El Cine, un paseo entre el amor y la muerte

Por Luis Muñoz Díez.


Scarlett y sus irresistibles labios

¿Por qué nos engancha tanto el cine? La respuesta es muy sencilla: cuando te introduces en una sala de proyección te despojas de todos tus prejuicios y te permites todo lo que jamás te atreverías a hacer en tu vida cotidiana. Disfrutas de un desdoblamiento que permite que te identifiques con los personajes y vivir sus vidas, que miras en la pantalla como un voyeur seguro de no ser visto. Ese emboscado lugar te permite saber cuáles son sus pensamientos e intenciones, y ahí anidas una identificación inconsciente.

 

La sala se convierte en diván de psicoanalista, a un módico precio, donde puedes confesar sin ser censurado lo mucho que odias a tu padre, que tu mujer te da grima, que querrías ver muerto a algún compañero de trabajo y que sueñas constantemente que puedes volar. Una vez exteriorizados todos estos sentimientos, tan antisociales, sacas un billete y se lo entregas al terapeuta. Él te despide educadamente, con la expresión de un huevo, y al cruzar el dintel vuelves a ser el individuo medroso e incapaz de matar a una mosca, correcto en el trato e incapaz de disgustar ni al jefe ni a mamá.

 

Este foco hipnótico también tiene un parecido con las fantasías sexuales que uno se permite cuando actúa en solitario e incluye en su recreo prácticas que jamás se permitiría ni con la amante más complaciente. Por esa razón el sexo en solitario tiene tanta cancha a lo largo de toda nuestra vida, duermas solo o acompañado.

 

El cine es un potente excitante para la imaginación. ¿Quién de niño no ha querido ser Tarzán? El amigo de los animales -menos de los cocodrilos, porque con ellos no parecía tener mucha empatía- y desplazarte por la selva de liana en liana. Viajar en la nave de La Guerra de las galaxias o subirte en el carro de Indiana Jones. Cabalgar con la brisa en la cara por el lejano Oeste o enfundado en un yelmo medieval, mientras se sujeta a tu cintura tu frágil dama. Besar a Scarlett Johansson o sopesar la anatomía de Brad Pitt en Troya sin ver cuestionada ni un ápice tu virilidad.

 

Pero también en la sala se ilumina tu lado oscuro y te permites husmear en conversaciones privadas, te permite participar de los planes de gángsters o sicarios. Animas a Terminator a  matar a aquel moribundo que tiene la indignidad de no morirse después de haberlo pateado y tiroteado. O hundes personalmente la daga, casi sintiendo la sangre caliente en tu mano, en el vientre de la prostituta asesinada por el psicópata. Envenenas sin empacho, y opinas que ya puesto, el atracador debe matar a ese tipejo enjuto para que no te delate. Y aquí viene una  pregunta, ¿cuándo somos más nosotros, cuando soñamos sin cortapisa o cuando nos autocensuramos?

 

Posiblemente seamos la suma de todo eso -y más-, y el cine con su poder catártico nos permita durante hora y media mudar la piel, para cuando salgamos de la sala nos ajustemos al patrón exacto de lo que se espera de nosotros y tomemos unas cañas y a casa, y así podamos ser trabajadores cumplidores, solidarios, amigos, ciudadanos que pagan sus impuestos, atienden las hipotecas del banco, buenos padres o excelentes hijos.

 

El cine nos hace libres, en un espacio bien acotado, nos permite soñar, identificarnos para no sentirnos tan solos. Pero también tiene una función insustituible, igual que la novela, el fútbol o la televisión, porque si no fuera por esos momentos de recreo y desfogue  nuestra frustración podría llegar a suponer un problema para los que dictan las normas de lo correcto, por el estrecho corsé que nos imponen.

 

Yo, de momento, seguiré leyendo novelas y yendo al cine. Siendo amable con los ancianos, no fallando ni a amigos ni a familiares, pagando todas mis facturas y todos los impuestos que, como su palabra indica, me impongan. Y los nuevos que vayan necesitando para que lo políticamente correcto siga manteniendo su fachada.

 

One thought on “El Cine, un paseo entre el amor y la muerte

  • el 8 noviembre, 2010 a las 10:58 am
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    Un artículo muy apropiado para un tiempo tan descontento de sí…
    Saludos, Luis.

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