Por Ignacio G. Barbero

Williams-pensamiento “No os consideréis inferiores o viles. Todos vosotros poseéis la naturaleza de Buda”- Buda

Un gran e inteligente amigo mío me ha comentado en numerosas ocasiones que se puede -y se debe- exponer de manera clara y nítida un complejo contenido teórico sin sacrificar precisión y hondura en el proceso. «La claridad es la cortesía del filósofo”, afirmó también Ortega y Gasset. Los autores de la obra que nos ocupa siguen a rajatabla esta premisa, pues nos presentan una sabiduría ajena a nuestra tradición cultural, la budista, con transparencia sana y divulgativa. Todos podemos llegar a entender a nivel básico las raíces, el tronco y las ramas de este sistema de pensamiento si leemos con la debida atención.

Así, leyendo, aprendemos que una de las virtudes más destacables de la filosofía budista, tal y como aquí se presenta, es que razona y va más allá de lo culturalmente asumido y heredado como verdadero. Desde la figura misma del primer Buda, Gautama, que no reconoció el sistema de castas establecido por el hinduismo bajo el cual nació, observamos la firme y tranquila iconoclastia de esta sabiduría oriental. A saber:

«El proyecto religioso y filosófico del budista radica en conocer directamente lo convencional como convencional, en lugar de investirlo de una ultimidad ilusoria. La verdad última, tal como es en realidad, radica, precisamente, en el hecho de que lo que parecía ser último es meramente convencional” 

Este descubrimiento de que vivimos y actuamos partiendo de una concepción errónea del mundo, y de que eso nos lleva a padecer dolor, es la meta principal del proyecto budista. Antes de llegar allí, sin embargo, necesitamos un diagnóstico correcto de la enfermedad -la ignorancia- que nos aqueja. Para comenzar el examen médico de la situación existencial y psicológica del ser humano (y el resto de seres), el Buda elige una palabra clave: duhkha, sufrimiento. Nos dirá: el nacimiento es sufrimiento, el deterioro es sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la muerte es sufrimiento, estar unido a lo desagradable es sufrimiento, estar separado de lo agradable es sufrimiento, no conseguir lo que uno desea es sufrimiento. Es más, la transitoriedad de todo, la falta de fijeza, y el condicionamiento al que estamos sometidos en cuanto individuos singulares y limitados también son sufrimiento.

Ahora bien, este dolor es evitable/curable haciendo un estudio de de sus causas. En principio, su origen es el anhelo, la sed de placeres, de actuar como si fuéramos a vivir para siempre (desenfreno) y, también, por el contrario, de actuar como si fuéramos a morir mañana, reduciendo al mínimo nuestro contacto con lo que nos pueda generar malestar (renuncia). Y estos anhelos pueden conducir a un apego enfermizo por lo que deseamos, por lo que creemos necesitar, por lo que imaginamos, por el yo que somos e intenta atrapar realidades transitorias. Hemos de encontrar una vía media, serena y equilibrada.

Todo radica, como ya hemos mencionado, en nuestra manera de entender el mundo y de actuar en él. Es un asunto mental. Por tanto, es a través del trabajo con y en la mente como uno puede producir la transformación en la visión que tenemos de él, labor necesaria para poner fin a las fuerzas que generan el sufrimiento y terminar destruyendo la fe en la inexistente permanencia y estabilidad de las cosas gracias a la comprensión de la realidad como un proceso sin principio ni fin ni, tampoco, entidades substanciales que la sostengan y haya que conocer y controlar.

Porque la interpretación de lo real basada en sujetos subyacentes al cambio no tiene sentido ni verdad. Esos sujetos son meras construcciones conceptuales. Parece que hay Yoes, pero en realidad sólo están en nuestra mente. El yo real no existe. En realidad, no es más que un conjunto temporal de sensaciones, de percepciones, de formaciones (es decir, otros factores mentales como las voliciones/intenciones) y de flujo de conciencia en continuo movimiento. Además, el yo y todas las «cosas» convencionalmente asumidas se originan en función del condicionamiento causal, a saber: existen en algún sentido u otro en relación con sus causas y condiciones, que dependen, asimismo, de otras causas y condiciones (así ad infinitum: no hay una primera causa). «Existimos», por tanto, en la medida en que las causas apropiadas nos mantienen en la existencia. Nada más. Comprender la transitoriedad, la no realidad substancial del Yo y el origen dependiente de todo, constituye la ingestión del antídoto de la enfermedad de la ignorancia; fuente, en primer término, de nuestro sufrimiento.

En el ver las cosas como son está incorporada la transformación en la respuesta moral ante ellas. Como hemos entendido que las cosas son transitorias, pasajeras y dependientes, las dejamos ir y no sufrimos por ellas; ha desaparecido ese afán de estabilidad ficticio que buscaba resguardarnos del cambio esencial de todo. En consecuencia, asistimos a una transformación radicalmente psicológica. Nos liberamos de las ataduras de la codicia, el odio y la ilusión, extinguimos sus perniciosas llamas, en las que estábamos sumidos debido a la frustración inherente a no poder “controlar” ni “atrapar” nada, y nos invade espontáneamente el amor tranquilo, el desapego y la comprensión. Y este proceso es lo que conocemos como “nirvana”, ni más ni menos.

Se produce, con la liberación del nirvana, el igualamiento del yo y los otros, el intercambio del yo y los otros, pues no hay “yo” y “otros” tal y como los consideramos. Todas estas formas efímeras y dependientes, al fin y al cabo, somos iguales en el deseo de felicidad y de evitación de sufrimiento. Por ello, un cambio inevitable se produce: orientamos el interés por uno mismo al interés por los demás, a la compasión, al amor benevolente por el resto de seres sensibles.

“Debería disipar el sufrimiento de los otros porque es un sufrimiento como el mío propio. También tendría que ayudar a los otros debido a su naturaleza en cuanto seres, que es como mi propio ser” (Santideva)

La generosa belleza del budismo es diáfana. Y este libro la muestra en toda su plenitud, pues invoca sin presiones la posibilidad de una salvación personal que quizás nunca habíamos tenido en cuenta, que quizás resulta demasiado “blanda” para nuestro modelo de conocimiento del mundo. Sin embargo, no olvidemos que esta tradición es, ante todo, una forma iconoclasta de relacionarnos con lo que nos entorna y con lo que consideramos que es y ha de ser la vida humana. Una rebelión silenciosa y calma en la que merece la pena participar.

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«Pensamiento budista»
VV.AA.
Ed. Herder
440 pp. , 35 €