Por Silvia Campillo.

Se le echaba de menos. Hacía más de tres años que Yann Tiersen no actuaba en Madrid, por lo que el lleno en La Riviera estaba casi asegurado. El compositor francés presentaba su último trabajo, Dust Lane. Un disco cargado de guitarra y nuevos sonidos a los que, poco a poco, va acostumbrando a sus fieles.

A los asistentes, clones entre sí, aficionados a las gafas de pasta, las chaquetas con coderas y las gafas de pasta, el concierto les supo a poco. Pero, en apenas una hora y media, Tiersen pudo demostrar, de sobra, que es un virtuoso de la música y de que, actualmente, hay muy pocos capaces de hacer lo que hace él. Homenajeó a la guitarra y al sonido electrónico, renunciando al intimismo y al murmullo melancólico de las primeras veces.

Se oyeron ruegos desde la pista (seguramente a petición de alguna novia enamorada) para que recordase alguno de los temas que le convirtieron en referente de la vanguardia musical europea. Pero ni huella de Jeunet ni de Becket. Tan sólo hubo pequeños guiños minimalistas a su anterior trabajo, Le retrouvailles, que no consiguieron apaciguar, sin embargo, el apetito de los asistentes. Un poco más de acordeón y violín no habría estado mal pero, cerrando los ojos, era fácil visionar la cúpula del Sacré Coure. Madrid olía a París.

Al salir, había dejado de llover.