Por Javier Moreno

Últimamente pienso mucho en el vacío. Pienso tanto en él que se me ha colado dentro. Pero no, en realidad siempre estuvo ahí. Todos somos un hollow man. Es más fácil         –muchísimo más- ser un hollow man que ser Eliot. Todos llevamos dentro algo de ese vacío y eso es precisamente lo que tenemos en común los seres humanos y los búcaros, el lagarto de solana y el halcón peregrino. Leo El reino y la gloria de Giorgio Agamben y descubro (en realidad lo sospechaba) que el lugar del poder es un lugar vacío cuyo rastro sólo es visible a través de la economía (fundada a su vez en esa abstracción vacía que llamamos dinero).  Pienso en las cifras de los índices bursátiles, moviéndose de derecha a izquierda. Agamben ha demostrado que Dios es zurdo. Releo El demonio de la analogía de Mallarmé y redescubro que la raíz de toda semejanza está en esa sílaba de la palabra penúltima que en francés no significa otra cosa que la nada. Sabía que la aritmética crece como un árbol infinito a partir de la savia del conjunto vacío. Leo en El nacimiento de la geometría, de  Michel Serres, que el vacío está en el origen de toda la cultura. Que un vacío en medio de selva es el campo de cultivo, el campo de batalla y el solar sobre el que se edifica el templo. Se le olvida decir que el ruedo taurino y el césped de un campo de fútbol también son vacíos y que a ellos confiamos nuestro sentimiento de pertenencia. Es domingo y siempre he tenido la impresión de que el domingo es algo así como el vacío de la semana. Esta página estaba llena de vacío antes de que me propusiese emborronarla. Me gusta pensar que el vacío de esta página la emparenta con el de un planeta, con el de una partícula subatómica, con el de la almohada sobre la que reposa sus sueños Natalie Portman. El vacío está lleno de posibilidades. Uno podría dedicar toda la vida a enumerarlas. Quién sabe si no es eso lo que hacemos día tras día sin darnos demasiada cuenta.