Por Gonzalo Muñoz Barallobre.

Nos es muy difícil perdonar. El pasado es un lugar, en cierta medida, cerrado. Pero aun siendo difícil lo hacemos. Pero que nadie se equivoque: ni el presente ni el futuro se pueden perdonar.

Para muchos, la palabra “perdón” se refiere a un acto que implica a dos personas. A mí, este tipo de perdón no es el que más me interesa. Yo quiero hablar de algo más delicado y, si cabe, más oscuro y abismal: el perdón a uno mismo. Hablo de una tarea que nos es casi imposible.

“Me perdono”. Con decirlo no basta, porque en este tipo de perdón se necesita asumir y abrazar la culpa. En el otro, aquel que implica a dos personas, se puede mentir. Regalar palabras llenas de sonoridad pero vacías de emoción. Pequeñas creaciones que nos permiten, en muchas ocasiones, sobrevivir a los otros. Pero con uno mismo, esto no vale. Las reglas son muy distintas y no hay escapismo posible.

Una de las Bienaventuranzas dice: “bienaventurados los que lloran, porque ellos serán perdonados”. Llorar por nosotros es la primera piedra de la escalera que conduce al autoperdón.

Pero para reflexionar sobre el perdón a uno mismo, será necesario tocar la cuestión de la soberbia. ¿Quiénes nos hemos creído para no perdonarnos? Rebosantes de ella somos incapaces de liberarnos de la culpa. Y es que nos sentidos vertebrales en la existencia y pensamos que el delito cometido ha profanado a todo el Ser, cuando nuestro pecado no le ha hecho ni parpadear.

Hemos errado, bien, lo hemos reconocido, hemos llorado y hemos abrazado la culpa. Con eso basta, las cuentas quedan a cero. Tenemos que saber liberarnos, ser justos con nosotros mismos y saber que detrás de la expiación está el perdón.

Que lo hecho no se pueda modificar no quiere decir que no los podamos purgar a través de nuevos actos. Y es que dejar que algo se enquiste en nuestro espíritu es dejar que una infección se extienda en nosotros. Una infección que será la sombra que acompañe a todos nuestros gestos. Marcados con una aureola negra nos deslizaremos por los días dejando en nuestras huellas la firma de la culpa. ¿Quién puede vivir así? ¿Quién puede aguantar semejante crucifixión? Sé generoso contigo y libérate. El perdón es uno de los actos más hermosos que el hombre pueda conocer ya que nos brinda la posibilidad de reinaugurar nuestra propia vida.