. V, en la edición de Trotta: Madrid, 2006, p. 435): «Como nuestro cuerpo en las ropas, está nuestro espíritu encubierto en la mentira. Nuestro hablar y actuar, todo nuestro ser es mentiroso: y solo a través de esa envoltura se pueden a veces adivinar nuestros verdaderos sentimientos, como a través de las ropas, la forma del cuerpo».
¿Cómo, pues, “adivinar” ese contenido a partir de lo meramente aparencial… sin el riesgo «de dañarnos de manera que ningún médico pueda ya curarnos»? (cfr. Schopenhauer como educador, F. Nietzsche, Valdemar: Madrid, 2006, pp. 39-41).